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No sólo de pan...

De recuperar el antaño

P

ara recuperar, en términos mexicanos, el maíz de antaño, no basta luchar contra los asesinos de los maíces criollos y los diabólicos proyectos de los sembradores de transgénicos; es necesario dar una lucha vasta, de la amplitud del hambre que acosa a la aplastante mayoría del pueblo mexicano, incluidos quienes no padecemos hambre de estómago, sino de paladar; no de capacidad adquisitiva, sino de carencia de alimentos gratos, cuyo recuerdo en el paladar darían el tema para escribir de mil maneras bibliotecas enteras. Se trata de recuperar nuestros alimentos tradicionales, los que desarrollaron nuestros pueblos originarios a través de milenios, con gran sabiduría culinaria (del arte de la cocina) y a la vez sabiduría botánica, medicinal, ecológica y filosófica, entre saberes menores como los sin embargo profundos refraneros que rigen la vida diaria del individuo y las relaciones comunitarias, tejido sustantivo de nuestra sociedad. No, no se trata sólo de una lucha por el maíz, que en sí ya es heroica, llevada a cabo por muchas asociaciones, científicos de ciencia natural y social, agricultores, campesinos y admirables comelones, sino que debe consistir en una lucha sin cuartel, pausas ni descansos estratégicos (siempre inútiles en cuestión de batallas reales), porque bajar la guardia ante los intereses avasalladores del genéticamente injusto capitalismo, vuelto monstruo como neoliberalismo, significa perder siempre el milímetro antes ganado.

La lucha por el mantenimiento saludable del cuerpo y la progresión del saber y la creación intelectual, pasa por una alimentación ya probada durante milenios, de la que son ejemplo los sobrevivientes pueblos originarios (que tantas veces la historia creyó haberlos minado hasta pensarlos desaparecidos), pueblos cuya fuerza física y moral sorprende a quien los conoce y frecuenta hasta que, sin quererlo, obtiene una sincera humildad entre ellos. Pues no hay sustitutos a los productos que inventaron y cuya variedad y sabrosura fueron desarrollando nuestros pueblos originarios, tanto campesinos y campesinas como artesanos y cocineras. No hay sustitutos para los productos de nuestra milpa; quien lo crea, traiciona su historia y vapulea nuestra patria.

Nuestra obligación es exigir sin concesiones que la soberanía, autosuficiencia y mercado alimentario con el exterior, provengan de la milpa compleja (ojo, para quienes aún no lo saben, milpa no es sembradío de maíz, sino cultivo plural de plantas cuya simbiosis protege el suelo, aprovecha el agua sin desperdicio y no arroja desechos contaminantes, un cultivo inventado hace 10 mil años, al menos, por nuestros ancestros. Es hora de convocar a una cruzada, en el amplio sentido de recuperar lo usurpado de las manos que no lo aprecian. Una cruzada por la milpa para recuperar el territorio, usurpado por los monocultivos depredadores y contaminantes. Recuperar la naturaleza y el trabajo pleno de los productores. No a los transgénicos, pero también no a los fertilizantes y plaguicidas químicos. Que el sedicente apoyo al campo no engañe hundiéndonos más en la perdición de nuestra salud y la de nuestro entorno.