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Nuevo TLC México-Unión Europea
E

l pasado septiembre, en el debate del estado de la Unión Europea (UE), la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, afirmó que este momento decisivo en la política mundial exige un replanteamiento de nuestra agenda de política ­exterior. Ese replanteamiento de agenda pasa ineludiblemente por un aumento de la agresividad comercial de una UE que se ve duramente impactada por las consecuencias de la guerra y que, en este escenario global, para mantener su autonomía estratégica, ha decidido que es necesario hablar el lenguaje duro del poder. En ese discurso sobre el estado de la unión, Von der Leyen afirmó que este mismo año ratificarían la modernización de los acuerdos comerciales de la UE con Chile y México.

México y la UE tienen un tratado de libre comercio (TLC UE-México) vigente desde 2000. En 2016, ambas partes comenzaron a ­negociar una modernización que ­remplazaría al acuerdo global, alcanzando un acuerdo en principio sobre el comercio en abril de 2018. Sin embargo, las negociaciones se mantuvieron en el tiempo hasta hace poco debido al desacuerdo entre la UE y México sobre el proceso de ratificación. La UE ­proponía dividir el acuerdo en tres partes para facilitar su ratificación: una sección comercial, una sección sobre diálogo político y cooperación y una tercera sobre protección de inversiones. México ­rechazó ­esta propuesta e insistió en que la ratificación tenía que ser del tratado como un todo. Y meses de negociación después, parece que ahora estamos, cómo anunciaba Von der Layen, efectivamente a las puertas de su ratificación.

La fórmula elegida para ­salvar las reticencias mexicanas y los problemas de ratificación por parte de los países eu­ropeos será una supuesta nueva fórmula donde, como siempre ocurre con estos acuerdos, ganan los intereses comerciales y pierden los pueblos. La modernización del TLC se presentará a ratificación bajo dos instrumentos en paralelo: por un lado, el acuerdo íntegro, sin divisiones. Éste tendrá que ser ratificado en México y, en el caso de la UE, país por país. Un proceso que, en el mejor de los casos, puede durar años o incluso quedarse atascado sine die, como ya ha pasado con otros acuerdos anteriores. Por otro lado, en paralelo se presentará para su aprobación un acuerdo interino que replicará el contenido de la sección comercial del acuerdo íntegro. Pero, a diferencia del conjunto, este acuerdo exclusivo de la parte comercial sólo tendría que ser avalado por el Congreso de México y por el Parlamento Europeo, evitando el arriesgado circuito por cada Estado miembro. Este subacuerdo temporal entraría en vigor hasta el momento en que se ratificara el acuerdo global en su conjunto. Si es que algún día lo hace...

Esta opción se presenta, en teoría, como una posición ­intermedia entre la UE y ­México. Sin embargo, en la ­práctica el efecto es exactamente el que quería la Comisión Europea: evitar que la parte comercial del acuerdo quede rehén del resto del acuerdo y se pueda aplicar provisionalmente. De hecho, al requerir el acuerdo comercial interino únicamente la aprobación del Parlamento Europeo, se reducirían los incentivos para que los parlamentos de los 27 estados miembros de la UE confirmen el tratado global. Como ­consecuencia, podría darse la situación de que la única parte del acuerdo global que alguna vez entre en aplicación sea la comercial, mientras el ­acuerdo sobre cooperación y diálogo político, que incluye elementos como la cláusula democrática, ­quedarían en papel mojado.

Los elementos claves por los que la modernización del tratado con México se ha convertido en prioridad para la UE son a grandes rasgos: consolidar y reavivar la agenda de comercio con América Latina, reafirmando a la Unión Europea como socio comercial clave en la región; acceso a recursos naturales, en particular litio (la industria de autos eléctricos alemana y francesa dependen de este recurso); consolidar la protección de inversiones; y posicionar a las multinacionales europeas en el mercado digital de datos de la región.

De esta forma, el acuerdo incluye un capítulo dedicado a energía y materias primas que, mediante la introducción de restricciones a políticas destinadas a agregar valor a través del procesamiento y transformación nacional de la materia prima, limita la posibilidad de que México desarrolle su propia producción nacional de baterías. Limitando su capacidad de industrialización en sectores claves, la UE busca mantener a México como proveedor de materia primas.

La inclusión de un capítulo de protección de inversiones es sin duda uno de los puntos medulares de la modernización del acuerdo global, así como una novedad respecto del viejo TLC UE-México. Con este nuevo capítulo, las privatizaciones y reformas proempresariales en el sector petrolero y gasífero de México quedarían blindadas, impidiendo, por ejemplo, propuestas como la nacionalización del sector eléctrico, y, en el caso de querer revertirlas, el inversionista podría usar el tratado para demandar a México. No podemos olvidar que México es hoy el sexto país más demandado del mundo por inversionistas extranjeros ante tribunales de arbitraje internacionales (y el tercero de América Latina y el Caribe). Este acuerdo agravará esta situación.

Otro de los elementos novedosos y peligrosos del acuerdo es el capítulo que se vende como promotor del comercio digital, cuando en realidad sus objetivos son otros: que los gobiernos no puedan restringir que empresas extranjeras (big tech) extraigan datos –la materia prima de la inteligencia artificial– y otras tecnologías de la nueva revolución industrial fuera de las fronteras; evitar los impuestos aduaneros a las transmisiones electrónicas; y prohibir que los estados puedan pedir a las empresas transparencia sobre sus algoritmos.

Todo va a cambiar con la pandemia, nos repetían una y otra vez en Europa. Pero hay cosas que no cambian. E incluso empeoran. Pocas oportunidades más ventajosas para profundizar en la doctrina del shock neoliberal que una pandemia global y luego una guerra como la invasión rusa de Ucrania. Este TLC sólo ­responde a los intereses de una minoría peligrosa que tiene el neoliberalismo literalmente escrito en su constitución y el gen ­mercantilizador incrustado en su ADN fundacional. Solemos hacer muchos análisis a posteriori, analizando las consecuencias, lamentándonos por lo que ya ha pasado o por lo que no hicimos. Con la modernización del TLC UE-México estamos, sin embargo, a tiempo de actuar: todavía no se ha ratificado. La pelea está a las puertas y tenemos que darla.

Aún es ­posible defender unas relaciones ­internacionales al servicio de los pueblos que no estén mediadas tan asimétricamente por una relación neocolonial, como la que esta propuesta de acuerdo busca reforzar. Decimos no a este acuerdo comercial neoliberal entre ­México y la UE porque decimos a otra manera de comerciar y de vivir. Una donde los pueblos y el planeta estén en el centro. Porque nuestras vidas valen más que sus ­beneficios.

*Diputado de la izquierda en el Parlamento Europeo