Cultura
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Nuevas bodas de Oriente y Occidente
 
Periódico La Jornada
Domingo 7 de febrero de 2010, p. 3

La prosa de Amélie Nothomb asemeja una saeta.

Acerada, luenga su delicia, extenuante y sensual la dulce experiencia de leerla. Al dar vuelta a una página, terminar una frase maestra o sencillamente detener la lectura por exceso de placer y/o necesidad de pausa para reflexionar, meditar, saborear lentamente en el cerebro tal efluvio, uno experimenta una sensación de plenitud parecida al posludio del acto amoroso.

Ni de Eva ni de Adán resume, sintetiza, retrata la extraordinaria capacidad de esta escritora para conjuntar en un sólo párrafo filosofía, ficción, biografía, crónica, sociología y romance, con un extraño tono acidulado, en cantilaciones que recuerdan pasajes de sinfonías de Gustav Mahler por su contraste extremo de emociones, aterrizado el todo en un discurrir de arroyo calmo en su superficie, cuyo fondo y trasfondo arrastran rocas turbulentas.

Las dulces nupcias de la cultura occidental con la oriental. Nietzche y Zen, la dialéctica que vive entre el intersticio del desapego y el desamor, la huida y el encuentro, la iluminación y el destello, el viaje interior y, otra vez, la huida, la inmovilidad aparente de la grulla y su hermoso, conmovedor ritual copulatorio.

Así escribe Amélie: ...aquellos días fueron una delicia. Miraba a aquel chico con una benévola curiosidad: así que era él, el joven con el que había sido feliz durante dos años seguidos y del que me disponía a huir. Qué historia más singular, qué absurdo despilfarro: ¿acaso no tenía la más hermosa nuca que pudiera imaginarse, los modales más exquisitos; acaso no me sentía realmente bien en su compañía, a la vez intrigada y cómoda, lo que debía de representar un ideal de vida en común?

En uno de los pasajes más intensos, reveladores, eficaces y más honestos escritos en las décadas recientes, Amélie Nothomb llega a la epifanía. Su personaje femenino sempiterno, ella misma, su manera de comunicarse con el mundo, logra la iluminación en las montañas congeladas de Japón y esto lo hace sin mencionar jamás esa palabra, iluminación, sino sus consecuencias.

El lector vive en estas páginas su propio espejo literario. Este bello ritual amoroso de leerse leyendo a otra. Es dable que las lágrimas perlen sus párpados, y cuando el lector vuelva los ojos cerrados hacia el cielo, esas perlas viajan rostro abajo. De manera prodigiosa el caudal de tales lágrimas, ese arroyo calmo y turbulento encuentra su destino lógico: el ventrículo izquierdo del lector, su blusa mojada, su camisa más roja todavía.

Gracias, muchas gracias, amada Amélie Nothomb.