Opinión
Ver día anteriorMiércoles 19 de septiembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Reformas y magia
L

as élites mexicanas, al revolotear en su enrarecido Olimpo, desgranan veloces dictados tan inapelables que rayan en la más pura e incierta de las magias. Cuando tales palabras adquieren tesitura de leyes por aprobar, se trasmutan en escondrijos intencionados que, al tocar tierra de paganos, terminan en rollos de la más descarada demagogia. Llevemos a cabo las tres reformas estructurales pendientes y el país entrará (de sopetón hubieran podido decir) en una era de progreso acelerado. Tal fórmula que se oye desde allá, desde mero arriba, desde esas cúspides ahora renovadas, inunda el espacio difusivo. Para no dejar pasar tan idílica ocasión, los aires de la República, después de la protestada elección, se rellenan con augurios de buenos deseos por concretar. Al menos esa parece ser la intención del grupo que se ha encaramado en el Poder Ejecutivo y, sin duda, en el Legislativo.

Son sólo tres los mandatos que completarán el catalogo inscrito en el acuerdo de Washington: el laboral, el de energía y el fiscal. Lleven a término las reformas estructurales y olvídense de la mediocridad, vino a decir el director de la OCDE. Y a ello se abocarán en las semanas por venir los más habilidosos talentos de los priístas que, como ellos mismos se predican, sí saben cómo hacerle para gobernar con eficacia. De entrada, la nación, de acuerdo con tan promisorios augurios, ha entrado en un compás de ansiosa espera. Sólo hace falta dar cauce, primero, a otras tres reformas (enmiendas) surgidas a todo galope. Todo apunta hacia respuestas por los reclamos y las muchas desconfianzas expresadas en la campaña hacia el priísmo, ahora ya entronizado en el mando supremo. Se completará así la ruta marcada por las sedes imperiales desde hace más de tres decenios: el modelo de eficientismo neoliberal bajo tutela de los centros financieros mundiales. En realidad, un despiadado desmantelamiento de los distintos estados de bienestar y la más cruenta manera de concentrar, sin ambages, la riqueza. Eso y no otra intención se agazapa tras los urgentes, generalizados y tronantes llamados reformistas.

Lo cierto es que tanto las tres adecuaciones enviadas al Legislativo por el señor Peña Nieto como la laboral del moribundo calderonismo pasarán por escollos varios. Las deformaciones que el original proyecto sufrirá no vendrán de las negociaciones de un plural congreso, sino de las resistencias de los cotos de poder inscritos dentro del mismo priísmo. En corto tiempo se verán, en plena pantalla, las incapacidades del sistema vigente para renovarse. La reforma laboral, en la modalidad que se apruebe, debilitará aún más las posibilidades de lograr un crecimiento a niveles prometidos por el señor Peña. Simplemente no habrá músculo suficiente para empujar el consumo. Sin tal aliciente, el mercado interno no alcanzará la tierra prometida del bienestar prometido. Tampoco la inversión, el motor por excelencia, tendrá campo propicio para concretarse. Las facilidades que la ley pretende establecer contribuirán a incrementar las utilidades, es cierto, pero estas se dedicarán al consumo suntuario, la exportación de capitales o la especulación, tal como ahora sucede. El poder adquisitivo, ya de por sí muy achicado (85 por ciento, o más, de la fuerza laboral percibe tres salarios mínimos o menos) se irá, qué duda, en picada al precarismo.

Pero el aparato de comunicación del país hace ya alardes de subordinación a los mandones que empujan hacia la continuidad. En ello va su inocultable beneficio y el mantenimiento de los masivos privilegios de que gozan. Bajo el estricto control del empresariado, los comunicadores, orgánicos todos ellos, se afanan en repetir una y otra vez, hasta el cansancio o la ignominia, la necesidad, la urgencia de las reformas estructurales. Poco importa que a escala mundial el modelo muestre, sin tapujos, no sólo sus limitantes, sino el claro destino de su fracaso. La incapacidad de dicho modelo para enfrentar los efectos terribles de la crisis desatada por la codicia de los otrora magos de las finanzas centrales sólo se compara con el desgaste de sus operadores político-empresariales. Se navega entre la evidente mediocridad de los mandos institucionales, la erosión de la esperanza colectiva –en especial entre la juventud– y el magro crecimiento económico que, para otros muchos, es de franca recesión.

Falta, por si fuera poco, la concreción de las otras reformas faltantes (energía y fiscal) que, al parecer, se han dejado para momentos futuros. Ahí sí que habrá estiras y aflojas con la oposición y todavía más graves consecuencias. Llevarlas a cabo, tal como se han diseñado en los centros de la más reaccionaria y entreguista de las derechas (externa y nacional), requerirá de un sólido compromiso, no sólo ideológico, sino de quehacer político, del priísmo de élite y, en especial, de su tocado conductor. Ya no será eficaz una simple campaña publicitaria donde una colección de fotos para el recuerdo hace marginal trabajo. Tampoco se saldará con un paseo por el continente o un encuentro con el próximo presidente estadunidense. Hará falta calibrar la temperatura interna del malestar existente, revisar las correas de transmisión popular, aquilatar el efecto demoledor en el pueblo del IVA pensado y por aplicar, mostrar la intuición política que discrimine entre males y vea por los genuinos intereses de la nación. Francamente un algo fuera de las capacidades del liderazgo ahora encumbrado. Los grupos de presión, mientras, continuarán encadenando a la nación.