Opinión
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Caída (sin auge) de La Transición
H

ubo un país sin conflictos cuyas elecciones limpias procesaban demandas satisfactoriamente. Después de un tiempo en que se alternaron distintos partidos en la Presidencia y los estados, se dieron cuenta que podían gobernar como uno sólo y borrar sus diferencias. Ya no existen la izquierda y la derecha, sino sólo lo abierto y no regulado, se dijeron, complacidos. Gobernar en el final de la Historia era sólo administrar una idea de futuro que es este mismo presente, nada más que mejorado. A los millones de excluidos que no eran parte de ese país se les recomendó paciencia transgeneracional y, cuando los veían muy desesperados, se les amonestó por no esforzarse suficiente y querer todo gratis. Lo que importaba no era la inexistencia del futuro para la mayoría, sino un presente en el que no estabas echándole suficientes ganitas. Así se vivió La Transición: varios partidos, poderes de la República, institutos autónomos, y una sola eternidad. Esta retórica de La Transición fue sepultada en estos días por la acción de la Fiscalía General de la República: los partidos desviaron millones del erario para comprar votos y publicidad, los diputados y senadores fueron sobornados para votar a favor de las reformas que privatizaron la energía y la educación, el Instituto y la Fiscalía Electoral nunca notaron que se rebasaban los topes de campaña, la Auditoría Superior jamás conectó la entrega de contratos públicos con los sobornos privados. Los gobernaba festivamente una élite que no discutía por ideas sino por sobornos y, así, la expresión política de La Transición no fue, como nos decían sus biógrafos, ni democrática ni liberal. Apareció un país de excluidos cuyas demandas no entraban dentro del pluralismo porque insistían en ser, ya no satisfechas, sino siquiera enunciadas.

Develado el retrato monstruoso, Dorian Gray acaba por matar al pintor para no reconocer que sus deformidades son resultado, no del cuadro, sino de sus propias conductas. Esto mismo sucede con los que ven en la 4T la simple acumulación de poder en el presidente López Obrador, sin rememorar el dolor y la sangre, la humillación y la impunidad que la precedieron. No admiten la mayoría de 30 millones de votos que obtuvo porque logró unificar en dos formas de nombrar al país excluido –la corrupción y primero los pobres– con una cadena de demandas y agravios entre clases sociales y geografías nacionales. Menos se atreverían a asumir que la identificación política que se operó en México en 2018 fue entre aquellos que votamos por AMLO y no primariamente con él. Su crítica se concentra en no perder detalle de lo que dice, hace, cómo se viste, habla, y bolea sus zapatos. Son presidencialistas al estilo del antiguo régimen. Pero hay algo más: al centrar todo en la persona electa, desdeñan y denigran a los 30 millones a los que, como hacían los conservadores del siglo XIX, se les considera manipulados, engañados. En varios ensayos, el filósofo Ernesto Laclau hilvanó la historia de esta humillación a la irrupción colectiva desde la Revolución Francesa hasta hoy: asegurar que el individuo se rebaja cuando pertenece a un grupo político (no así a un público o a una corporación); pensar que el líder es un hipnotizador, que las masas son patológicas, se comportan como mujeres o alcohólicos, son sugestionables, son víctimas de sus emociones; el individuo es racional, lo colectivo es irracional. Como si los 30 millones nos hubiéramos equivocado, los todavía pasmados por los resultados electorales, los programas sociales y la lucha contra la corrupción y la riqueza ilegítima, nos llaman a restaurar la pluralidad con los mismos partidos que compraron y vendieron sus votos y entraron en componendas para el saqueo nacional.

La 4T no es una ideología sino la irrupción de lo político en los lazos sociales. Los que vivieron en el país eternamente reconciliado le llaman polarización a los conflictos que nunca fueron siquiera nombrados durante La Transición. La élite habitó un lugar en que la política no era necesaria porque casi todo se resolvía con maletines de dinero. Pero el resto encontró en la politización la forma de encadenar sus exclusiones no reconocidas en torno al nombre de un mundo flotante llamado justicia. Estos millones de ciudadanos crearon a AMLO, desde la defensa contra el desafuero como jefe de Gobierno de la ciudad hasta la llegada a la Presidencia, cuando se votó masivamente, aunque se anticipaba un fraude. Se constituyen en esa serie de actos como la plebe se convertía en pueblo entre los romanos, excluyendo del pueblo a todos aquellos responsables de la situación de despojo e injusticia.

La flotante idea de justicia condensa buena parte de la cadena de exclusiones y demandas acumuladas durante casi un siglo. Se inscribe políticamente –como escribe Laclau del movimiento cartista de Inglaterra (1836-48)– no en situar los males de la sociedad como algo inherente al sistema económico, sino, al contrario, en el abuso de poder de los grupos parasitarios y especulativos que detentaban el control del poder político: la vieja corrupción. La distinción no era principalmente entre las clases dirigentes y las clases explotadas en un sentido económico, sino más bien entre los beneficiarios y las víctimas de la corrupción y el monopolio del poder político. Y esa es la frontera entre la difunta Transición y el México ausente.

*Escritor y periodista