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Budapest Concert: un acto poético
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▲ Keith Jarrett en la localidad francesa de Antibes, en una presentación de 2003.Foto Wikimedia Commons
 
Periódico La Jornada
Sábado 7 de noviembre de 2020, p. a12

El nuevo disco de Keith Jarrett nos recupera la edad de cuando música y poesía eran lo mismo.

Budapest Concert se publicó hace apenas ocho días y el mundo lo recibe tal como anunció Keith Jarrett en días anteriores a ese lanzamiento: Es lo mejor que he grabado en discos.

Contiene 12 capítulos y tres encores. Es el segundo álbum publicado a la fecha de los conciertos de la gira de 2016. Fue grabado dos semanas antes que Munich 2016, que era, hasta el momento, el último disco de Keith Jarrett, quien había guardado silencio hasta hace dos semanas y media, cuando declaró al reportero Nate Chinen, del New York Times, que sufrió dos embolias en febrero y marzo de 2018, y está en proceso de convalecencia.

El nuevo disco, Budapest Concert, recoge el concierto que ofreció la noche del 3 de julio de 2016 en la Bela Bartok National Concert Hall de Budapest. Ahí dijo ante el público que su devoción por la música del compositor cuyo nombre lleva esa sala de conciertos data de toda su vida, además de que su abuela tiene ascendencia húngara.

El primero de los 12 capítulos de Budapest Concert es el más largo del disco: 14 minutos con 28 segundos (el episodio más corto es el IX: dos minutos con 26 segundos) y está preñado de manantiales.

Apenas transcurridos unos pocos minutos, la atmósfera es completamente diáfana: lo que suena es claramente Bela Bartok, sus piezas rumanas y enseguida notables modos otomanos, claves claras, contundentes: el discurso sonoro ha perdido edad y se convierte en atmósferas, estancias, estados del alma.

Vorágines, nudos convertidos en cabelleras sueltas al vendaval, torbellinos. El ascenso es suave y delicioso: Keith Jarrett elabora escalas hacia arriba, más arriba, aún más altas, sin imprimir velocidad sino su sensación: en realidad, volamos.

Racimos de notas, también llamados clusters. Y enseguida los andamios que suele tejer para pintar murales bóvedas adentro.

Los escuchas de los 12 discos de Keith Jarrett que llevan título de la ciudad donde fueron grabados (el primero: Köln, Concert, de 1975) reconocemos ya la naturaleza de esas sesiones: los primeros de ellos con recurrencias a melodías que parecieran reconocibles pero todos, en realidad, teñidos de insinuación.

Desde el Concierto en Colonia hasta Tokyo ‘96 y el hermoso A Multitud of Angels, de ese mismo año, 1996, podemos reconocer un primer bloque donde el concepto de improvisación recupera su estructura poética, su condición de poesía, su naturaleza límbica (la parte emocional del cerebro: las regiones reptilianas del vermis) y al mismo tiempo recobran sus cimientes más profundas, los elementos más antiguos que hacen música y poesía una unidad.

Luego de un periodo de dos años y medio de silencio, debido a una rara enfermedad (mismo lapso de ausencia que hoy se repitió), Keith Jarrett regresó a la vida con uno de sus discos más hermosos: The Melody at Night With You, en 1998, y a partir de entonces sus conciertos con nombres de las ciudades donde los grabó mantienen una estructura semejante. A saber: un carácter hímnico que tiene su lógica en las prácticas rituales de la antigua Grecia; por lo general, sus conciertos para piano solo, como es el caso del que hoy nos ocupa, tienen un episodio introductorio de elevada complejidad, donde no sabemos el decurso que seguirá; un siguiente episodio rapsódico, para dar paso a lo más hondo: un sistema basado en un ostinato hipnótico que nos conduce a un estado de trance, para el siguiente capítulo: un éxtasis orgiástico y más adelante un motivo rítmico de blues, con una columna vertebral, un denominador común: una sensación de never ending asombrosa.

Cuando Michael Ullman preguntó a Keith Jarrett cuál es su secreto para poder brindar esa sensación de improvisar música que parece que nunca terminará, el pianista respondió: Nunca menciones el objeto, el sujeto, el tema, la melodía, sólo sugiérela, porque ese elemento siempre será superior a lo que seas capaz de tocar algún día.

El arte del atisbo, la prueba, el asomo, el dominio de lo apenas insinuado, es un elemento presente en toda la historia del arte. Keith Jarrett ha aprendido de todos los grandes maestros de la pintura. Sabe iluminar como lo hace Rembrandt. Sabe asombrar como lo hace El Bosco. Conoce los caminos del asombro, y para asombrar, le basta con apenas sugerir un tema, no mostrarlo de cuerpo entero, sino presentarlo solamente desnudo, lo cual no es oxímoron ni paradoja ni aporía, es sencillamente magia.

Así se lo explicó Keith Jarrett a su amigo el periodista y dramaturgo suizo Peter Rüendi: Lo que sucede es sencillamente increíble y en eso no intervengo para nada; lo único que tengo que hacer es pensar en qué es lo que no quiero hacer, y de esa manera mantengo mi mente bajo control, pero lo que no controlo es mi música: dejo a la música salir por sí misma y yo solamente me pongo a abrirle puertas, a facilitarle el camino. Eso para mí es un descubrimiento relativamente nuevo.

En eso consiste la segunda etapa que mencioné de los conciertos a piano solo de Keith Jarrett publicados en disco con el nombre de la ciudad en turno: un dominio casi absoluto de sus herramientas debido a la plena conciencia de sus prácticas, a su capacidad de aquietar la mente, dejarla en limpio y sentarse frente a un piano, una forma muy peculiar de entrenamiento que podemos explicarnos mediante varias señales: las palmas de las manos de Keith Jarrett juntas, a la altura de su corazón, al final de esos conciertos y su conocimiento de la práctica budista compartida con su compañero durante décadas, el bajista Gary Peacock, que aplicó los efectos de aquietar la mente, es decir, la disciplina de la meditación, al resultado sonoro.

La maquinaria poética de Keith Jarrett tiene otros fundamentos claros, que son notorios en su nuevo disco, Budapest Concert: su clara filiación a la música clásica, en particular los esquemas de las sonatas de Chopin pero mucho las atmósferas estilísticas de Rachmaninov y, he aquí el meollo: la lógica implacable de la música de Bach.

El propio Keith Jarrett lo reiteró hace unos días cuando rompió el silencio: Johann Sebastian Bach es la presencia cotidiana de su vida; no hay día, salvo los dos periodos de pausa debido a sus crisis de salud, en que no se siente al piano a conversar con Bach.

No solamente ha quedado en evidencia esa filiación con sus dos grabaciones de la obra cumbre de Occidente: El clave bien yemperado, y las Variaciones Goldberg. Si observamos, si ponemos la mente en vacío y escuchamos con paz interior a Keith Jarrett, notaremos que su música fluye de manera semejante a un arroyo (bach significa arroyo, en alemán), crece como lo hace una flor, se mece igual que las hojas de los árboles; es decir: sigue la lógica de la Naturaleza y ese es el secreto de la música de Johann Sebastian Bach, y ese es el camino que ha seguido toda su vida Keith Jarrett, quien escribió en las notas al programa del primer disco que lleva el título de la ciudad de München, en 1981: Aprendí el lenguaje del piano al mismo tiempo que aprendí a hablar y por eso sé que el lenguaje del teclado es el más completo, sutil, es la manera más vital de hablar, es mejor aún que las palabras.

Y eso, exactamente eso, lo sabían los antiguos griegos cuando nombraban música y se estaban refiriendo a la poesía y decían poesía y sabían que estaban diciendo la palabra música.

Y eso, precisamente eso, es lo que nos está diciendo Keith Jarrett, mientras sonríe convaleciente en casa, con su decisión de publicar un disco que contiene música que grabó hace cuatro años: Budapest Concert: es lo mejor que he grabado en discos.

Por una razón sencilla: esa noche de julio de 2016 es la condensación de muchas noches y sus amaneceres, el resumen de muchos pensamientos a lo largo de su vida, el resultado de sus cavilaciones durante años, la respuesta a todas sus interrogantes: la convicción de que música y poesía son lo mismo.

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