Opinión
Ver día anteriorJueves 16 de abril de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Obama superstar
A

unque breve y terrenal, la visita de Barack Obama es, en ciertos círculos, comparable con la del Papa en la versión carismática de Juan Pablo II. El arribo del personaje despierta pasión, un extraño sentido de pertenencia que eleva hasta las nubes la autoestima del anfitrión.

Efecto de la renovación progresista de la presidencia estadunidense o insuperable dependencia hacia el poderoso, Obama llega a México con el aura del salvador, una suerte de admirable superstar de la globalización, atrayente, seductor: el optimismo, la emoción histórica domina el comentario público, los análisis, las citas coleccionables (con destino a la posteridad), el género epistolar convertido en susurro periodístico para recordar la fatalidad geográfica o cómo superar los traumas de nuestra historia. Y entre los signos de admiración un poco de sumisa envidia marginal: Lo más cercano que hemos tenido a un Obama en México fue Benito Juárez, un indígena zapoteco que llegó a la Presidencia en 1858, escribe el señor Jorge Ramos (Reforma, 14/4/09).

Es tal la fuerza de atracción de la obamanía que hasta el senador Navarrete da por configurada una nueva relación al aceptar los ejercicios navales conjuntos, tal vez electrizado como muchos en el mundo por el viraje impulsado por Obama en relación a Cuba, entre otros temas candentes de la agenda internacional. Y, sin embargo, de eso se trata esta visita: ver hasta qué punto es posible dar pasos firmes para transformar las viejas, gastadas y rutinarias reglas de la vecindad en un nuevo entendimiento con Estados Unidos, habida cuenta la crisis global que hace caer viejos paradigmas e inútiles blindajes del pasado.

Hasta ahora, como no podía ser de otra manera, hay signos esperanzadores, pero las realidades distan mucho de haber cambiado. Es obvio que el gobierno estadunidense trabaja en una estrategia general que abarca los temas de la seguridad, el comercio y la migración, pero, por desgracia, fuera de la política reactiva del gobierno, la parte mexicana no ha sido capaz de elaborar un planteamiento suficiente para superar las ideas forjadas al calor del Consenso de Washington, que ha sido oficialmente enterrado en Londres. La expectativa, pues, se reduce a ver qué traerá Obama en las alforjas, como si la ansiada nueva relación pudiera surgir sólo del esfuerzo (corresponsabilidad) estadunidense sin expresar, más allá de los asuntos candentes puntuales, el interés nacional mexicano.

Es verdad, como apunta Manuel Camacho, que Obama está en condiciones de lograr un doble triunfo con su visita: puede fortalecer su política de seguridad con un acuerdo bilateral de fondo y, simultáneamente, abrirse un espacio de diálogo sincero y respetuoso con las fuerzas progresistas de México y América Latina.

La duda surge al preguntarnos si la parte mexicana, esto es, el gobierno de Felipe Calderón (“el  presidente mexicano más antinorteamericano (sic) de la historia reciente”, según Silva-Herzog Márquez) quiere y puede asumir una visión de largo plazo que no sea una fórmula inocua, postura que, en cualquier caso, el panismo tendría que discutir y pactar con las fuerzas progresistas, lo cual no parece ser su intención.

La resistencia al cambio del gobierno mexicano, su conservadurismo, se manifiesta en cada ocasión importante. Por ejemplo, políticamente resulta incomprensible que México salga de la reunión del Grupo de los 20 con una cartilla de buena conducta macroeconómica expedida por el Fondo Monetario Internacional, sin aportar una sola línea a la comprensión de la crisis global y sus posibles salidas, cuando durante meses subestimó sus efectos más perniciosos.

Puede ser que Obama no se extienda durante su visita a México en el tema espinoso del Tratado de Libre Comercio, pero es evidente que la cortesía no evitará que las sombras del asunto aparezcan una y otra vez. Lejos de sentarse a discutir qué ha cambiado y cómo elaborar una política capaz de generar crecimiento (y sobre todo empleos), el gobierno calderonista se esfuerza en dar la batalla proteccionista sin más, como si la crisis no hubiera machacado ya todas las antiguas seguridades comerciales o productivas legadas por el neoliberalismo. Mientras no se discuta el fondo de la cuestión, la separación entre comercio y migración, por ejemplo, impedirá buscar soluciones justas, capaces de trascender el ámbito de la seguridad, que es, sin duda, el contexto general del nuevo activismo estadunidense en relación con México y su frontera.

En este panorama, si México es incapaz de hablar con Estados Unidos y en la cumbre en favor de Latinoamérica perderá la oportunidad de defender sus propios, legítimos intereses. México está obligado a desempeñar un modesto, pero activo papel en pro de la convivencia pacífica, el respeto al derecho internacional y el impulso al desarrollo de nuestros pueblos. Debe exigir el final del embargo a Cuba.