Opinión
Ver día anteriorMartes 1º de marzo de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La rebelión ciudadana y la crisis
L

a monumental cascada de información que por todos los medios nos aplasta cada día sobre el que quizá sea el mayor terremoto político del mundo islámico, que va del Magreb a Medio Oriente, trastorna el entendimiento no sólo por su volumen y abigarramiento, sino también por el lenguaje oscuro de la información

Resulta imperativo comprender un movimiento social que acaso cambie la faz política del mundo todo, de un modo profundo, quizá para siempre.

A ese propósito, creo, ayudan las explicaciones de Waleed Saleh Alkhalifa, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Alkhalifa distingue entre mundo árabe, mundo musulmán y Estados musulmanes. Explica: son 22 los países pertenecientes al mundo arábigo, desde Marruecos a Irak con 320 millones de personas; las condiciones para formar parte de esta región son: pertenecer a La Liga de los Estados Árabes y tener el árabe como lengua oficial. El mundo musulmán, por su parte, tiene 56 países (con una población total de mil 300 millones) y en el mismo predomina el Islam como religión. Hace notar la creencia equivocada de nombrar a estos países estados musulmanes: Irán y Arabia Saudita son los únicos a los que debe llamarse de ese modo.

En un Estado musulmán se aplica la Sharia (ley islámica) en su constitución política. Arabia Saudita e Irán son los únicos que basan sus leyes, aunque de forma parcial, en estas reglas provenientes de la religión islámica emergente del Corán.

Difícilmente hay otro país donde la ley islámica se aplique como en los países citados, ya que muchas leyes, como las que permitían la poligamia o prohibían la usura, fueron modificadas o anuladas.

En la actualidad, muchos de los países del mundo musulmán han elaborado sus constituciones en torno a las estructuras constitucionales francesas y romanas, explica Alkhalifa.

La idea tan generalizada de que en las naciones árabes, los estados se rigen por leyes religiosas islámicas, y que ello explica la ausencia de ciudadanos y un imposible acceso a la modernidad, no se sostiene. Qué duda cabe que prácticas sociales mil, residuos de costumbres, aún brutales, conformadas bajo el paraguas de muy particulares y variadas lecturas del Corán, sobreviven. Pero sin duda estamos frente a rebeliones de ciudadanos (los ciudadanos perfectamente acabados no existen).

Pero las confusiones pueden ser muy vastas: mientras las fuerzas de un Egipto secular y nacionalista, hombres y mujeres musulmanes y cristianos, se desembarazaron de Mubarak sin ninguna ayuda de Bin Laden Inc, escribe Robert Fisk; la ceguera ideológica puede producir visiones tan distorsionadas como la muy extraña de Irán, cuyo líder supremo se convenció a sí mismo de que el éxito del pueblo egipcio fue un triunfo del Islam.

El propio Fisk, en La sorpresa de una revolución que no fue islamista, mira agudamente: “los dóciles, supinos, impenitentemente serviles árabes dibujados por el orientalismo se transformaron en los luchadores por la libertad y la dignidad que nosotros, los occidentales, siempre presumimos que era nuestro único rol en el mundo. Uno después de otro, los sátrapas están cayendo…; nuestro derecho a meternos en sus vidas (que por supuesto continuaremos ejerciendo) disminuyó para siempre. Las placas tectónicas siguen moviéndose, con resultados trágicos y hasta de humor negro. Son incontables los potentados árabes que siempre afirmaron que querían la democracia en Medio Oriente. El rey Bashar de Siria va a mejorar los salarios de los empleados públicos. El rey Bouteflika de Argelia de pronto abandonó el estado de emergencia 19 años. El rey Hamad de Bahrein abrió las puertas de sus prisiones. El rey Bashir de Sudán no se presentará como candidato a presidente otra vez. El rey Abdulla de Jordania está estudiando la idea de una monarquía constitucional. Y los Al Qaeda están, bueno, más bien silenciosos.”

Pero a la par de avances ciudadanos que aún verán mucha sangre derramada de hermanos musulmanes y cristianos, y debido a ello mismo, los precios del petróleo han comenzado a subir aceleradamente escapando al control de los operadores. Especialmente la crisis de Libia puede llevar el precio del crudo a los 110 o 120 dólares el barril. Si eso ocurre, los precios de los productos básicos se dispararán, impactando de modo altamente riesgoso en esta crisis económica que no cesa.

Libia produce 1.6 millones de barriles de petróleo al día y es uno de los principales proveedores de Italia, España y Alemania. Pero ahora, los puertos y refinerías de petróleo libios están cerrando sus puertas, poniendo en peligro el suministro a estos países. Estos hechos son análogos a los conflictos ocurridos en Medio Oriente tras la guerra de los seis días que derivaron en la primera y las siguientes crisis petroleras de los años 70. En octubre de 1973, los principales países productores de petróleo de Medio Oriente decidieron no exportar más petróleo a los países que habían apoyado a Israel en la guerra de Yom Kippur. Esta decisión incluía a Estados Unidos y sus aliados europeos: fue la primera gran crisis del petróleo cuya consecuente alza de precios en un entorno de estancamiento económico originó el término estanflación. A renglón seguido vino la caída de las economías mixtas y el surgimiento triunfante del neoliberalismo.

A tres décadas de esas victorias del capitalismo globalizado, el mundo esta sumido en una crisis producto del impacto de mediano plazo de esas mismas victorias.

¿Está nuevamente la estanflación a la vista?