20 de junio de 2020 Número 153 Suplemento Informativo de La Jornada Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payán Velver
MÁS SOBRE LA PANDEMIA
Asamblea universitaria.

Movilización y cuarentena: crónica de una estudiante mexicana en California

Camila González Paz Paredes

Por la ventana del estudio donde vivo, un cajón en un sexto piso, apenas llega el ruido de las avenidas-carreteras que atraviesan La Jolla, al norte de San Diego, y entre las arboledas sólo veo los techos de hospitales de la Universidad de California. Está todo tan quieto que es difícil creer que a unos 15 o 20 minutos de aquí cientos de manifestantes se enfrentan a la policía y quizá pronto al ejército, como en otras ciudades estadounidenses; que en esos edificios aquí enfrente siguen luchando contra un virus que ha cobrado ya más de 100,000 vidas; que hace apenas un par de meses yo marchaba y gritaba consignas en un campus que hervía de asambleas estudiantiles y protestas como prácticamente todos los de esta universidad. Y no dejo de pensar en esta extraña paradoja de la quietud de mi encierro, donde no pasa nada, y la vorágine de fuego y cuerpos y golpes que nos tiene a todos intranquilos, repentinamente vueltos a la realidad de un mundo que nunca dejó de moverse. ¿Y cómo estarse quietos entonces?

A los estudiantes de UC, la pandemia vino a imponernos una inmovilidad de espera y aislamiento cuando estábamos más entrados en la acción colectiva. Unos dirán que es por nuestro privilegio. Sí, pero no. A principios de marzo, unos días antes de que se declarara la emergencia por COVID-19, y tras semanas de asambleas y votación, un frente de estudiantes de posgrado de UC San Diego acordó sumarse a las huelgas ya empezadas en otros planteles demandando un alza de salarios correspondiente al costo de vida, denominado COLA (Cost Of Living Adjustment). ¿Salarios? Es que aquí el financiamiento para estudiar un posgrado consiste en que durante algunos años tenemos cubierta la colegiatura y recibimos una beca de manutención nueve meses al año, lo que dura el ciclo académico, con la condición de que trabajemos en la universidad, sobre todo dando clases de licenciatura. Es decir que somos trabajadores universitarios con un salario y solo así podemos estudiar – salvo que consigamos otras becas. De ese salario casi la mitad se nos va en pagar renta. Los estudiantes-trabajadores con hijos, emergencias médicas o gastos especiales están en una situación más precaria – conocí a algunos que duermen en sus coches. Vivir en las residencias estudiantiles de la universidad no hace gran diferencia. La Jolla es una zona cara, llena de cerradas para white people con dinero, de modo que la universidad considera que los departamentos que ofrece son “baratos”. Yo, que vivo en uno – un estudio donde el fregadero de la cocina está a lado de mi almohada – pago de renta un 40% del salario por dar clases. Además, salvo excepciones, tenemos derecho a vivir en la universidad por máximo dos años.

Pero el detonante de las protestas y la huelga fue que en la hermana UC Santa Cruz, donde la renta es impagable porque Sillicon Valley está cerquita, las autoridades universitarias se negaron a dialogar con los estudiantes que pedían salarios justos, y a principios de marzo despidieron a 82 de ellos, poniendo en jaque sus posibilidades de continuar el posgrado y, para los estudiantes internacionales, de permanecer en el país – súmese que hubo violencia policiaca y arrestos en el campus. Así que otros planteles se levantaron.

Pero UC San Diego no es la UNAM. Vamos, no tiene gran cultura de rebeldía universitaria. Todo es institucional y jerárquico, pulcro, regulado. El campus fue diseñado en los años sesenta para dificultar una movilización estudiantil: los espacios son de tránsito, no de congregación. Aquí se pide permiso para marchar, para poner carteles en espacios designados, para usar megáfono. De modo que el ruido, el caos, la energía rebelde de las protestas de febrero y marzo sacudió y despertó a la comunidad. Los alumnos de licenciatura se nos unieron y los profesores nos apoyaron. Yo y mis compañeros teníamos un montón de carteles listos para cubrir las paredes del campus – sin pedir permiso – el día que iniciara la huelga, pasado el fin de semana. Y entonces llegó el anuncio: se suspenden las clases, se cierra todo. Hay pandemia.

La rueda sigue girando.

No faltaron teorías de la conspiración. Sin duda, la emergencia convino a las autoridades porque anuló la parte activa de la huelga y la toma del campo de batalla: el plantel. Quedó únicamente la acción más instrumental pero más hueca: retener las calificaciones de nuestros alumnos de licenciatura, el producto de nuestro trabajo que interesa a la universidad porque con eso hace dinero –aquí público no significa gratuito, esta universidad es un negocio. Además, con el virus en el tablero y nuevas incertidumbres, muchos huelguistas decidieron entregar calificaciones, por su tranquilidad y la de sus alumnos. Pero el COVID también golpeó a las autoridades universitarias, que finalmente son responsables de la comunidad y que tienen la urgencia de que los jóvenes se sigan inscribiendo y pagando colegiatura. El resultado fue un punto muerto que unos han celebrado y otros escupido: a cambio de las calificaciones que faltaban, es decir de levantar por completo la huelga, la universidad seguiría dando trabajo (¡y seguro médico!) a los estudiantes sin tomar represalias – UC Santa Cruz no recontrató a los huelguistas, pero extendió su seguro médico. La lucha por salarios justos seguiría por la vía institucional: el sindicato de estudiantes-trabajadores votaría una acusación formal a UC por “Prácticas Laborales Injustas” (Unfair Labor Practices) para tener una huelga “legal”, es decir, con protección institucional – porque los contratos sindicales incluyen una cláusula que prohíbe llamar a huelga.

Se siguieron haciendo reuniones virtuales, hubo acaloradas discusiones por correo, se organizaron fondos de apoyo. Pero todos sabemos lo difícil que es mantener el ímpetu por videollamada. Y así pasamos de la intensa acción colectiva a la reclusión. La cuarentena nos hizo sentir que la rueda del mundo que hasta hace poco giraba vertiginosa se había atascado en el pantano del COVID. Nos ocuparon angustias más personales. Buscamos a la familia, hablamos solos, trabajamos compulsivamente o no logramos trabajar en lo absoluto. (Mal)aprendimos a usar zoom. Esperamos y esperamos y esperamos.

El enough! de los afroamericanos rompió esa quietud más bien ilusoria en la que estuvimos por dos meses. Comisarías ardiendo en llamas, ciudades tomadas por protestas masivas, Trump listo para enviar al ejército… Hace tres días mi amiga Sarah salió a dar su caminata habitual y acabó en medio del zafarrancho: la policía acababa de disparar balas de goma y gaseado a manifestantes en el centro de San Diego. “¡No vayas sola!” le dije. “Yo no fui, la protesta vino”, contestó. Un evento histórico toca a la puerta de nuestro confinamiento, un suspenso que demanda acción en vez de espera.

Por si faltara prueba de que la rueda está girando, hoy nos enteramos del resultado de la votación sindical que permitiría organizar una huelga por prácticas laborales injustas: diez No contra ocho Sí. El sindicato negó nuestra demanda. Mañana se reunirán los cuadros rebeldes y habrá nuevas asambleas en todos los planteles. Tal vez por videollamada, tal vez a susanadistancia, pero es hora de decidir qué vamos a hacer.

E pur si move. •