Opinión
Ver día anteriorDomingo 29 de noviembre de 2020Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Puntos sobre las íes

Recuerdos // Empresarios (CXL)

Foto
▲ El famoso toro de Wall Street, en Nueva York, sirve para un recuerdo de familia.Foto Afp
Y

terminó la temporada…

“Marcial y Ruy no escatimaban esfuerzos para conseguir nuestro anhelado permiso de torear a pie. Con el fin de convencer al director general de Seguridad, también intercedieron en mi nombre muchísimas personas amigas y varias autoridades; entre éstas, el embajador de Perú y el ministro de Relaciones Exteriores, Martín Artajo. Rosario Pidal, casada con Martinho Robeiro, fue incansable en su entusiasmo. Todos los días tenía un plan de ataque o alguna persona de influencia con quien hablar. Nos presentó a infinidad de amigos, entre ellos a Miguel Primo de Rivera. Aconsejados por éste, fuimos a ver al ministro de la Gobernación, Blas Pérez. El ministro dijo que no se oponía a que me dieran el permiso, mas él no podía concederlo.

“Entonces, surgió una luz ilusoria en mi nublado horizonte: el director general de Seguridad decidió autorizar mi actuación a pie, a puerta cerrada.

“El señor Rodríguez presidió el festejo, que se organizó a beneficio de los huérfanos del Ejército, en Carabanchel, donde, a pesar de puerta cerrada, se llenó la plaza. Enseguida se organizaron más festivales del mismo estilo, en San Sebastián, a beneficio de los tuberculosos, en Madrid –donde salí, ¡aleluya!, con Juan Belmonte– y en Oropesa. Este último festival fue organizado por el ministro de Asuntos Exteriores y con la asistencia de los diplomáticos que se encontraban en Madrid.

“No cobraba por torear a pie, a puerta cerrada, pero ¿qué más daba? Era mil veces preferible que mi afición divertirme sin cobrar, que no cobrar por rejonear.

“Marcial, convencido finalmente de mi afición, propuso entonces mi actuación desinteresada (a pie) para cuantos pobres quisieran. Las peticiones fueron tremendas. Telefonearon gobernadores, curas, esposas de ministros, directores de hospicios… quién sabe cuántos interesados más. Marcial les indicaba a todos que debían hablar con el director general de Seguridad. Pero…

“Habiendo tenido la suerte de cortar rabos y patas con las actuaciones a pie, el director general decidió también cortar algo. Y cortó el mal por la raíz. Prohibió mis intervenciones a puerta cerrada.

“¿Por qué, por qué? Me torturaba y desesperaba la pregunta. Decía el buen señor que quería defenderme del peligro. ¡Pero si yo tenía permiso de mis padres!

“Seguí rejoneando. Esperaba.

“Mientras tanto, mi nombre aparecía en los carteles de ferias y corridas, que no eran pocas, pues a pesar de los estragos de la guerra, España florecía, como hace la primavera a pesar del invierno. El pan no era bueno, pero había pan; los gasógenos eran malos, pero nos transportaban. A uno se le cayó el fondo cuando viajábamos cerca de Málaga. Tuvimos que buscar los tornillos por la carretera y armar otra vez el coche. Llantas no había, pero de estraperlo sí. Y entonces conseguimos llantas, pues para Crespo, el chofer, un nacionalista de hueso colorado, los problemas no existían. Litri, mi peón, de quien ya he hablado, era rojo y Monasterio, el mozo de espadas, monárquico.

Eran éstos tres hermanos de cuadrilla, así como Antoñete Iglesias, el otro peón, unos compañeros de viaje divertidísimos. Cuando nos advertían que por tal sierra no se podía pasar en coche, Litri protestaba: ‘¡Qué ocurrencia!’

“–Tú estás tranquilo –le contestaban los demás–, como que son de tu color los que andan por allí.

“–Tú eres rojo porque cuando la guerra, sin saber leer, eras coronel –le molestaban, riéndose, los amigos del buen Luis Prados.

“Había una bromita que se le hacía siempre: cuando aparecían guardias civiles, parábamos el coche para ofrecerles transporte. Uno, un día, aceptó y se subió junto al Litri, que todo el camino iba haciendo cruces.

–Mañana –murmuraba– mañana no embiste ninguno.

“Llegaba el día de mañana con el bullicio de hoy, mañana y siempre, cuando se trata de toros. Y al anochecer del último día de feria se cargaban las espuertas.

Así, durante tres temporadas, recorrí las llanuras de Castilla, Andalucía y Salamanca. Sentí el frío del Guadarrama, la lluvia de Galicia y el calor de Cádiz. Observé la nobleza de catedrales hermosas, rezando entre velas, perdiéndome entre sus sombras. Conocí el misterio de Marruecos y el suave, sobrio, encanto de Granada.

(AAB) / (Continuará)