Opinión
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...la vida no vale nada
¿P

or qué 15 mil ejecutados en un año en México? 12 mil 300 hombres, mil 331 mujeres (Reforma, 4/2/2019). ¿Cuántos niños?, ¿sólo los LeBarón?

Tragedia humana que nos sacude e incita a pensar en la muerte. Violencia engendra violencia, la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Pero, ¿qué es en realidad lo que orilla a un ser humano a ejercer la máxima violencia sobre un semejante?, ¿cuál sería la diferencia entre la muerte por homicidio y la muerte decretada por una ley?, ¿qué historia previa coloca a un individuo en el lugar del homicida y a otro en el de víctima?, ¿a qué mueve la muerte de un semejante?, ¿qué sabemos de la muerte?

Convendría aquí reflexionar con Levinas el asunto de la muerte. Ésta es separación irremediable, es descomposición, es la no respuesta, la concretización de la ausencia. La experiencia de una muerte que no es la mía se relaciona conmigo en forma de alguien. La muerte de alguien no es, a pesar de lo que parezca a primera vista, una factualidad empírica; no se agota allí, me toca, me traspasa, me trasciende, me inquieta, no puede serme ajena.

La muerte del otro que muere me afecta en mi propia identidad como responsable, identidad no sustancial, no simple coherencia de los diversos actos de identificación, sino formada por la responsabilidad inefable. El hecho de que me vea afectado constituye mi relación con su muerte. Constituye, en mi relación, en mi diferencia hacia alguien que ya no responde, mi culpabilidad: una culpabilidad de superviviente.

Quizá la muerte ejecutada o decretada por una autoridad o por el crimen organizado se remita, en alguna forma, a ese doble juicio fundante (freudiano) en la simultaneidad de la atribución y la inexistencia, en un juego especular enloquecido entre víctima y victimario, entre el reo y la ley, entre la omnipotencia y el desamparo original, entre la alucinación y la realidad, en la búsqueda incesante de alcanzar aquello originario que se perdió, en ese velado juego de desplazamientos de ese objeto primigenio hacia los subrogados en la realidad exterior, aciago y trágico devenir de la existencia en la que transitamos como seres marcados por la contradicción en un escenario de doble fondo, siempre a cuestas con lo fantasmal deslizándonos por los márgenes en la inquietud de ser y no ser.

Infligir la muerte al semejante es matarnos en aquel que nos devolvió algo (o nada) en la mirada. Finalmente, la única certeza pareciera ser que la muerte se esconde donde no tiene dónde.