Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 1 de junio de 2002
  Primera y Contraportada
  Editorial
  Opinión
  Correo Ilustrado
  Política
  Economía
  Cultura
  Espectáculos
  Estados
  Capital
  Mundo
  Sociedad y Justicia
  Deportes
  Lunes en la Ciencia
  Suplementos
  Perfiles
  Fotografía
  Cartones
  La Jornada de Oriente
  Correo Electrónico
  Busquedas
  >

Política

Miguel Concha

Nuevos escenarios y nuevas luchas

Al recibir el pasado miércoles la Medalla y el Testimonio Roque Dalton, que inmerecidamente me concedió este año el Consejo de Cooperación con la Cultura y la Ciencia en El Salvador, que con toda convicción comparto con muchos otros luchadores y luchadoras desconocidos por los derechos humanos en nuestro país, expresé como agradecimiento las siguientes palabras, no sin antes hacer mención de que fueron los salvadoreños y centroamericanos exiliados y refugiados en México quienes a finales de los años 70 y al comienzo de los 80 nos enseñaron a muchos a defender y promover los derechos humanos en nuestro país. Es más, Roberto Cuéllar, actual director del Instituto Interamericano de Derechos Humanos en San José de Costa Rica, fue uno de los impulsores de la fundación del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria de los dominicos en México, y su hermano Benjamín, hoy director del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad José Simeón Cañas de San Salvador -los dos, colaboradores de monseñor Oscar Arnulfo Romero en el Socorro Jurídico Cristiano del arzobispado de San Salvador-, fue durante muchos años su secretario ejecutivo.

Germán Gutiérrez, un ex alumno y amigo colombiano, identificado desde hace muchos años en su trabajo social y académico con las causas populares de América Latina, quien realizó aquí en México sus estudios de doctorado en filosofía, publicó en Costa Rica antes del 11 de septiembre un valioso libro titulado Globalización, caos y sujeto en América Latina. El impacto de las estrategias neoliberales y las alternativas (DEI, 2001), en el que incluye una importante reflexión sobre el escenario en el que se desarrolla actualmente la lucha por los derechos humanos en nuestro continente, y las nuevas modalidades con las que debe asumirse.

Para el autor, hay cinco hechos de carácter planetario que obligan hoy en día a una nueva reflexión sobre el trabajo por el reconocimiento y la vigencia de los derechos humanos. En primer lugar, el agravamiento de las tendencias destructivas de la vida social y natural, producido por la propia lógica del sistema económico imperante. En seguida, la constitución de gigantescas burocracias privadas trasnacionales, reales "estados privados mundiales", a las que habría que agregar los bancos y las agencias multilaterales de financiamiento, sus socios, principales gestores y promotores del proceso de globalización neoliberal, que propugnan la construcción de una nueva institucionalidad mundial, supraestatal y supranacional, favorable a sus intereses exclusivos, y que reclaman una soberanía mundial, por encima de los llamados estados nacionales, que parece ser la única que están dispuestos o se ven forzados a aceptar muchos de nuestros gobernantes. Burocracias que amparadas en los derechos humanos liberales excluyentes de propiedad privada sin restricciones y libertad económica sin límites vienen produciendo en los últimos años el arrasamiento casi completo de los derechos económicos, sociales y culturales de los individuos y de los pueblos.

En tercer lugar, la confirmación cada vez más descarada de una potencia hegemónica mundial, que hipócritamente pretende reclamarse heredera de la tradición jurídico-política de los derechos humanos... más aún, que ha llegado incluso a considerarse en ocasiones garante mundial de su institucionalidad, y constituye un poder político y militar que ha decidido, junto con sus aliados, instrumentalizarla, para legitimar intervenciones armadas y violaciones de los derechos humanos más elementales. Estrechamente asociado a lo anterior, el surgimiento de un nuevo fenómeno ideológico, que apunta al socavamiento del propio concepto de derechos humanos elaborado hasta el presente, y que tiende a abandonar toda referencia a un humanismo universalista de los mismos: un pensamiento racista y discriminatorio del sistema, contrario a la dignidad real de todo ser humano, como no había vuelto a suceder desde hace siglos. Todo esto, afortunadamente, en medio de un cada vez más compartido reconocimiento social de los derechos humanos, y de un innegable avance en la legislación regional e internacional en la materia, ratificada teóricamente por muchos estados.

Ante la creciente pobreza y la exclusión de grandes mayorías, el derecho a la vida ya no se entiende en este contexto únicamente como derecho fundamental a la integridad física y psíquica de la persona frente a la tortura, la desaparición forzada y la ejecución arbitraria, sino como derecho a las condiciones básicas para asegurar la reproducción de la vida misma, aunque todavía no existe instancia alguna de apelación para la violación de los derechos humanos por parte de organismos privados de carácter trasnacional, y mucho menos para juzgar instituciones multilaterales de crédito y política económica, tipo FMI, BM, OMC y otras similares. Es esta precisamente una de las principales demandas del movimiento mundial actual en contra de la globalización neoliberal.

De allí la importancia para los movimientos de resistencia de trazar una nueva línea de recuperación de la soberanía del Estado, como soberanía del pueblo, y de luchar por la justiciabilidad y exigencia de los derechos económicos, sociales y culturales de los individuos y de los pueblos, a escala nacional e internacional, con la misma obligatoriedad que sus derechos civiles y políticos. De allí también la exigencia de seguir luchando, sobre todo después del 11 de septiembre, por la soberanía de los estados, el fortalecimiento de la comunidad de las naciones, la vigencia del derecho internacional, la universalidad de los derechos humanos, y la exigibilidad e integralidad de los mismos. Sobre todo la necesidad de liberar a los derechos humanos de su uso imperialista, faccioso e interesado, y de considerarlos como interpelación de las víctimas, y movilización de resistencia y acompañamiento a ellas.

Frente a la soberanía imperial, que se impone por la mentira, el engaño y la violencia, la soberanía de los pueblos, basada en el reconocimiento efectivo y eficaz de los derechos humanos, como prerrogativas de cualquier ser humano, más allá de cualquier diferencia de raza, lengua, cultura, religión, sexo o condición social. Frente a la soberanía de las empresas multinacionales y de los grupos financieros internacionales, la lucha sin cuartel por la justiciabilidad y exigibilidad de los derechos económicos, sociales y culturales de los individuos y de los pueblos.

Números Anteriores (Disponibles desde el 29 de marzo de 1996)
Día Mes Año