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Aunque nadie se rinde, la puerta diplomática sigue abierta
Corresponsal
Periódico La Jornada
Miércoles 26 de enero de 2022, p. 21

Moscú. Puestas por Rusia todas sus piezas sobre el tablero –al margen de las intenciones previsibles y las amenazas creíbles desde ambos lados de la mesa para disuadir al otro, mientras los medios de comunicación no cejan de animar el juego con versiones tan escandalosas como hipotéticas–, se vive en esta parte del mundo una suerte de impasse en espera de la próxima jugada de Estados Unidos en esta repentina partida de intereses geopolíticos propuesta por el Kremlin.

El paréntesis, de naturaleza dual, no permite descartar un cruento desenlace caótico. Y por eso deja de ser un simple juego porque todo indica que nadie se va a rendir, persistiendo en su intolerancia: uno, reclamando el derecho de decidir qué deben hacer o no sus vecinos en el espacio postsoviético y el otro, negándose a abandonar las posiciones que ya tiene junto a la frontera rusa, a petición de los vecinos de Rusia.

La expansión noratlántica hacia el este sucedió –hay que decirlo– ante el silencio y la mirada complaciente del presidente Boris Yeltsin en 1997 (cuando la OTAN comenzó a admitir nuevos miembros) y después de los mandatarios Dimitri Medvediev y el propio Vladimir Putin, hasta hace unos meses en que el titular del Kremlin cambió su discurso como si hubiera descubierto 25 años más tarde el engaño de Occidente.

Lo bueno: la reciente reunión en la ciudad suiza de Ginebra de los cancilleres ruso y estadunidense, Serguei Lavrov y Antony Blinken, deja abierta la puerta diplomática para dirimir –aunque en una perspectiva más bien lejana– las controversias, y lo malo: las exigencias de Rusia en materia de seguridad de que Estados Unidos responda por escrito, antes del 30 de enero siguiente, se saben de antemano incumplibles.

Si Washington rechaza por escrito lo que ya hizo de manera verbal, y Moscú no acepta negociar lo que su contrincante tiene que ofrecerle a cambio, no sólo se volvería al punto donde unos y otros estaban cuando el Kremlin –a finales de octubre anterior– demandó garantías vinculantes en materia de seguridad, sino que podría lavarse las manos y endosar a la Casa Blanca toda la responsabilidad de una eventual guerra en Ucrania, la cual –no sobra tenerlo presente– podría estallar en cualquier momento y bajo cualquier pretexto o provocación.

El Kremlin, consciente de que es más lo que podría perder que ganar con una intervención militar en el vecino país eslavo, desmiente tener planes de invadirlo y está tensando la cuerda al máximo para tratar de obtener una posición ventajosa en una negociación sobre control de armamento y otras facetas de seguridad que, en el fondo y sin formular más exigencias imposibles de cumplir, es la verdadera meta de Rusia.

Al mismo tiempo, es de suyo peligroso apostar a que los nervios del contrincante van a fallar, pues si ello no ocurre, Moscú estará cada vez más cerca de una acción suicida, y no tanto en el sentido de que cualquier ataque bélico ruso a Ucrania va a desatar una conflagración nuclear. Desde luego que no.

Rusia, por paradójico que parezca, puede acabar teniendo más amenazas a su seguridad que ahora con el eventual emplazamiento de tropas y armamento ofensivo de la OTAN junto a sus fronteras y, si por la razón que sea, opta por usar la fuerza contra Ucrania y ocupar parte de su territorio, a la larga conseguiría una experiencia peor de lo que fueron los 10 años de intervención soviética en Afganistán, en términos de vidas humanas, colapso de su economía y aislamiento internacional.

El ejército de Ucrania, además, no es ya el grupo de despistados uniformados con armamento obsoleto de la época soviética que tenía en 2014, cuando Kiev perdió Crimea, y los ucranios jamás aceptarían a un invasor.

Para poner fin a esta desgastante situación, Moscú necesita un gesto de Washington y Bruselas que, a estas alturas y con un poco de inspiración salomónica, sólo podría ser una declaración solemne, pero no vinculante jurídicamente, de que Estados Unidos y la OTAN no van a admitir miembros nuevos en un lapso equis (10, 15, 20 años).

Esto debería satisfacer a Rusia, permitiendo a los gobernantes occidentales mantener la cara al no renunciar a su doctrina de puertas abiertas, aparte de que durante muchos años técnicamente no es posible la ampliación de la membresía noratlántica, y eso todos lo saben.