Opinión
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Apuntes postsoviéticos

Malas noticias

T

ras décadas de apuntar la Unión Soviética y Estados Unidos sus misiles uno contra el otro, el Kremlin y la Casa Blanca asumieron el sinsentido de seguir la carrera armamentista y de incrementar los arsenales atómicos cuando no puede haber vencedor en una conflagración nuclear, garantizada la aniquilación recíproca.

Antes del colapso soviético, el desarme nuclear adquirió, con Mijail Gorbachov y Ronald Reagan, nuevo impulso como premisa para articular un mundo más seguro gracias a la confianza mutua y, todos capitalistas desde 1991, sin la contraposición de sistemas que servía de pretexto para ordeñar el presupuesto en aras de una victoria imposible.

Casi 30 años más tarde, no se avanza hacia la meta de suprimir el riesgo de una hecatombe nuclear, sino quedan cada vez menos pilares de la nueva arquitectura de seguridad que se creó a base de Tratados de supresión o limitación de armamentos de destrucción masiva y gestos de buena voluntad.

Todo lo pactado a la fecha, y lo que hace falta prorrogar o empezar a negociar, se cuestiona desde Washington, obsesionado Donald Trump con la idea de pasar a la historia con un gran acuerdo, bajo reglas que solo él quiere imponer y que tal vez funcionen en el mercado inmobiliario, pero no en el terreno del desarme nuclear, impensable sin equidad.

Después de anunciar que EU se saldrá del Tratado de Cielos Abiertos, una mala noticia, otra peor es que acaba de aceptar que se inicien negociaciones para ampliar, mientras sólo por uno o dos años, el plazo de vigencia del último acuerdo relevante: el Tratado de reducción de armamento estratégico ofensivo (START, por sus siglas en inglés), que vence el 5 de febrero de 2021.

El problema es que para que esa propuesta se lleve a cabo, Rusia tiene que cumplir varias condiciones: primero, demostrar a EU que necesita extender un Tratado que según Trump en nada beneficia; después, aceptar que se incorpore a las negociaciones China, a pesar de que tiene menos ojivas nucleares y con lo cual Moscú perdería su estatus de único interlocutor de Washington en materia de arsenales nucleares; y por último, renunciar a las armas supersónicas que el presidente Vladimir Putin anunció para garantizar la aniquilación de un virtual atacante nuclear. Para Moscú, huelga decirlo, son condiciones inaceptables.