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El grueso de mi vida depende de la pintura, asegura el ex funcionario cubano en entrevista

Roberto Robaina ve en el lienzo y el color su renacimiento

Exhibe Abstracciones universales en Monterrey

Desde hace siete años, y después de una larga carrera política, se dedica al arte: Soy de los que hallan carruajes y leones en el cielo

Corresponsal
Periódico La Jornada
Martes 23 de agosto de 2011, p. 4

La Habana, 22 de agosto. El ex canciller cubano Roberto Robaina expone en México muestras de su obra pictórica reciente, en una nueva faceta personal, que describe con esta contundencia: Para mí ha significado volver a nacer.

Desde el 20 de agosto, Robaina tiene 14 cuadros colgados en Ge Galería, de la zona metropolitana de Monterrey, en una etapa en la que está pisando el acelerador a fondo: Tengo un montón de ideas, pero no tengo el tiempo, el lienzo, ni la pintura suficientes para hacer todo lo que quisiera.

Pone el puño sobre el pecho para ilustrar cómo, a pesar de su drástico cambio de vida, tiene un hilo conductor: “Mi gran pasión sigue siendo la comunicación, para poder sacar lo que tengo aquí.

El grueso de mi vida depende de la pintura, señala el ex ministro de Relaciones Exteriores, de 55 años, y ataja: Respeto demasiado la profesión para decir que soy pintor. Tengo especial admiración por la plástica, pero sólo estoy dando los primeros pasos.

La conversación con La Jornada es en el café que acaba de abrir Robaina en el céntrico barrio del Vedado, al amparo del impulso oficial a la microempresa. Acepta la primera entrevista en extenso sobre su actual actividad, con una condición: que no se hable de política.

Dos décadas

Robertico salió de su natal Pinar del Río (occidente) en 1979 para ser líder universitario. Así empezó una carrera de dos décadas, que lo llevaría al primer círculo del poder y al lado de Fidel Castro.

Su gran desafío fue la caída del Muro de Berlín. Al frente de la juventud comunista logró infundir ánimos a una generación que se enfrentaba a lo desconocido. Desechó la propaganda tradicional y renovó formas y campañas.

En 1993, en lo profundo de la crisis possoviética, Robaina llegó a la cancillería, con 37 años de edad. El diario oficial Granma reconoció su incuestionable capacidad para el debate, la discusión, las respuestas ágiles, su carisma y su don de gentes. En un país con fábricas paradas, ciudades en penumbra y mesas semivacías, el ministro buscó inyectar una imagen de renovación, mientras empezaba la apertura económica.

Empleaba un lenguaje distinto y vestía con desenfado. En una época iba al trabajo en bicicleta, como miles de cubanos. Durante su gestión, Cuba se rencontró con América Latina y Europa occidental, mientras Estados Unidos reforzaba su coerción económica. Robaina cautivó en el exterior, pero levantó cejas en sectores conservadores del aparato.

En 1999 fue destituido, para llevar a la diplomacia un trabajo más profundo, riguroso, sistemático y exigente, según Granma, que esta vez dirigió los elogios al sucesor, Felipe Pérez Roque. Tres años después circuló un video en el Partido Comunista en el que, según versiones de quienes lo vieron (La Jornada, 31 de julio y primero de agosto de 2002), se imputaron a Robaina conductas indebidas en su relación con empresarios y funcionarios extranjeros.

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En la imagen, Roberto Robaina durante la charla con este diario, en su primer negocio familiar, el Chaplin’s Café, que abrió en julio pasadoFoto Gerardo Arreola
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Respeto demasiado la profesión para decir que soy pintor. En la imagen, un ejemplo de su obra

Robertico reconoció entonces en la cadena CNN que cometió errores políticos y, sobre todo, éticos muy graves, pero subrayó que nunca estuvo detenido ni hubo proceso judicial en su contra. Después tampoco hubo cargos.

Lo expulsaron del partido, cesó como diputado y le ordenaron tener un empleo modesto.

En la plástica

Tiempo después de salir de la cancillería, Robaina trabajó en la restauración del bosque de La Habana.

Como es de los que “ve figuras en las losas, de los que ve carruajes y leones en el cielo… estando ahí, entre árboles, decidí que quería pintar”.

Aún con dudas y miedos sobre ese giro, se sentó a observar la técnica de dos amigos suyos, Silvio Martínez y Freddy González. Así ganó confianza, y el 5 de enero de 2004 empezó a pintar solo. Uno de sus primeros cuadros fue el electrocardiograma que le hicieron cuando salió de la vida pública.

Siete años después, ya expuso en Argentina, Chile y Panamá, así como en colectivas en La Habana, incluso en una colateral de la bienal de 2006. Pero la actual, Abtracciones universales, en el municipio de San Pedro Garza García (conurbado a Monterrey), es su primera exposición individual en una galería de circuito.

Gusta del formato grande y el acrílico, y parece que sus figuras se salen del cuadro. Celebra haber estudiado educación con especialidad en matemáticas, porque ganó un esquema de pensamiento que aplica en la plástica.

Está enganchado con el arte contemporáneo y la pintura abstracta. Es un apasionado del color negro, porque confía en sacarle brillo y fuerza, pero no usa el original, que deprime: hace su propia mezcla, con azul y verde. Pinta sin horario, camina mucho, incluso bajo la lluvia y así va procesando ideas.

De Pinar del Río recuerda que la ciudad me quedaba chiquita, se me acababan rápido las calles, siempre quería hacer cosas.

Ese activismo lo llevó hace meses a trabajar en el restaurante de un amigo suyo, para hacer lo mismo que con la pintura: aprender el giro. Apenas en julio abrió su primer negocio familiar, el Chaplin’s Café, al cual le ha puesto su sello personal: sus cuadros, el blanco y negro y un espacio diferente a los demás.