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¿Y ahora qué le daremos a Donald Trump?
C

omo una de las derivaciones del asesinato de nueve integrantes de la familia LeBarón en el noroeste de México y en su búsqueda desesperada de justicia que no encuentran en México, le solicitaron a Donald Trump que considerara a las organizaciones criminales mexicanas como terroristas. Días después, en una entrevista, Trump dijo que lo haría. Más allá del tecnicismo y de sus implicaciones, sorprende la actitud del gobierno mexicano.

El comentario de Trump se dio en una entrevista sobre varios temas. Ni siquiera era ese el más importante y fue en reacción a la insistencia del entrevistador. No era un tema que Trump trajera en su agenda y no ha habido declaraciones posteriores. El gobierno mexicano sobrerreaccionó y presentó esa respuesta como casi una declaración de invasión e intervención en territorio mexicano.

No es la primera vez que desde la cancillería se sobredimensionan las declaraciones de Trump. El canciller y su equipo hábilmente han encontrado en los excesos verbales del presidente estadunidense un excelente instrumento para ampliar sus espacios dentro del gabinete y para atraer los reflectores que todo político desea. ¿Recuerda usted otro canciller tan popular?

De hecho, Marcelo Ebrard es el único de los funcionarios de Andrés Manuel Lópéz Obrador (AMLO) que logra tener la atención de los medios en temas que él posiciona. Además, no sólo presenta el problema como muy grave para México, sino que aparece ante AMLO –ignorante y lejano de las cuestiones internacionales– como el único capaz de resolverlo.

Así ocurrió cuando Trump amenazó vía Twitter que cerraría la frontera con México e impondría aranceles a las importaciones procedentes de México si este país no hacía más por detener los flujos migratorios de centroamericanos. Al día siguiente había cuatro secretarios de Estado mexicanos en Washington y se suscribió un acuerdo que modificaba sustancialmente la incipiente política migratoria del gobierno que tan torpemente se estaba empezando a instrumentar, transformando a la Guardia Nacional mexicana en la policía migratoria que ni el mismo Trump había soñado.

El canciller mexicano absorbió funciones de otras secretarías y apareció como el héroe que había salvado al país. Todo ello ocurrió con el apoyo, beneplácito y bendición de algunos de los activistas y académicos más críticos hasta antes de AMLO.

Ahora no será tan simple. Dar un giro de 180 grados en la política migratoria para complacer a Trump es mucho más sencillo y menos costoso políticamente, que darlo en la estrategia de seguridad que el propio Presidente ha encabezado. En síntesis, el tema migratorio no le importa a nadie en México y resultó muy fácil que los activistas y académicos que eran críticos se convirtieran en porristas.

Ya se anunció que en los próximos días habrá una reunión de muy alto nivel –más reflectores–. ¿Marcelo Ebrard va ahora a ofrecer y firmar que va a controlar a las organizaciones criminales? ¿Dará un plazo de 45 días para ello? ¿Dirá que México puede solo? ¿Cambiará el gobierno mexicano su estrategia de –abrazos no balazos– y de atender las causas?

El escenario según el cual se modifica la estrategia de combate a estas organizaciones, sin garantizar su éxito, sería un duro revés para el discurso de AMLO en un momento en el que sus fans ya no crecerán y empieza la curva descendente del segundo año de gobierno. Construir ahora una narrativa que diga que va a combatir a esas organizaciones llevaría a AMLO a reconocer que va a hacer lo mismo que sus predecesores y eso es algo que no está en su código genético y lleva más de un año diciendo todos los días que él es diferente y no hará lo mismo.

El discurso que se queda en generalidades y grupos de alto nivel que reconocen el consumo de drogas en Estados Unidos y las armas y dólares que vienen de ese país hacia México y que aquí hay crimen organizado que lleva drogas al vecino del norte, no resuelve absolutamente nada.

El momento era oportuno para detonar una mayor cooperación desde una perspectiva de corresponsabilidad. Por supuesto que el crimen organizado en México es terrorista, pretende apropiarse del territorio, elemento fundamental del Estado, someter a las instituciones. Al negarlo, parece que AMLO los defendiera. Nos espanta en México que agentes de Estados Unidos operen armados en territorio nacional y muy probablemente eso esté mal. Pero a todos los mexicanos nos asusta mucho más que mueran nueve miembros de una familia que no cometió ningún delito.

*Presidente de Mexa Institute

www.mexainstituge.org

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