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El estante de lo insólito

Sergio Galindo. Los magistrales asomos al abismo

“¿Quedaría el recuerdo de esas horas demasiado breves, plenas de dicha y descubrimientos… contactos… sonrisas… pensar lo mismo al mismo tiempo y poder reír de las mismas cosas? ¿O desaparecería como desaparece el hormigueo de la piel una vez acostumbrada a las caricias?”
Sergio Galindo. El Bordo.

E

n las humedades de la altura montañosa xalapeña nació Sergio Galindo el 2 de septiembre de 1926. Estudió letras en la Ciudad de México y en París, antes de publicar su primera obra literaria a los 25 años, un volumen de cuentos titulado La máquina vacía. Declaró haber pasado hambre en las calles francesas, pero se bebió todo, la literatura, la bohemia, los museos, el arte. Su obra más que extensa es concisa, con nueve novelas y cuatro libros de cuentos. Exploró la sociedad (ciudad, pueblo, calle o aldea, casi como una misma demarcación ideológica) y su tensión, con los arquetipos gastados, su inmovilismo, con los seres que ven su interior para convertirse en personajes de la calle, del amor, al límite de una destrucción periférica, en el límite de todo. Está lo terreno, pero también lo místico. Su trabajo tuvo reconocimiento crítico, muchos lectores, y su labor como impulsor de la cultura le ganó otra clase de respeto.

Aquella provincia

El autor tenía el instinto cosmopolita de quien estaba preparado para un mundo amplio, que sabía de las noticias y de las corrientes, que estaba al tanto de la literatura moderna y las vanguardias pero, mientras la mayoría de la literatura era rural y el cine nacional se negaba a abandonar las haciendas con rancheros justicieros, el canto de serenata y las cabalgatas revolucionarias, Galindo se permitió ser urbano y dinámico en la ciudad de provincia, donde también pasaba lo que estrujaba a la capital del país o a cualquier otra del mundo. Para Sergio Pitol (Ensayo preliminar a Polvos de arroz; Universidad Veracruzana, 2009): “Uno de los grandes retos de Sergio Galindo fue recrear, a contracorriente, la novela de la ciudad del interior, la capital provinciana y su ritmo de vida, su propio uso del tiempo, su pulsión, sus atributos (…) El mundo que recrea está observado por el ojo de un narrador moderno y para nada complaciente, de un testigo a menudo implacable”.

En Polvos de arroz, la vida entrando en el ocaso de Camerina Rabasa, es lo perdido, lo añorado, las posibilidades que se escaparon mientras surge otra ilusión en los pasajes del absurdo para conocer un posible amor joven cuando el cuerpo está hastiado de sí mismo. Ella es resumen de carne marchita, de falta de atrevimiento para ser cuando pudo, exaltada tardíamente en el viejo maquillaje (los polvos de arroz). El autor escribe: Es complicado iniciar la reconstrucción de uno mismo y regresar con otros ojos a una vida vivida hace mucho tiempo, con objeto de apresar su significado, y saber: ¿por qué existe uno? ¿Por qué? En ocasiones, en una de esas hermosas tardes (especialmente las de otoño), sin más ruido que el del agua que cae en la fuente y el de sus propias pisadas, lentas, apagadas por las pantuflas, había podido saber o cuando menos imaginado qué era ella, qué eran todas las cosas y la vida.

La editorial y la promoción cultural

Aliado de dos figuras fundamentales de la vida cultural como Gonzalo Aguirre Beltrán y Fernando Salmerón, Sergio Galindo fundó la Editorial de la Universidad Veracruzana, uno de los recintos más importantes para la traducción de importantes autores poco conocidos en el país, además de impulsar a escritores de gran calidad y lanzar a noveles creadores. Todas las artes y todas las voces pudieron encontrar plataforma en la editorial, lo que extendería en el mismo 1957 a un brazo formidable de aliento cultural: la revista La Palabra y El Hombre, uno de los momentos cumbre de las publicaciones culturales en el país, ganadora de numerosos premios y vigente hasta a la fecha. Por la revista y la editorial pasaron, además del propio Galindo, gente que se volvería fundamental, como Emilio Carballido, Eraclio Zepeda, Luis Arturo Ramos, Luisa Josefina Hernández, Juan Vicente Melo, Rosario Castellanos, Álvaro Mutis, María Zambrano y muchos otros. La edición llegó a tener distribución internacional.

El cine de sus letras

El cineasta Roberto Gavaldón adaptó en 1975 el relato (editado como novela corta) de Sergio Galingo El hombre de los hongos, la historia de un niño mulato que es adoptado por una familia de hacienda, con un dramático desarrollo de historia, marcando los extremos de la división social. Mientras se ve un salón principal colmado de excesos y desplantes, con jabalíes presentados como trofeos, un hombre muere por el consumo de hongos venenosos, cosa que nadie lamenta salvo por un platillo que no puede servirse. Ésa es la indigna asignación que un trabajador tiene cada tanto: ser el hombre de los hongos. Intentos de asesinato, erotismos prosaicos y consumos alucinógenos componen una urdimbre dramática que se hace tensa, peligrosa y hasta fantasmal, con los grandes desplazamientos de cámara y el eficaz manejo de actores que caracterizaron siempre a Roberto Gavaldón, amparado en el ingenio de Galindo, quien capturó como pocos la nervadeura emocional de la gente. Como señala José Homero (ensayo La busca de la felicidad): “(…) como todo artista lee en el gran texto del mundo la presencia de una opresión ante la que nos propone una imagen de trascendencia…”

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Foto Ilustración Manjarrez / @Flores Manjarrez

Otilia Rauda

Para la mayoría de críticos y escritores, Galindo tiene estructura precisa y fuerza estilística en los relatos de Dos Ángeles o en la novela La justicia de enero; con tope de excelencia en sus novelas magnas El Bordo y Nudo, pero la obra maestra es una y se llama Otilia Rauda. El coro analítico ve en Otilia a uno de los máximos personajes femeninos de nuestras letras. Una mujer inteligente, sensual, con el humor, el arrojo, por encima de un rostro de marcada fealdad que no evita las desaprobaciones de su miserable padre, sólo preocupado por casarla bien, acordando su futuro, intimidado cobardemente por la fuerza de Otilia y el inmoral deseo que provoca, porque con un cuerpo así su honra seguía en peligro.

A la novela la cruzan tempestades políticas, las dudas del complejo, enamorado y de poco entender de Melquiades, los temores pueblerinos, las revueltas armadas, la acechanza del deseo, el amor, el destino trágico, un Rubén Lazcano forajido de muchos tonos, el escándalo de la desnudez pública, el comportamiento pusilánime del comprado marido Isidro Peña, mujeres duras y leales que saben lo que quieren como Chenda López y Rosenda. Otilia Rauda es capaz de enfrentar la crudeza patriarcal de la provincia agreste. Piensa pronto, actúa rápido y reflexiona con profundidad, no como una pausa, sino como un reflejo de permanente supervivencia. No sabemos qué queremos cuando la soledad ha sido nuestra sombra.

A propósito de la novela, dice Nedda G. De Anhalt (ponencia Leer a Sergio Galindo, recogido en La Palabra y El Hombre): Sergio Galindo adoró esta gloriosa cornucopia de pasiones humanas. Y esos momentos destructivos, exaltantes, en que sus personajes van en contra de los cánones establecidos, constituyen el eco maravilloso que se extiende a lo largo de toda su obra y lo identifica con el arte del gran escritor. El territorio de Galindo, el que mejor exploró, fue la prosa poética de la vida. Si bien varios de sus libros tienen estructura que puede considerarse cinematográfica, sólo la citada cinta de Gavaldón además de Otilia Rauda, dirigida por Dana Rotberg en 2001, alcanzaron la pantalla.

La permanencia de la niebla

La estupenda obra de Sergio Galindo le dio los premios Mazatlán, Xavier Villaurrutia, Mariano Azuela, José Fuentes Mares o el Bellas Artes de Literatura, además de galardones de orden internacional del Imperio Británico, Polonia y Yugoslavia. Tuvo diferentes cargos institucionales y fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, pero tiene su peso más importante en la permanencia de sus libros. Su nombre es sello del Premio Latinoamericano de Primera Novela que otorga la Universidad Veracruzana.

El autor había dejado de fumar, del mismo modo que había dejado el alcohol, parte de una experiencia que no tuvo los traumatismos que le otorgó a la ficción de su novela Declive. Pero apartar el tabaco no impidió el desarrollo de un enfisema que le costó la vida a los 66 años. Sergio Galindo se quedó como en el desbordamiento de la noche carnestolenda de su novela La Comparsa, donde hay fiesta imperturbable de los sentidos en la corriente de una noche donde también acecha la muerte, la de ciertos anhelos que se la creen mientras los músicos expulsan sus notas en la avalancha de las risas que no quieren contralarse. Es el carnaval y están todos. Se juntan, se pierden, pero no lo notan. En la noche les alcanza la montaña, esa niebla xalapeña de siempre, pero la fiesta seguirá, como quedará la obra: “La niebla que torna el rostro más feo en promesa. La gente corre, chapotea en un lodo de confeti y sueños inalcanzables. La niebla a veces se desvanece, los regresa a sí mismos y cuando parece ida está de nuevo y de nuevo empieza el juego. Los niños son los más próximos a la realidad del misterio…”