20 de junio de 2020 Número 153 Suplemento Informativo de La Jornada Directora General: Carmen Lira Saade Director Fundador: Carlos Payán Velver
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Celso Mendoza, todas las vidas importan. Usado con permiso FiegeFilms.com

Muertes que duelen, vidas que importan

Angela Stuesse [email protected] Profesora asociada de antropología y estudios globales en la Universidad de Carolina del Norte, Chapel Hill

Celso Mendoza pasó las últimas dos décadas de su vida trabajando en la línea de una planta procesadora de pollo en un pueblo rural del sur de EUA. Vivió de manera humilde y fue un hombre honorable; un líder obrero respetado por su comunidad, llamada “Forest”, en el estado de Mississippi. El 2 de mayo de 2020 perdió la vida a consecuencia del COVID-19. Tenía 59 años.

En las pasadas semanas, los trabajadores de la industria avícola y de la carne han hecho sonar cada vez más la alarma, ya que las plantas de procesamiento en todo EUA han experimentado brotes de COVID-19. Y ahora que los trabajadores empiezan a fallecer, activistas y defensores advierten que los que trabajan en esta industria corren un riesgo particularmente alto de contraer esta enfermedad.

Trabajando hombro a hombro en la línea de procesamiento, en medio del ruido constante de la maquinaria, los trabajadores se ven obligados a acercarse uno al otro a cada paso. Pocos tienen acceso al descanso remunerado por enfermedad y muchos no pueden permitirse perder el trabajo cuando se sienten mal. Estas prácticas presentan condiciones ideales para que el coronavirus infecte a un gran número de personas rápidamente. Y muchos, como mi amigo Celso, no sobrevivirán.

Para amplificar las voces que advierten al mundo sobre lo que aún está por venir para los trabajadores de la cadena alimentaria, y en honor a un hombre al que aprecié mucho, quiero compartir una pequeña parte de la historia de Celso Mendoza.

Celso y yo nos conocimos en 2002, poco después de que cada uno llegara a Mississippi. Nuestra amistad era improbable pero fácil. Como estudiante del posgrado investigando las prácticas laborales de esta industria, tenía mucho que aprender de Celso. Había emigrado de Puntilla Aldama, Veracruz, para trabajar en la planta “pollera” por seis dólares la hora. Si bien no era mucho, al compartir una casa con una docena de sus paisanos pudo enviar dinero a México para mantener a su familia allá.

Recuerdo estar sentada en un sofá hundido en la sala de estar de la casa que rentaron. Fue nuestro primer invierno en Mississippi. Abrigados con gorras y guantes, nos reíamos viendo nuestra telenovela favorita, Pedro El Escamoso. Disfrutamos de la oportunidad de relajarnos después de un largo día. El piso se inclinaba hacia una pared, y había un espacio de tres centímetros debajo de la puerta principal. Un pequeño calentador eléctrico trabajaba horas extras en el medio del salón, pero calentaba poco. Las tuberías se habían congelado tres días antes, la calefacción central no se encendía, y los baños estaban fuera de servicio. Este problema no fue pequeño para un hogar de trece hombres que manejaban pollo crudo durante la mayor parte de sus horas de trabajo. Sin embargo, el propietario de la casa rara vez respondía de manera oportuna a sus repetidas solicitudes de mantenimiento.

Esta es la vida de muchos trabajadores inmigrantes en los EUA: ganan mucho menos que un salario justo, pagan mucho más que un precio justo por la vivienda, y difícilmente pueden salir adelante, año tras año. Pero si acaso estas desventajas afectaban el espíritu de Celso, él no dejaba percibir sus decepciones, y siempre luchaba por lo justo.

Cuando el subcontratista que contrataba a trabajadores para la planta de pollos rechazó darles un pequeño aumento que había prometido, reduciendo el pago en un diez por ciento, Celso se mostró indignado. En el lapso de un fin de semana organizó a sus compañeros de trabajo para llevar a cabo un paro laboral. Cuando llegaron a la planta el lunes, decenas de personas se negaron a ingresar a las líneas de procesamiento, exigiendo la restitución de sus sueldos.

Esta acción atrajo la atención del Sindicato de Trabajadores United Food and Commercial Workers, y para finales de año los trabajadores de la planta habían ganado un contrato sindical. Además de garantizar mejores condiciones salariales y laborales, el contrato y sus posteriores renegociaciones gradualmente eliminaron por completo al subcontratista. Como resultado, con el paso del tiempo Celso y muchos otros fueron contratados directamente por la planta pollera, otorgándoles las protecciones sindicales demandadas y una calidad de vida ligeramente mejor.

En los últimos años, Celso vivía solo, en un departamento de un solo cuarto. Aunque yo ya no vivía en Mississippi, lo visité en el 2014 para leerle secciones del manuscrito del libro que yo escribía sobre los trabajadores avícolas de Mississippi, y Celso compartió con ánimo sus comentarios, correcciones, validaciones. Pegada a la pared encontré una foto nuestra que tomamos más de una década antes.

Lo visité nuevamente en 2016 para regalarle una copia del libro, con una dedicatoria. Como siempre, Celso me recibió generosamente a pesar de haber regresado de un largo día de trabajo. Aún recuerdo su sonrisa cuando encontró su nombre en los agradecimientos. Y esta vez, al lado de nuestra foto, colgaba el diploma enmarcado de su hijo Daniel. Como recuerdo del momento, salimos a cenar y sacamos una nueva foto.

Daniel, que también trabaja en una planta de pollos, me habló el día después del fallecimiento de su papá. Cuando había pasado por el departamento de Celso, encontró el libro, algunas cartas mías, y la foto. “Él hubiera querido que supieras,” dijo. Agradeciéndole por comunicarse conmigo, le conté de lo mucho que estimaba a Celso por su amabilidad, su generosidad, su brújula ética y su liderazgo en temas de justicia laboral.

Daniel también me compartió que el hospital donde Celso pasó sus últimos días está lleno de trabajadores avícolas positivos del COVID-19. “Mire a todas estas personas”, había dicho el médico la última vez que la familia visitó a Celso, “todas trabajan en las plantas polleras”.

Pocos días antes de que Celso falleciera, el presidente Trump emitió una orden ejecutiva que obliga a que las plantas de procesamiento de pollo y carne permanecieran abiertas, a pesar del peligro que representan para quienes trabajan en ellas. Esto obstaculizará de manera dramática los esfuerzos de los funcionarios de salud locales y estatales para frenar la propagación de esta enfermedad mortal, que en el último recuento ya ha infectado a más de 10,000 trabajadores avícolas y de carne y ha matado al menos a 45.

Debido a la pandemia, la familia de Celso no pudo despedirlo y conmemorar su vida como hubieran querido. A cambio, han colocado su foto enmarcada y un jarrón de flores en una mesa en su patio, invitando a su comunidad a pasar a presentar sus últimos respetos.

Celso deseaba regresar a México, y su familia está haciendo todo lo posible para recaudar los $8,000 necesarios para enviar su cuerpo a casa. Mientras tanto, la enfermedad renal de Daniel ha empeorado y necesita desesperadamente un trasplante para sobrevivir. Pero él ha decidido hacer lo que considera correcto por su padre, y está dispuesto a gastar el dinero que había ahorrado para su tratamiento médico en la repatriación del cuerpo de Celso.

La vida de Celso Mendoza importó. La vida de Daniel Mendoza importa. La vida de los trabajadores avícolas y de carne importan. Las vidas migrantes importan. Y si valoramos todas las vidas, debemos tomar medidas para proteger todas las vidas, incluidas las de las personas trabajadoras en su mayoría inmigrantes que mantienen en funcionamiento la cadena alimentaria de los Estados Unidos.

Para apoyar a la familia de Celso durante este momento difícil, considere donar para apoyar el trasplante de Daniel al fondo de repatriación de Celso: https://gf.me/u/xz5knt. •

Nota

Este artículo fue publicado en inglés en los periódicos Jackson Clarion-Ledger y USA Today.