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Un recuerdo de José Agustín
Q

uise a José Agustín desde antes de que se hiciera famoso con su primera novela, La tumba, y luego Se está haciendo tarde (final en laguna). Lo entrevisté en casa de Gustavo Sainz, en la colonia Cuauhtémoc, luego en Cuautla, y Margarita, su esposa, me decía: Quédate a comer. Era padre comer con él, platicar con él, viajar con él (fuimos a París con José Emilio Pacheco y con Monsiváis, y habló francés a los tres días). José Agustín se reía siempre. Además, era muy culto porque había leído todo porque su papá era aviador y le traía libros de los cinco continentes. Se mofaba de la solemnidad de quienes se toman en serio. La primera vez lo entrevisté con Gustavo Sainz, quien idolatraba a Carlos Fuentes y exhibía fotos suyas y de otros escritores en un librero de piso a techo en su departamento cercano a la calle de Nazas. Gustavo era más hombre de mundo que José Agustín; fue funcionario de Bellas Artes, diplomático y otras cosas muy chidas, según él.

Monsiváis no apreciaba la onda. ¿Para qué les haces caso? Son la versión mexicana de JD Salinger.

–Me hace feliz escucharlos, dicen cosas padres.

Juan Rulfo los odió. Hasta que dejen de pasar los búfalos voy a volver a escribir, declaró en el Centro Mexicano de Escritores. Le repateaba la literatura de la onda, y Gustavo, José Agustín y Parménides García Saldaña lo irritaban. ¡Juan, esos muchachos son muy buena onda! –alegaba yo. ¡Qué buena onda ni qué nada! –apretaba Rulfo los labios sobre su cigarro. Cuando elogié en el periódico Se está haciendo tarde (final en laguna), José Agustín me dijo: No sé qué libro leíste, porque no recuerdo nada de lo que ensalzas. Para Rulfo, la literatura de la onda en los años 60 era una cabalgata. A Carlos Monsiváis tampoco la emocionó: ¡Ay, Carlos, esos chavos son a todo dar! –protesté.

Parménides era más chaparrito que yo y tocaba el timbre de la calle Morena a cualquier hora. Uno de tus amigos amaneció tirado en la alfombra de la sala –informó mi mamá un mediodía. La verdad, mamá era más buena onda que la literatura de la onda.

José Agustín sabía mucho de literatura francesa e inglesa a diferencia de lo que se cree. Ninguno fue inculto o burdo o facilón, ni Sainz, ni Parménides, quien además se formó en Nueva Orleans.

Hoy, 16 de enero de 2024, me repito: ¡Qué gran tristeza, la pérdida de José Agustín! Lo visité en Cuautla alguna que otra vez, la última con Julio Glockner, el santo guardián de los volcanes. Mucho antes, María Luisa Puga y yo habíamos ido a comer con él y con su mujer, Margarita, bonita y muy dulce. “Es muy bueno tu libro Las posibilidades del odio –dijo Agustín a la Puga, quien se fumó dos cajetillas de cigarros al hilo del gusto. Años más tarde, viajé con él a París a un congreso de Les Belles Étrangères y la pasamos en las librerías, mientras Pitol y Monsiváis iban a la cineteca y me dejaban sola ante los auditorios, porque tú si sabes hablar francés y te es fácil cotorrearlos.

José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña introdujeron la antisolemnidad en la literatura mexicana. Inventaron el reventón que a su vez los reventó a ellos. Reían a plenos dientes, pero también se les cayeron los dientes, porque, nadie más maltratado que Parménides. El rock estallaba en su bocina mientras Parménides daba noticias de los Teen Tops. Vivía cerca de mí y venía a pie a la casa. Una madrugada, mi hijo Mane le dio un aventón a su casa en la bici mientras Parménides le presumía que había tirado a su mamá por la ventana.

José Agustín tenía mucho pegue con todos porque decía cosas sorprendentes. Además, hacía reír.

–¿Vas a hacer lo mismo toda la vida? –me preguntó a propósito de las entrevistas.

–¿A qué te refieres?

–A teclear como secre del Seguro Social. Das para más.

Sentí su cariño y lo agradecí.

Parménides viajó a un internado en Nueva Orleans y guardé sus cartas. José Agustín avisó muy contento: Salgo a Cuba. Viajó a los 16 años con Margarita Dalton, hermana de Roque (para Gabriel Zaid, un gran poeta), y a su regreso contó: “Me tocó trabajar en el campo en la pobreza absoluta. Llegamos a una casa de campesinos y pregunté: ‘¿Dónde vamos a dormir?’ ‘Aquí’ –respondió un guajiro y agarró un machete y cortó unas palmas y pa’ pronto levantó unas paredes verdes y pos ya estaba el cuarto y Margarita y yo fuimos por hamacas. Nos pusimos grandes friegas, porque cortar caña es durísimo”.

–¿Y Lecumberri?

–Ja, ja, ja. Dudo que alguien la pase bien ahí adentro, pero si sabes moverte, te haces de muchas canonjías y la vas pasando. Recuerdo a un güey que le decían El Che (Ramos) que resultó ser el Caro Quintero de su época, el rey de la cocaína. Ese güey tenía tres celdas, las mandó alfombrar y les metió unas televisionzotas, equipos de sonido y consiguió visita continua de unas prostitutas finísimas. Tenía todo el vapor para él solo y unas comodidades increíbles, ja, ja, ja.

José Agustín cayó preso al mismo tiempo que José Revueltas, y lo puso a escribir El apando. Aunque Agustín iba a salir libre, El apando se publicó gracias a su ándale, ándale, está a toda madre, síguele. En el redondel, se levantaba una torre de hierro con un mirador y Revueltas subía a inspirarse o a rezar evangelios comunistas. Como una despiadada ironía, los aviones despegaban y aterrizaban al lado de la cárcel. Pepe, bájate, vamos, vente a escribir –le gritaba José Agustín.

Revueltas ponía a hervir en un perol un destilado de cascaras de plátano cuyo efecto inmediato (porque lo dulce se sube mucho) hacía olvidar las rejas.

Esa crujía M poseía un pequeño jardín pelón y negrito al que no llegaban los sonidos de afuera. Ahí leían los dos. Ahora han de seguir haciéndolo entre alambrados de nubes y espero volver a escuchar su risa (Revueltas también reía) cuando los alcance.

A Margarita, Andrés, Jesús y Agustín.