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Ucrania: a segunda vuelta, candidatos a la presidencia
Corresponsal
Periódico La Jornada
Martes 19 de enero de 2010, p. 20

Moscú, 18 de enero. Los ucranianos acudieron a las urnas el anterior domingo para elegir presidente, entre dos candidatos malos, Viktor Yanukovich y Yulia Timoshenko, y otros dieciséis contendientes peores, agobiados por la crisis económica y conscientes de que –desvirtuados los valores de la llamada revolución naranja y enfrentados a muerte sus antiguos dirigentes–, ahora es inevitable un cambio de ciclo.

Viktor Yushenko, el actual mandatario que hace seis años fue capaz de convocar a cientos de miles de personas que salieron a la calle para defender su victoria en las urnas frente al fraude que pretendía favorecer a Yanukovich, recibió el mayor castigo de su carrera política y tendrá que dejar la presidencia por la puerta de atrás.

De acuerdo con los datos oficiales sobre el escrutinio de más de 95 por ciento de los votos emitidos, dados a conocer este lunes por la Comisión Electoral Central de Ucrania, Yanukovich obtuvo 35.42 por ciento; Timoshenko, 24.95 por ciento; Serguei Tiguipko, ex gobernador del Banco Central, 13.01 por ciento; Arseni Yatseniuk, antiguo presidente de la Rada (Parlamento), 6.96 por ciento; y Viktor Yushenko, el gran perdedor, 5.49 por ciento.

Como ningún candidato alcanzó 50 por ciento más uno requerido, el próximo 7 de febrero habrá segunda vuelta con los candidatos más votados, Yanukovich –ex primer ministro y líder del opositor Partido de las Regiones, con apoyo mayoritario en el este y el sur del país, así como entre los 8 millones de ucranianos de origen ruso– y Timoshenko, actual primera ministra y una de las figuras de la extinta revolución naranja, cuyos seguidores predominan en la capital, el centro y el occidente de Ucrania.

Y para ganar ambos necesitan convencer a los cerca de 10 millones de ucranianos que no votaron por ninguno de los dos y a los poco más de 12 millones, o al menos a parte de ellos, que optaron por la abstención en la primera ronda.

De mantenerse el grado de participación en torno de 66.70 por ciento registrado el pasado domingo, en todo caso la clave para acceder a la presidencia de Ucrania reside en las alianzas que, durante las siguientes tres semanas, sean capaces de establecer Yanukovich y Timoshenko para captar los votos de los aspirantes descartados, que suman casi 40 por ciento.

No obstante, la reforma política que impuso como condición para abandonar el cargo hace seis años el entonces presidente Leonid Kuchma, al recortar las facultades presidenciales de su sucesor en favor del Legislativo, desemboca –una y otra vez– en graves crisis de poder que, con cierta regularidad, paralizan Ucrania.

Por ello, la verdadera lucha política en ese país no termina con la elección de un nuevo presidente, sino más bien comienza a partir de ese momento y, en función de la volátil correlación de fuerzas en el Parlamento, al margen de si gana en la segunda vuelta Yanukovich o Timoshenko, puede acabar en el enésimo callejón sin salida.

Porque si pierde Timoshenko podrá seguir como primera ministra, toda vez que no está obligada a renunciar y es el Parlamento quien nombra al jefe de gobierno, mientras son limitadas las posibilidades de Yanukovich, desde la presidencia, de forzar la remoción de su rival.

Y tampoco debe excluirse que, de ganar Timoshenko, tampoco pueda promover a un miembro de su equipo como primer ministro, ya sea por tener que pagar con ese cargo alguno de los indispensables apoyos para llegar a la presidencia –por ejemplo a Serguei Tiguipko–, o ya sea debido a que el propio Yanukovich decida dejar de jugar el papel de líder de la oposición y consiga apoyos en el Parlamento para encabezar el gobierno.

Lo único claro, hoy por hoy, y después de tanto años de recurrentes crisis de poder, es que quien resulte vencedor en la segunda vuelta tendrá que buscar los equilibrios necesarios para que Ucrania empiece a sacar provecho de su peculiar ubicación geopolítica, al encontrarse en medio de dos polos naturales de atracción –la Unión Europea y Rusia– y tomar decisiones que no pasen por alto que la población, al margen de la región en que viva, no parece dispuesta a sacrificar la independencia del país a favor de ninguno de sus poderosos vecinos.

En este sentido, la división de Ucrania en dos –una Ucrania prorrusa y otra Ucrania prooccidental–, refleja sin duda las preferencias electorales de sus pobladores, pero no plantea una convivencia antagónica y, menos aún, una ruptura inevitable.

La prudente actitud de Rusia ante estas presidenciales es la mejor confirmación de que ambas Ucranias, que en realidad son una sola, seguirán existiendo.

El Kremlin, cuyo ostensible apoyo al candidato identificado como más afín a Moscú resultó contraproducente en elecciones anteriores, esta vez optó por mantenerse de lado y dio a entender que en esta ocasión no tiene favorito, pues considera que, con Yanukovich o Timoshenko, se abren buenas perspectivas para la relación bilateral, cuyo deterioro atribuye a Yushenko, el mandatario ucraniano saliente.