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Para comprender el pentecostalismo
E

l pentecostalismo es un mundo y su comprensión es compleja. La presencia del movimiento en tierras latinoamericanas se inició hacia finales de la primera década del siglo XX. Por distintos factores se mantuvo invisibilizado fuera de sus adeptos, y hasta medio siglo después comenzó a concitar interés de algunos investigadores de las transformaciones religiosas/sociales en América Latina.

Eldin Villafañe hace una valiosa síntesis histórica y teológica del pentecostalismo latino en su libro Manda fuego, Señor: introducción al pentecostalismo (Abingdon Press, 2012). Él es puertorriqueño, doctor por la Universidad de Boston, profesor de ética social cristiana en el seminario teológico Gordon-Conwell y ministro ordenado por las Asambleas de Dios, la mayor denominación pentecostal del mundo. Ha sido presidente de la Society for Pentecostal Studies. Villafañe dice que son pentecostales aquellos cristianos que ponen el acento en el poder y la presencia del Espíritu Santo, y los dones del Espíritu, orientados hacia la proclamación de que Cristo Jesús es Señor para la gloria de Dios Padre, por esto el contraste principal entre los pentecostales y otros cristianos es el distintivo énfasis pentecostal en la persona, la obra y los dones del Espíritu.

La clasificación tipológica de los pentecostalismos desarrollada por Vinson Synan –su obra The Holiness/Pentecostal Tradition. Charismatic Movements in the Twentieth Century es central para conocer las raíces históricas y teológicas del pentecostalismo– la condensa Villafañe, y describe cinco grandes familias: 1) movimientos pentecostales clásicos, cuyos orígenes se remontan a las enseñanzas de Charles F. Parham (Topeka, 1901) y William J. Seymour (Azusa Street, Los Ángeles, 1906); aquí se deben incluir otras iglesias que son producto del comienzo policéntrico del pentecostalismo global; 2) protestantes históricos carismáticos (neopentecostales), este grupo representa al movimiento carismático dentro de las denominaciones tradicionales que comenzó alrededor de 1960; 3) los católicos carismáticos, son los de la renovación carismática que se han apropiado de buena parte de expresiones cúlticas pentecostales; 4) los grupos independientes, iniciados por personajes carismáticos que no se articulan con el pentecostalismo clásico, sino que dan origen a lo que tiempo después será una nueva denominación, y 5) grupos autóctonos del llamado Tercer Mundo, son los movimientos pentecostales de mayor crecimiento en el mundo, sin relación con juntas misioneras occidentales, y practican formas de teología y adoración pentecostales no ortodoxas.

Un punto a destacar es que el movimiento pentecostal tiene, prácticamente desde sus inicios, un fuerte componente de participación endógena en su enraizamiento y difusión. Aunque en el protestantismo histórico que se asentó en la geografía latinoamericana hubo también el componente endógeno, en el origen de las iglesias pentecostales el activismo autóctono fue notablemente mayor.

Tal vez la corriente dominante en la familia pentecostal sea el neopentecostalismo. Entre el primero hay rasgos comunes, pero también énfasis distintos que identifican Miguel Ángel Mansillas y Mariela Mosquera en la introducción del volumen que coordinaron ( Sociología del pentecostalismo en América Latina, RIL Editores, 2020, p. 49): A diferencia de los pentecostalismos clásicos que se asemejan más a los modelos culturales tradicionales (pescadores artesanales, comunidades indígenas, comunidades de artesanos, campesinos, sindicatos, etcétera), el modelo neopentecostal es empresarial y massmediático. Se trata de una variante destinada a los sectores medios y altos y por eso incorpora sus códigos, estilos y prácticas. A diferencia del pentecostalismo clásico que se autoidentificaba con el apoliticismo, el neopentecostalismo brega por participar en política y transformar todas las esferas sociales y culturales. Sus discursos se relacionan con el evangelio de poder y la prosperidad.

Los mismos autores señalan un acercamiento prejuiciado que estigmatizó a los pentecostales, y prestó escasa atención tanto a las condiciones en que fue incubándose como a las razones de los conversos para adoptar una nueva identidad religiosa. Mansilla y Mosquera le llaman pentecosfobia, caracterizada por la generalización que los cientistas sociales han construido y reproducido sobre los pentecostales como sujetos dóciles, pasivos e indiferentes a la realidad social y política del país. Podríamos agregar el señalamiento, por parte de los guardianes del deber ser identitario, de que son ajenos a la idiosincrasia ­nacional.

Comprender no es lo mismo que hacer a un lado la capacidad crítica, tampoco incluye estar de acuerdo con el corpus de propuestas del movimiento pentecostal. Comprender es, me parece, intentar entender la lógica y dinámica de una expresión religiosa a la que se han convertido millones de ­latinoamericanos.