Editorial
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El síndrome de Milei
E

l presidente argentino, Javier Milei, criticó las protestas registradas en los últimos días en contra de los primeros actos de su gobierno y dijo que los manifestantes están afectados por el Síndrome de Estocolmo en relación con el gobierno anterior: “Están abrazados y enamorados –dijo– del modelo que los empobrece; hay gente que mira con nostalgia, amor y cariño al comunismo”.

Las protestas callejeras, pacíficas aunque efectuadas bajo un impresionante acoso policial, fueron una primera respuesta al Decreto de Necesidad y Urgencia emitido por Milei a espaldas del Legislativo, un conjunto de disposiciones que liquida prácticamente todos los elementos con sentido social de la legislación argentina, elimina los derechos laborales, da paso a la privatización de los principales bienes públicos, empezando por Yacimientos Petrolíferos Argentinos (YPA) y Aerolíneas Argentinas, y estimula la conversión generalizada de organizaciones no lucrativas en sociedades anónimas.

En una suerte de no-lenguaje orwelliano, esa práctica de cambiar hechos de la realidad por sus antónimos, Milei describió su empeño como una forma de destrabajar este andamiaje jurídico opresor que destruyó al país, como si no fuera su determinación de entregarlo a la más pura ley de la jungla la que amenaza con destruir la convivencia, la paz y la gobernabilidad en Argentina.

Y es que, por más que desde los primeros momentos de su mandato se haya visto obligado a desistir de dos de sus promesas más disparatadas –la inmediata adopción del dólar como divisa y el cierre del Banco Central–, es claro que el gobierno de Milei está sembrando un desbarajuste político, económico y social exponencialmente más grave que las difíciles circunstancias que enfrentó su antecesor, el peronista Alberto Fernández, quien tuvo que lidiar con la crisis provocada por el presidente anterior, Mauricio Macri, hoy aliado político de Milei.

Por más que el actual ocupante de la Casa Rosada lo haya convertido en un lugar común de su discurso, que la administración de Fernández no tiene nada que hacer en la clasificación de socialismo, fascismo, comunismo, y que a nosotros nos gusta catalogar como colectivismo.

Es en esta sistemática distorsión del lenguaje que debe verse su más reciente declaración en el sentido de quienes ahora salen a las calles para tratar de impedir, o cuando menos, de acotar, la demolición del Estado y de las instituciones puesta en práctica desde la Presidencia, padecen el Síndrome de Estocolmo. De hecho, en la Argentina actual no es necesario sentir nostalgia por el kirchnerismo para percibir que Milei está conduciendo el país al despeñadero.

En todo caso, la desaforada fobia del mandatario argentino a todo lo que tenga que ver con interés público, bien común y sentido social, aunada a ese abuso sistemático de la hipérbole, el oxímoron y la mentira a secas, bien podría calificarse de síndrome de Milei, un padecimiento mucho más agudo y peligroso que la simple demagogia.