Opinión
Ver día anteriorMiércoles 27 de enero de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Isocronías

El toro cerdito

N

ada, que me compro un libro, Vituperio (y algún elogio) de la errata, de José Esteban, que lo leo como en zapping, y mis manos se lo esconden a mis ojos enseguida. ¿Dónde andará? Lo compré no tanto por el tema como por el título; es bueno. Y como cualquiera sabe, no es fácil titular, precisar una imagen y una idea en unas cuantas palabras que suenen justas y atractivas. Anotemos que este José Esteban vaya si escribe. En la primera página de una librería virtual aparecen 36 de sus títulos. De ese pequeño volumen editado por Renacimiento pensaba hablar aquí. Hablaré no de él, sino a partir de él.

Las erratas son en efecto errores que eluden decir su nombre y saben cuerdamente perdonarse a sí mismas. Inevitables, según se dice y más o menos queda demostrado por la historia de la imprenta (¿y de la manuscritura y el tecleo?) suelen mágicamente atribuirse a un nunca visto duende que se solaza en frustrar orgullos vanos. Recuerdo una excelente, que nunca que yo sepa advirtieron los lectores: en un diario en el que no pocos de los que ahora laboramos en éste apareció la fecha de portada equivocada por, nomás, un año.

Erratas, gazapos, lapsus, inadvertencias, distracciones insisten en aguar fiestas, enseñar cobres, pellizcar conciencias. Con perdón de una lega a la que mucho estimo, y de las autoridades que entonces revisaron su propuesta de cabeza de una nota, me atrevo a citarla (afortundamente no se publicó): Los invidentes piden ver a Hank.

Recordará el ya no joven lector cuando fue secuestrado Arnoldo Martínez Verdugo. Bueno, iba (no recuerdo si eso vio la luz), según el reportero, maniatado de pies y manos. Lo que sí se publicó, en primera, aunque en el cuerpo de la nota, fue el segundo apellido del dirigente con un levísimo, pero para algunos lectores fuerte, cambio. Tiempo después me tocó corregir algo relativo al tráfico de animales –y cometí la torpeza de comentar festivamente el absurdo con el autor (ignoraba su identidad)–, según la cual los traficantes llevaban maniatada una serpiente.

Otra vez corregí, y para nada fue del gusto del escritor, quien buscaba poesía en la prosa informativa, lo siguiente: la llanura [o las llanuras, ya no sé, quizá exagero] subía[n] y bajaba[n] las colinas.

El tema da para mucho, y el espacio es corto. Pienso en aquella ceremonia escolar efectuada frente al avaro patio, en los pobres que se resguardaban del frío en los resquicios de las puertas, en el toro cerdito que era en realidad el otro crédito. Y de momento no le sigo. Sólo cito de memoria, para finalizar, que Esteban comenta que cierto reseñista de Alfonso Reyes consignó que nuestro gran prosista publicó un libro de erratas mezcladas con algunos versos.