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Conmueven en Argentina las muertes de Pino Solanas y Víctor Basterra
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 8 de noviembre de 2020, p. 24

Buenos Aires., La muerte del cineasta Fernando Pino Solanas, víctima del Covid-19, en París, donde se desempeñaba como embajador de Argentina ante la Unesco, conmovió en el país a gobernantes, políticos, artistas y colegas, así como a miles de mujeres y hombres cuya vida quedó reflejada en documentales que mostraron sin concesiones las consecuencias de las políticas nefastas en los pueblos indefensos, tanto como sus filmes de ficción, premiados en diversos países del mundo.

Desde La hora de los hornos, su primer largometraje, Solanas causó conmoción política en los años 60, cuando este filme circulaba en la clandestinidad de las dictaduras que sucedieron a la Revolución Libertadora, surgida del golpe de Estado contra el presidente Juan Domingo Perón en 1955. Esta película fue multipremiada y se convirtió en un símbolo de la resistencia.

La ficción El exilio de Gardel (Tangos), de 1985, y Sur, de 1988, mostraron al gran cineasta que era, de creatividad rayana en la poesía en diversas escenas, que fue destacada en el Festival de Cannes con el premio a mejor director.

Basterra, testigo clave

También en la madrugada de ayer falleció en esta capital Víctor Basterra, sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) durante la dictadura militar (1976-1983) quien, obligado a tomar fotografías y realizar otras tareas en calidad de esclavo, logró en la mayor clandestinidad juntar copias de éstas y de varios documentos, que fue escondiendo a lo largo de su cautiverio, que luego serían claves en los juicios contra los crímenes de lesa humanidad cometidos por los dictadores.

Basterra logró rescatar fotos de los desaparecidos y los represores de la ESMA, entre ellas la que identificó a Ricardo Miguel Cavallo, detenido en México en 2000, al ser denunciada su verdadera identidad en una investigación y hoy condenado aquí a cadena perpetua.

Fue secuestrado el 10 de agosto de 1979 cuando entraba a su casa en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires, y se llevaron también a su esposa, Dora Seoane, y a su hija María Eva, de dos meses de edad. Como obrero gráfico en la ESMA fue obligado a trabajar en condición de esclavo dentro del sector de documentación, después de pasar los horrores de la tortura.