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La Doctrina Monroe y México
C

arlos María Bustamante se opuso a la venta de Texas. Sus argumentos eran contundentes y premonitorios: México podría enajenar o ceder, imitando la conducta de Francia y la de España, terrenos improductivos que estuviesen en África o en Asia, ¿pero cómo puede prescindir de su propio suelo, dejar a una potencia rival que se coloque ventajosamente en el riñón de sus estados, que mutile a unos y quede flanqueando a todos? ¿Cómo se pueden enajenar 250 leguas de costa, dejando en ellas los medios más vastos de construcción de buques, los canales más abreviados de comercio y navegación, los terrenos más fértiles, y los elementos más copiosos de ataque y de defensa? ¡Ah! Si México consintiera esta vileza, se degradaría de la clase más elevada de las potencias americanas, a una medianía despreciable que lo dejaría en la necesidad de comprar una exis­tencia precaria a costa de humillaciones; debería en el acto de ceder a Tejas, renunciar a la pretensión de tener una industria propia con que mantener y enriquecer a sus 7 millones de habitantes.

El plan para apoderarse de Texas estaba en marcha. Los miles de colonos anglosajones se negaron a pagar impuestos, no aceptaron tropas me­xicanas en la frontera, despreciaron las leyes mexicanas, destruyeron edificios públicos y armaron milicias propias. Llegaron cada vez más soldados mercenarios y aventureros. En 1834 era inminente la sublevación de los colonos texanos, encabezados por Esteban Austin. Para detener el levantamiento, el presidente Antonio López de Santa Anna partió hacia la frontera al frente del Ejército Mexicano en noviembre de 1835. Sitió a los rebeldes en la fortaleza de El Álamo a fines de febrero de 1836. Los rebeldes resistieron. Recibieron la ayuda de miles de habitantes de los estados de la unión que acudieron en masa a defender a los tejanos. Incluso el presidente Andrew Jackson envió militares a auxiliarlos. El 2 de marzo, los representantes de Texas proclamaron su separación de México y su constitución como república libre, soberana e independiente. El sueño de Jefferson de llevar los límites de su país hasta el río Bravo se había cumplido. Faltaba la segunda parte, la ocupación del oeste hasta el Pacífico.

Hubo voces en EU que no estaban de acuerdo con esa política de expansión sin escrúpulos que aplicaba su gobierno, secundada por miles de sus ciudadanos ambiciosos. Una voz crítica, la de William Channing, hizo esta reflexión premonitoria: “Texas es un país conquistado por nuestros conciudadanos y su agregación a nuestra unión será el principio de una serie de conquistas, que sólo hallará término en el istmo de Darién… nuestra águila aumentará, no saciará su apetito en su primera víctima y olfateará una presa más tentadora, sangre más atractiva, en cada nueva región que se extienda al sur de nuestra frontera. Agregar a Texas es declarar a México la guerra perpetua. Esta palabra, México, ha despertado ya la rapacidad. Ya se ha proclamado que la raza anglosajona está destinada a regir ese magnífico reino, y que la ruda forma social establecida por España, debe ceder y disiparse ante una civilización más perfecta… Texas es el primer paso hacia México. Al momento que plantemos nuestra autoridad sobre Texas, los límites entre ambos países serán nominales, serán poco más que líneas trazadas sobre la arena de las playas del mar”.

México no reconoció la independencia de Texas. En los años siguientes los intereses expansionistas de EU pusieron como objetivo la anexión de Texas a la unión y la conquista de los territorios mexicanos del norte. En 1844 llegó a la presidencia James Polk, cuyo principal lema de campaña fue la anexión de Texas. Su gobierno buscó provocar como fuera una guerra con México. El pretexto fue una incursión de tropas estadunidenses entre los ríos Nueces y Bravo, suelo en disputa entre ambos países que provocó un enfrentamiento con soldados mexicanos. Polk declaró la guerra a México en mayo de 1846. Más de 100 mil soldados estadunidenses invadieron México por tierra y mar. La superioridad militar y económica del país vecino, las divisiones entre la clase política mexicana, la falta de compromiso de algunas regiones que no contribuyeron a la defensa de la patria mexicana, desembocaron en la desastrosa derrota de México. En septiembre de 1847, el ejército estadunidense, encabezado por el general Winfield Scott, ocupó la Ciudad de México. La bandera de las barras y estrellas ondeó en el Zócalo capitalino. Como consecuencia de esa guerra de conquista territorial, México perdió más de la mitad de su territorio. El Tratado Guadalupe-Hidalgo fijó las nuevas fronteras. Estados Unidos se quedó con Nuevo México y la Alta California incluyendo lo que después serían los estados actuales de California, Nevada, Utah, Nuevo México, la mayor parte de Arizona y Colorado, así como partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming. Más tarde, en 1854, compró el territorio de La Mesilla. Se consumó de ese modo, el ascenso de Estados Unidos como la potencia hegemónica continental y en el policía americano.

* Director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México