Opinión
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La derrota cultural
C

arlos Monsiváis definió a la derecha mexicana como aquellos que no están en contra de las libertades sino de su ejercicio. En estos días, en el centro de la Ciudad de México, bajo las siglas Frena, los oímos a veces gritar contra el comunismo y la dictadura, y las más, hincarse para rezar. Son noticiosos en la medida en que carecen de peso político, y parecen tan ajenos al proceso democrático porque cargan en sus hombros con una derrota cultural. Ésta tiene un tronco común.

En 1964, el ex presidente Miguel Alemán funda el Frente Cívico Mexicano de Afirmación Revolucionaria para oponerse al Movimiento de Liberación Nacional, de Lázaro Cárdenas. Trata de darle contenido a la consigna de la derecha: Catolicismo sí, comunismo no, inventada por el padre Pedro Velázquez en abril de 1961. Junto con los empresarios de Puebla, Monterrey y el Distrito Federal, el Partido Acción Nacional y lo que queda de los cristeros, la Unión Nacional Sinarquista, la idea es nombrar como comunismo a los libros de texto gratuitos que reparte la SEP en las escuelas, y ejercer un veto sobre el lenguaje, los usos del cuerpo, las imágenes en el cine y la televisión. Se le suman otros grupos, como la Legión Mexicana de la Decencia, de Gómez Mont y Núñez Prida, y empresas como la Coca-cola. El Frente de Alemán acabará por ser el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios y sus bases alimentarán la idea de que ser católico es la única forma de ser mexicano, que la única libertad es la de las empresas, y que los demás deben hablar, vestir, mirar y ayuntarse como ellos dicen. Pierden las batallas cotidianas contra la secularización, la apertura de los gustos y, al final, contra la democracia como igualdad. Pero ganan en la representación de las élites a las que aspiran: egresadas de universidades privadas y convencidas de que ninguno de sus privilegios y prejuicios podría, ya no ser disputado, sino siquiera enunciado. Han perdido –de Tongolele a El Crimen del padre Amaro– la disputa cultural por lo que debe verse masivamente y se enfilan a la derrota de la modernidad corporal, la de la autodeterminación.

El maná fantasmal de las tiendas de campaña en el Zócalo de hoy agrupa distintas derrotas. Desde los que no sólo no reconocen el triunfo electoral de AMLO en 2018, sino ni siquiera los acuerdos de 1929 entre Portes Gil y el papa Pío XI que terminó con la guerra cristera; los que declaran a Hacienda sólo sus bienes ultraterrenos; los que piensan que la extinción de dominio de las propiedades del crimen organizado implica que les quiten la recámara que siempre quisieron construir; los que aseguran que los programas sociales a favor de jubilados, jóvenes pobres, jefas de familia, pescadores, campesinos, se les quitan a los niños con cáncer; hasta lo más nuevo: los que piensan que los gobernantes son empleados y no representantes. Esta es una nueva derrota por desplegarse. Al no comprender la representación política como la entrega de una soberanía, creen que los gobiernan sus empleados. De ahí, el letrero de la manifestación vehicular de Frena en la ventana de un Cruze Chevrolet (11 de junio): Quiero un lugar donde las sirvientas no sean mi autoridad. De ahí, también, la fantasía de que el Presidente se vaya, no por medio de un plebiscito o elección federal, sino despedido.

Las confusiones entre ser el patrón de una empresa y la legitimidad política de un gobernante han aflorado también en la élite del contratismo intelectual. Los promotores de un desplegado en favor de la libertad de expresión parten de una idea muchas veces repetida en la larga derrota cultural de las derechas: la censura. En este caso, la exigencia airada de que el Presidente no tenga libertad de criticar a los dueños de los medios. Hay una confusión entre libertad de expresión y libertad de prensa casi tan nebulosa como la labor de los reporteros y la decisión de sus patrones de imprimir medias verdades o noticias sin confirmación. Derivado de una sanción a una empresa de comunicación por falsificar el pago patronal del fondo para la vivienda de sus empleados, el desplegado asegura que la réplica del Presidente a las noticias falsas, al negocio con recursos públicos de algunos medios afines al antiguo régimen, rebaja la tribuna presidencial.

La palabra sagrada y la investidura del gobernante son herencias monárquicas. El rey tenía dos cuerpos: el de su función delegada por Dios y el de su persona física. Su lejanía era una estrategia de su dominio. La palabra sagrada del rey se devaluaba si era constante o demasiado cercana al lenguaje plebeyo. La transparencia liquida la trascendencia, escribió Régis Debray, pero con la apertura diaria al cuestionamiento de los reporteros y a la réplica, lo que sucedió es que los dueños de los medios reivindican para ellos lo que antes fue del rey: la sacralidad de sus dichos, aunque sean falsos, como imantados con la invocación a una libertad de expresión que incluye la obligación de que los demás les demos la razón. La palabra no debe ser una mercancía o sólo propiedad de alguien que tiene el dinero para reproducirla, sino un bien público en disputa. De ahí que, al que se vaya de los que creen que los gobernantes son sus empleados, le sigue el que se calle de los que creen que el lenguaje les pertenece. Los conflictos que la derecha hoy llama polarización nunca se han resuelto eliminando a una de las partes.

* Escritor y periodista