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Los vuelos de retorno voluntario separan familias

Vía exprés, haitianos son arrojados a la miseria y la violencia de las que huyeron

Tapachula se ha convertido en un muro burocrático infranqueable para los migrantes

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▲ La Casa de Acogida, Formación y Empoderamiento de la Mujer Migrante y Refugiada se encuentra saturada luego de la llegada de ciudadanos haitianos.Foto Alfredo Domínguez
 
Periódico La Jornada
Miércoles 29 de septiembre de 2021, p. 5

Los migrantes haitianos rechazados en México y en Estados Unidos, deportados vía exprés sin posibilidad de regularizar su situación migratoria, aterrizan en Puerto Príncipe y quedan a la deriva, sin un horizonte de futuro más que la miseria de la que huyeron años atrás y la violencia de las pandillas que hoy asolan al país.

De esto da fe Monasse Saint Louis, en entrevista con este diario desde Les Gonaïves, al norte de Puerto Príncipe. Fue deportada el 4 de julio de 2019 con sus dos hijos pequeños, Piter y Pedro Pierre, ambos nacidos en Brasil y con actas de nacimiento de ese país. La familia esperaba poder tramitar ante Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) su solicitud de refugio en Tapachula cuando fue separada de su marido en uno de los vuelos que el Instituto Nacional de Migración (INM) denomina de retorno voluntario asistido.

Deportar a los haitianos es algo malo, muy malo, asegura la señora Saint Louis de Pierre. Sobre todo cuando la mujer y los niños quedan lejos del marido. La biblia dice que tenemos que estar juntos. Los gobiernos nos obligan a alejarnos.

Desde su llegada a Haití, Monasse y los niños viven en el desamparo absoluto. Benedict, el marido, ya con un documento de residente temporal emitido en Chihuahua, busca desesperadamente algún medio para recuperar a su familia.

En días recientes, vía Whatsapp, Monasse y Benedict volvieron a contactar a esta reportera, ella desde Haití y él desde Chihuahua. Desde que la mujer y los niños están en Haití no ha pasado un mes sin que Pedro, Piter o los dos enfermen. Haití es un lugar donde no se puede vivir. Y para colmo, sin marido, se lamenta ella.

Siguen viviendo en el mismo cuarto de lámina con techo de hule que conocimos hace 20 meses, a las faldas de un cerro pelón. No tienen servicios. Comen mal. Viven apenas de lo que Benedict logra enviarles y ahora se suma una penuria más a su tragedia

Los gangs, pandillas del crimen organizado que asolan las ciudades y han tomado control de varias zonas del país, llegaron a la casa de Monasse y la amenazaron con secuestrar a uno de los niños si no les entrega una cantidad de dinero que para ella es, simplemente, inaccesible.

El último mensaje de Monasse decía: Nou la nou nan kache (Ya nos vamos a esconder). No hubo más comunicación.

Retornos ¿voluntarios o forzosos?

Desde principios de 2019 la frontera sur de México vio llegar, incontenibles, oleadas de migrantes que ya no venían sólo de Centroamérica sino de mucho más lejos: Brasil, Chile, África incluso. El INM encontró, como solución para descongestionar la sobresaturada estación migratoria, los vuelos de retorno voluntario.

Tan voluntarios, que Monasse relató en aquella entrevista cómo, cuando vieron que ella se resistía a subir al avión, una agente del INM le arrebató a uno de los niños y lo subió a la nave. La madre no tuvo más opción que seguirla. Fue apenas uno de varios vuelos de deportación a Haití.

En enero de 2020 este diario localizó a la familia en su vivienda. Ahí ella relató la odisea de su paso por seis países, medio continente, en una travesía de cuatro meses llena de peligros, privaciones y dolor, desde Pernambuco, Brasil, hasta Chiapas.

En su testimonio, cuenta que en el momento en el que las autoridades sacaron de la estación migratoria Siglo XXI en Tapachula a cerca de 100 mujeres y niños, los obligó a abordar unos autobuses y los llevaron directo al aeropuerto, los hombres estaban en la zona de duchas. Por ello, el padre de los niños y esposo de Monasse, Benedict Pierre, no abordó ese avión.

(El INM emitió un boletín desmintiendo el reportaje de este periódico –publicado el 5 de enero de 2020– asegurando que la señora Saint Louis les expresó que viajaba sola con los niños y que se había apegado al beneficio de retorno voluntario asistido).

La década pasada los gobiernos de Brasil y Chile implementaron programas de acogida y trabajo para miles de haitianos, después del terremoto de 2010. Benedict migró primero y después logró llevar a su esposa. En Brasil nacieron los niños. Con la demolición de los programas sociales de los presidentes Lula da Silva y Dilma Rousseff las posibilidades de trabajo y vida para los migrantes se agotaron.

En Chile ocurrió algo similar. En auge económico, el gobierno chileno amplió las posibilidades para migrantes. En pocos años llegaron a residir al país andino cerca de 182 mil haitianos. Pero el gobierno del conservador Sebastián Piñera redujo a menos de la mitad la cuota de residencias legales para haitianos.

El racismo, la xenofobia y el quiebre de empresas por la pandemia orillaron a los migrantes haitianos a nuevos campamentos de pobreza. Así empezó el gran éxodo hacia el norte.

En el terrible trayecto, que incluye el pasaje por la selva del Darién en Panamá (conocido como el Tapón del Diablo) hay, según testimonios, un reguero de cuerpos de quienes sucumbieron en el camino.

Un lugar donde nunca podrán rehacer sus vidas

Tapachula se convirtió para decenas de miles de migrantes en un muro burocrático infranqueable. Las semanas en espera de documentos como refugiados o visas humanitarias con permiso de trabajo se convirtieron en meses. Y luego años.

Y cuando la impaciencia y la necesidad se desbordaron, el flujo empezó nuevamente a moverse hacia el norte. Así se formó el inmenso campamento en la frontera norte, entre Ciudad Acuña, Coahuila y El Río, Texas.

Catorce mil almas acampando a la intemperie, en condiciones extremas, provocaron otro estallido: el cruce del río, la entrada en escena de los caballos de la patrulla fronteriza, el escándalo y sus consecuencias; entre ellas nuevas oleadas de deportaciones a Haití.

Una vez que fue desmantelado el gigantesco campamento de solicitantes de asilo, el gobierno estadunidense implementó un puente aéreo con siete vuelos diarios (300 pasajeros por avión) desde el 19 hasta el 24 de septiembre. En total han sido 17 vuelos desde Houston y cerca de 2 mil deportados. Al desembarcarlos, en Puerto Príncipe o Cap Haitien (costa norte de la isla), las autoridades estadunidenses les entregan el equivalente a 50 dólares en efectivo, otros 50 dólares en crédito telefónico y celulares a quienes no tienen. Con eso termina su penosa odisea por alcanzar el sueño americano.

El panorama para estos haitianos no es muy diferente al drama que vive la familia Pierre Saint Louis. Como ya sucedió antes, hay muchas familias rotas por estos retornos forzados.

En estos días imágenes de la televisión haitiana han mostrado cómo algunos hombres, recién desembarcados en territorio haitiano, intentan abordar de nuevo los aviones hasta que los logran retirar de las escalerillas.

En cuanto a las deportaciones, o retornos voluntarios del gobierno de México, que se realizan desde Tapachula y Villahermosa, el INM informó el 26 de septiembre que se acordó reanudar esos vuelos. No ofreció más detalles. Esto significa trasladar a cientos de personas a un lugar de donde ya antes habían huido y donde nunca podrán rehacer sus vidas.