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Morir de pie
U

na memoria obstinada. Desde hace dos semanas se puede disfrutar en la plataforma FilminLatino la curaduría especial Nuestro Cine MX, propuesta por un colectivo de cineastas mexicanos independientes a partir de cintas producidas con apoyo del Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (Foprocine), del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine). La idea es interesante y muy oportuna en este periodo de confinamiento sanitario en casa. No sólo permite ver en copias digitalizadas algunos títulos nacionales recientes que tuvieron la suerte de ser proyectadas en pantalla grande –donde el cine siempre se ve mejor– antes, pero desafortunadamente durante temporadas en ocasiones muy cortas –una o dos semanas– y sin mayor promoción publicitaria. Las plataformas digitales cumplen hoy la función de recuperar y dar vida nueva a esas producciones difundiéndolas de manera gratuita, y de ese modo preservar, con obstinación, toda la memoria de nuestras historias fílmicas. Y aun cuando se les deba disfrutar en una pantalla chica (un placer mitigado, es cierto), siempre será una conquista de los realizadores y sus públicos tener el acceso libre y permanente a ese cine mexicano que sólo llegaba a cuentagotas a lo que hasta hace poco fuera nuestra cartelera comercial.

Nuestro Cine MX ha presentado ya este mes, a razón de dos títulos por semana, cintas como La ley de Herodes (Luis Estrada, 1999) o Flor en otomí (2012), y esta semana Carmín tropical (2014), de Rigoberto Perezcano y Morir de pie (2011), de Jacaranda Correa. La curaduría ha elegido cineastas con apego a una estricta paridad de género. Una particularidad en la selección de títulos para este mes del orgullo gay, ha sido enfatizar el tema de la diversidad sexual. Al respecto, Morir de pie, primer largometraje de la realizadora y ex conductora de televisión Jacaranda Correa, es una incursión arriesgada, resuelta con destreza, en el mundo interior de la activista mexicana trans Irina Layevska Echeverría Gaytán y en las durísimas circunstancias que han hecho de su vida una sucesión de desventuras cercanas por momentos a un desenlace trágico. Durante los primeros 20 minutos de este breve documental, el espectador descubre, mediante un material de archivo (fotografías y videos caseros), la primera fase existencial de Irina como un joven militante comunista (con padres de ortodoxia estalinista), que desde una edad muy temprana se ve aquejado por una misteriosa enfermedad degenerativa que va minando su masa muscular, volviendo más frecuentes convulsiones y neuropatías, hasta reducirlo a una silla de ruedas con la amenaza continua, espada de Damocles, de una ceguera total.

Al explorar aquel pasado masculino de la mujer trans (ese extraño que aún veo en el espejo, precisa una Irina ya madura), el documental revela no sólo el perfil del aguerrido militante de las izquierdas de finales de los años 60, sino de modo más elocuente evoca el retrato colectivo de una generación de simpatizantes de la Revolución Cubana que tiempo después padecieron un naufragio ideológico y afectivo con el derrumbe de la Unión Soviética y de los ideales del llamado socialismo real. El joven comunista de la cinta había pasado buena parte de su infancia y juventud en Rumania y la URSS, hasta llegar a Cuba, donde contrajo matrimonio revolucionario con Nélida Reyes, quien será su compañera y soporte emocional durante los peores momentos de su enfermedad crónica.

En la segunda parte de Morir de pie, el luchador social que llevó el ánimo partidario hasta el punto de adoptar barba, atuendo y apariencia de su ídolo Ché Guevara, súbitamente aparece como la Irina Layevska que exitosamente realiza su transición de género para cumplir un recóndito anhelo, explorar luego su sensibilidad femenina y compartir la experiencia con una Nélida, al principio azorada, y finalmente cómplice irrenunciable (Era más salvador sentir coraje que sentir tristeza, confiesa la esposa). Al término de su transición de género, Irina decide incluso cambiar el color de su cabello, teñirse de rubia, pues el pelo oscuro me recuerda a un niño que no quiero recordar. El personaje es complejo y transita desde el rencor y la amargura al evocar el círculo familiar hostil de su niñez, hasta la militancia renovada que hoy lo llena de combatividad y orgullo al lado de Nélida. A punto de naufragar en la autoconmiseración y en el suicidio, Irina recobra una fuerza insospechada, en el estilo de los personajes con capacidades diferentes de Potentiae (2017), el estupendo documental de Javier Toscano. Irina Layevska, militante trans, emblemática y valerosa. Según el crítico de cine Jorge Ayala Blanco, ella es un personaje para reinventar la política de diversidad y ponerla a prueba en la vida cotidiana.

Disponible gratuitamente esta semana en FilminLatino.

Twitter: @CarlosBonfil1