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Dogging y el Manifiesto pornoterrorista

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l deseo de llamar la atención parece ser un asunto natural. Hazme caso, expresan las mascotas, de diversas maneras, cuando se sienten un tanto relegadas por el amo: gimen, maúllan, ladran, trinan, brincotean por ahí, se frotan en las piernas de una persona, se cagan en la sala. Los humanos solemos llevar ese impulso a límites sorprendentes: no sólo queremos acaparar la atención de familiares, parejas, amigos, vecinos y compañeros de trabajo, sino que aspiramos a que los habitantes del siglo XXIII tengan noticia de nosotros. Tengo para mí que esa necesidad es fundamento de trayectoria para grandes artistas, estadistas afamados, gloriosos contorsionistas y redomados asesinos. La actitud del faraón Keops, quien para dotarse de un estuche mortuorio le ordena al arquitecto Hemiunu que construya la Pirámide de Guiza, no es muy distinta a la del chaval que maltrata la corteza de un árbol con una navaja y consigna: aquí estuvo Paco; la diferencia entre uno y otro sólo es de escala.

Algunos encontrarán que las miradas ajenas son demasiado intimidantes y realizarán sus proezas fuera de la vista del respetable; se encerrarán en un sótano y desde allí bombardearán al mundo con una serie de trabajos brillantísimos que les aseguren un futuro Premio Nobel; otros dejarán la huella de su paso por este mundo convenientemente escondida para que un biznieto remoto se tope con ella y descubra la grandeza hasta entonces ignota de su ancestro. Ya se sabe: la humildad es una modalidad extremadamente refinada de la arrogancia.

Pero hay otros que disfrutan de poner ante la vista pública partes pudendas o funciones que, por modales (es decir: por moda), debieran permanecer al margen de ella, como la muerte, el sexo y otras aun más bochornosas. O no es propiamente que disfruten, sino que consideran necesario impactar a la gente y obligarla a voltear a situaciones que, de manera legítima o no, están fuera del interés público. Es el caso de los que se empapan en gasolina y se prenden fuego en una esquina concurrida, los que se desnudan, se untan un líquido rojo y se tiran en la calle simulando ser reses muertas, y cosas así.

El exhibicionismo puede ser un convenio entre quien mira y quien es mirado: aderezo legítimo para las rutinas eróticas en la intimidad de dos, tres o unos cuantos más; acto de agresión, cuando el clásico tipo de gabardina muestra su erección a unas niñas que van pasando; a veces es un sacrificio impuesto, como cuando una víctima de explotación sexual es obligada a desnudarse ante los belfos babeantes de unos parroquianos borrachos.

O, peor aún, a morir a cámara, como ocurriría en las películas snuff, si es que esa clase de producciones no fueran una leyenda urbana generada por el cine comercial común y corriente, en el cual los asesinados, una vez filmada la escena de su muerte, se lavan la tinta roja, se cambian de ropa y se van a cenar a su casa.

Una de las exhibiciones que no dañan a nadie es el dogging, que se ha popularizado en Inglaterra de unos años a la fecha. Vamos a las fuentes en busca de una definición mínima:

“El dogging, o como se conoce en España, cancaneo, consiste en sexo al aire libre, tanto en coches como en bosques, pero siempre en lugares apartados, donde los asistentes pueden mirar o bien entrar al juego según los gustos de los participantes. El número de asistentes a estas ‘reuniones’ suele ser elevado, rozando la orgía. El éxito de esta práctica radica en que los asistentes no se conocen, sino que han quedado por Internet en un lugar concreto de su ciudad o pueblo, para llevarla a cabo. Este contacto previo se hace a través de foros, exclusivamente dedicados al efecto y con total seriedad.” Eso dice la página Dogging Spain, que agrupa a unos 55 mil doggadictos repartidos por toda la piel del toro.

Nada que ver, esas exposiciones consentidas, con la práctica medieval de introducir testigos a la cámara nupcial, en la noche de bodas, para certificar la pérdida de virginidad de la esposa. Aquello debe haber sido una mortificación para todos los participantes; quienes practican el dogging, en cambio, lo hacen por divertirse.

En 2007, la bloguera española Lubna Horizontal publicó, además de un Manifiesto pornoterrorista, una propuesta de masturbación colectiva en público:

Una masturbación colectiva en las calles, una masturbación de verdad, para [email protected] que se sepan correr de pie y para [email protected] que necesiten una esterilla y esparramarse en el suelo, para [email protected] que tarden en correrse, para [email protected] que necesiten ayuditas mecánicas, para [email protected] multiorgá[email protected] para [email protected] [email protected] que quieran escandalizar o quieran ser [email protected] No es una propuesta para quienes fingen un orgasmo cuando alguien les pide que se masturben. Quiero trasladar vuestros espacios íntimos masturbatorios a la vía pública y que os corráis como [email protected] en un bonito entorno cívico.

En meses recientes ha proliferado en algunas ciudades, la de México incluida, una actividad que, comparada con la anterior, huele a convento: recorrer algunas estaciones de metro sin más prendas que las interiores. Dependerá de lo que los policías entiendan por moral que apliquen, o no, sanciones administrativas.

El exhorto de Lubna Horizontal podrá ser estridente pero, para mortificación de las buenas (o de las malas) conciencias, resulta inofensivo. En México, los gobernantes panistas, y hasta algunos priístas, prohíben minifaldas, escotes y besos en público, y entre sus filas habría desmayos colectivos si llegaran a ver el dogging masificado o si atestiguaran la puesta en práctica de la masturbación colectiva que propugna la bloguera como acción de protesta escandalosa. Esos funcionarios no ven motivo de escándalo, en cambio, en el espectáculo visible y horroroso de cuerpos perforados a balazos, decapitados o descuartizados, en cadáveres de bebés calcinados en una guardería por el descuido y la avaricia de unos cuantos favoritos de la corte, en un pueblo famélico y aterrorizado que sobrevive como puede a la violencia institucional, a la miseria programada y a la destrucción sistemática del país por parte de un grupito de mafiosos que se solaza pensando: va para largo.