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Elenísima 90
Tengo mucho más tendencia a la admiración que a la crítica
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▲ Poniatowska Amor en una entrevista con la bailarina y coreógrafa mexicana Sonia Amelio.Foto de Héctor García, cortesía Archivo Patrimonial Fundación Elena Poniatowska
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▲ En entrevista en su casa, Elena Poniatowska muestra la playera que usa y dice: Traigo un perico, el emblema de la entrevista y del periodismo.Foto José Antonio López
 
Periódico La Jornada
Jueves 19 de mayo de 2022, p. 7

La escritora y periodista Elena Poniatowska cumple hoy 90 años con una memoria portentosa. De su pluma han salido los relatos sobre figuras esenciales de la cultura mexicana, el compromiso firme de un periodismo en pro de los marginados y la atención en el presente. Con una sonrisa permanente, dice a La Jornada que prefiere admirar y querer: en eso soy ingenua. Tengo mucho más tendencia a la admiración que a la crítica.

La ganadora del Premio Cervantes 2013 será reconocida hoy por el gobierno de México al mediodía, en el Palacio de Bellas Artes, con la actividad Elenísima 90 años: Homenaje Nacional Elena Poniatowska.

La narradora y cronista asegura que siempre ha querido rendirle homenaje a las personas a través de su escritura, así han sido mis entrevistas. He escrito tanto sobre tantos personajes.

Elena afirma: “Escribo novelas y cuentos; tengo el libro de poesía Rondas de la niña mala; a veces sale una cosa y a veces otra, pero mi oficio desde 1953 es el periodismo. Me inicié haciendo entrevistas y crónicas porque era mi mejor forma de amar y de conocer a México.

No tengo años por vivir, porque ya tengo 90, pero sí amo vivir, obviamente. Considero que toda mi vida ha sido ser periodista, escribir, pues hago en la vida lo que desee hacer. Quisiera por lo menos escribir algunos libros más, pero ya con 40 siento que han sido muy pocos los días de mi vida en los que no me he sentado frente a la máquina de escribir.

La autora de La noche de Tlatelolco expresa que querer conocer tantas cosas de México, ese deseo tan grande que he tenido, proviene de que nací en París, vine a los 10 años. Mi madre se llamaba Paula Amor y nos trajo a México a mi hermana y a mí en 1943. Me hice periodista muy chava, muy jovencita.

Recuerda que trabajó sola al principio y luego al lado de “dos grandes cronistas y uno de ellos un extraordinario poeta, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, en el suplemento cultural de Novedades y después en La Jornada”.

Añade con cierta tristeza: Ellos empezaron antes, eran más jóvenes que yo y por eso nunca entendí ni creí que ellos podían morir antes que yo. Para mí es una pérdida enorme y además fue la sorpresa mayor porque yo les llevaba entre cinco y seis años a cada uno. Que ellos se fueran antes, me traicionaron, me dejaron sola.

Su deseo natural de conocer se materializó de forma temprana con Todo empezó el domingo, que realizó con un extraordinario dibujante que no ha sido valorado lo suficiente, Alberto Beltrán. Era sobre los paseos dominicales o los descansos de los mexicanos más pobres, los que no tienen casa en Cuernavaca ni en Acapulco, no tienen acceso a muchos placeres. Esas cosas yo las retraté con gusto y me daban mucha alegría.

Monsiváis no bailaba, yo lo sacaba, pero no le gustaba

Cuando se inició en el periódico Excélsior, continúa Poniatowska, “no se hablaba de las colonias pobres, de los marginados. Se decía que Tepito era un lugar donde todo te robaban, donde todo te lo desaparecían, que había rumbos que eran muy peligrosos.

Entonces empecé a ir con Beltrán los domingos y en las festividades de la gente que no tiene un centavo, pero que a veces echa la casa por la ventana. Luego, con Carlos Monsiváis, fui a bailar al California Dancing Club y a un montón de lugares. Bueno, él no bailaba, yo lo sacaba a bailar, pero no le gustaba.

La importancia femenina en su narrativa se ejemplifica con la novela Hasta no verte Jesús mío, que tiene una soldadera como protagonista. “Vi que a las mujeres que habían estado en la Revolución las llamaban ‘hurgamanderas’, ‘galletas de capitán’, ‘colchón de tripas de soldado’, que las maltrataban, tenían los hijos de los soldados y ellas debían llegar al lugar donde iba a ser una batalla y tener comida, entonces me interesó muchísimo rescatarlas a través de una, a la que le puse Jesusa Palancares”.

En el periodismo, narra que a “las mujeres las refundían en la sección de Sociales y poco a poco fueron desapareciéndola (la sección). Ya casi no hay en ningún periódico una sección de bodas, de showers, de reuniones sociales, y a eso ayudó mucho Bambi (Ana Cecilia Treviño), que en el Excélsior le puso sección B, en vez de sociales, y metió entrevistas de arte, de Tamayo, de Frida Kahlo, de Diego Rivera y de escritores como Martín Luis Guzmán y Carlos Fuentes”.

–¿Cuál es la definición del periodismo que le gusta desarrollar?

–El periodismo es simplemente la mejor información posible que se le puede dar al lector, escrito con la forma más atractiva que hay –se detiene para mostrar la playera que usa, mientras sonríe ampliamente–. Traigo un perico, el emblema de la entrevista y del periodismo”.

Se torna seria cuando recuerda sus entrevistas a reos mexicanos: Fui muchísimo a Lecumberri porque me escribió un preso para que fuera. La cárcel es la mejor escuela de periodismo porque todo el mundo te quiere contar su vida, porque tienen tiempo para ti, y además porque aprendes muchísimo sobre la condición humana.

Relata que ahí entrevistó a David Alfaro Siqueiros antes de 1968. “Julio Scherer García me dijo que cuando vio la entrevista pensó: ‘Si esta mujer fue a Lecumberri y salió, yo también puedo ir’, y entonces fue e hizo el libro Siqueiros: La piel y la entraña”.

–De los personajes que entrevistó en la cárcel, ¿quién fue al que…?

–Ahí, a los presos ferrocarrileros de la gran huelga ferrocarrilera de 1959 –contesta inmediatamente–. Me hice muy amiga de Demetrio Vallejo y Valentín Campa. Entre ellos se odiaban. Vallejo era más bravo, me decía: Si usted va a ver a Campa, a mí no me visite, de la furia que era.

Quise muchísimo a Demetrio Vallejo y lo traté más a él que a Valentín Campa, pero a los dos los admiré mucho, porque además quería ir a un mundo totalmente ajeno al mío, obviamente ese mundo lo era. También entrevisté a Tongolele, a muchísima gente, a María Félix, a Dolores del Río. Pude conocer un México que desgraciadamente ya no existe.

–¿Cree que rescatar un México que posiblemente desaparezca es un elemento importante para el periodismo?

–Sí, claro. Y también evitar todas esas fórmulas horribles que tenía el periodismo, que decía Apoteótica multitud recibió al Presidente de la República, pues yo no veía eso, sino que el mandatario se había tropezado y estaba a punto de aplastarse contra el suelo como una rana, y eso escribía, lo que yo veía, pues, que podría ser un poco irrespetuoso.

Del presente, afirma: “Es absolutamente lamentable la situación de periodistas que eliminan, pero mucho más en provincia, atacan a los que no tienen ninguna posibilidad de salvación, a jóvenes, a mujeres también. Es horrible pensar que esto está sucediendo en nuestro siglo y en nuestras narices. Si yo ahorita fuera una joven madre, y mi hijo quisiera ser periodista, se me pararían los pelos de punta. Sería tremendo.

He sido muy privilegiada por entrevistar y platicar con Diego Rivera y a personas que después me llamaban y me decían si quería ir a comer a su casa... Con la amistad que seguía a partir de una conversación, seguía el cariño, el afecto recién nacido. Eso fue muy bonito, y luego estar con gente de la talla de José Emilio Pacheco y de Carlos Monsiváis.