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Mar de Historias

El señor de las flores

A

unque lo vi algo cambiado, no me cupo ninguna duda de que el hombre que viajaba al otro lado del vagón repleto era el señor de las flores. Por su gesto y la forma retadora en que me sostuvo la mirada comprendí que también me había reconocido. Era evidente que ninguno de los dos sabía cómo actuar ante una situación tan inesperada.

Por un momento creí que el señor de las flores iba a acercarse para justificar su falta bajo uno de esos argumentos que, a fuerza de repetidos, siempre parecen falsos aunque sean verdaderos; por ejemplo, que había tenido urgencia de comprar unas medicinas, o de ir en auxilio de un pariente en apuros o se saldar una antigua deuda que estaba poniendo en riesgo su integridad física.

Aunque todas esas explicaciones fueran simples pretextos, me hubiera gustado escucharlas, aun si el señor de las flores omitía o alteraba los pormenores de nuestro último encuentro, y ahora resumo: aquella tarde, cuando llegó el momento de pagarle las plantas que le había comprado, vi que sólo contaba con un billete de quinientos pesos y se lo ofrecí. Él se palpó los bolsillos y me dijo que no llevaba suficiente dinero para darme el vuelto, pero que si estaba de acuerdo, iría a cambiar el billete por otros de menor denominación en alguna de las muchas tiendas de conveniencia que hay en la colonia.

Me pareció que era lo mejor que podíamos hacer y le agradecí su buena disposición.

Se guardó el billete rápido, como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo, y me aseguró que volvería en cosa de minutos. Antes de irse, para corresponder a mi confianza, me dejó encargados los malvones y las azaleas que no había podido rematar en la Primera Sección.

II

Retomé el trabajo que había interrumpido para atender al jardinero; sin embargo, no pude concentrarme. En varias ocasiones lo suspendí y me acerqué a la puerta, segura de que alguien llamaba. Quizá fuera el señor de las flores, como sigo refiriéndome al jardinero, ya que nunca dijo su nombre. Esa tarde pensaba preguntárselo para poder dirigirme a él de una manera más personal, que le demostrara mi respeto por su trabajo y mi agradecimiento por llegar a ofrecerme sus niñas, como llamaba a las plantas que transportaba en dos arpilleras colgadas de sus hombros y lo hacían parecer como una gran figura de barro.

III

El señor de las flores era bien conocido en el rumbo. El último sábado de cada mes se presentaba en la Primera Sección de la colonia para realizar labores de mantenimiento y jardinería. Terminado su trabajo, iba ofreciendo, de casa en casa, las plantas que no había logrado vender en la Primera Sección. Con este sistema todos salíamos ganando: él se deshacía de un peso gravoso y nosotros conseguíamos verdaderas maravillas a muy buenos precios.

Todo eso me lo dijo la primera tarde que se presentó en mi casa para ofrecerme su carga florida. Desde entonces me hice su clienta. Verlo llegar me alegraba tanto como oír sus consejos acerca de cómo mantener vivas las plantas, protegerlas contra las plagas y retribuir sus bondades haciéndolas felices.

Esas medidas no eran invenciones suyas. Se las había enseñado su abuela paterna antes de descender –de morir, me aclaró. Hacía años de su fallecimiento y, sin embargo, todos la recordaban como sabia dueña de los secretos de la naturaleza y de las propiedades medicinales que guardan las flores, las hojas, los tallos, las cortezas y también las raíces.

IV

El señor de las flores nunca volvió a la colonia ni creo que vaya a hacerlo. Lo adiviné en su expresión abochornada y culpable cuando me reconoció en el vagón del Metro. Durante el resto del viaje me esforcé por no mirarlo, pero fue inevitable y en algunas ocasiones chocaron nuestras miradas, algo más que incómodo para mí, puesto que me colocaba en la detestable posición de acusadora.

De pronto, cuando el tren se detuvo, lo vi abrirse paso entre los viajeros, molestos por su precipitación, saltar al andén y correr sin miramiento alguno. Cuando al fin lo perdí de vista sentí alivio y lamenté no haberme acercado a él para decirle algo que de seguro lo haría sentir mucho menos culpable: los rosales que me vendió aquella tarde siguen vivos, no tienen plagas y me entregan puntuales su rica floración, todo gracias a los sabios consejos que le heredó su abuela antes de descender y él compartió conmigo antes de que se convirtiera en… Bueno, creo que eso ya no importa. Para mí seguirá siendo el señor de las flores.