Opinión
Ver día anteriorDomingo 17 de noviembre de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Si un lector
A

manecí con la frase Si un lector en la punta de la lengua, parecía querer decirme tanto que, sin tener idea de por qué la habría yo pronunciado en un sueño, de inmediato la anoté en mi diario, temerosa de olvidarla, temerosa de perder una frase que, según intuía, estaba cargada de significado.

En la mañana debía tomar un avión de la Ciudad de México a Tijuana, de modo que pensé, agradecida, que en el vuelo contaría con tiempo para indagar, o al menos imaginar, qué sentido podía tener en sí misma, o qué sentido podía yo haber dado al pronunciarla en un sueño.

Sin embargo, debo admitir que, tanto mi facultad de razonamiento como la de imaginación, durante esas horas que pasé entre las nubes, a no sé qué altura de la Tierra, y a no sé qué velocidad, se dedicaron a hibernar, por lo que aterricé con la duda del sentido de mi frase reclamando, incluso con insistencia, la atención prometida. Si un lector, Si un lector, se repetía en silencio en mi interior.

Me calmaba saber que la había anotado, con tinta indeleble, en las páginas de mi incondicional y fiel diario. Y la serie de situaciones que se sucedieron, del momento de mi aterrizaje al momento de mi llegada al Centro Cultural Tijuana, donde presentaría el libro que, precisamente, me encontraba ahí para presentar, se encargaron de entretenerme en su red lo suficiente como para que, por lo menos a lo largo de esas horas de la tarde, no pensara más en la frase Si un lector, huella de algún sueño que, liberado y aligerado de su peso, veloz se fugó para siempre.

No fue sino entrada la noche, horas después de la presentación y, en especial, después de las experiencias que viví en esas circunstancias, cuando, en la habitación del hotel, entre las sábanas y con la cabeza sobre la almohada, en un entresueño particularmente despejado y sensible, se me reveló la reflexión detrás de la frase Si un lector. Y el sentido de la reflexión fue tan irrebatible y contundente que anuló el aire condicional de la frase y lo sustituyó por un modo firme y definitivo.

A mí me bastó con hacer mías sus conclusiones para experimentar una evidente sensación de alivio y aliento. Quedé libre una vez más de la amenazante dubitación de mi paso por la vida y del alcance de mi voz, acompañada aún a distancia.

Sucedió que, al acercarme a la entrada de la sala en la que tendría lugar la presentación de mi libro, una señora enfrente de mí abrió los brazos a la vez que exclamaba mi nombre de niña y me alcanzaba y me abrazaba, y nos abrazamos con tal emoción que a las dos se nos salieron las lágrimas.

Mientras que al verme ella supo que yo era yo, puesto que había atravesado la frontera de San Diego, donde vive, y llegado a Tijuana específicamente para asistir a la presentación de mi libro, si al verme ella no me dice su nombre, yo no la habría podido reconocer, exactamente como sucedería si yo me desplazo a buscarla a ella, y ella, a menos que yo le dijera mi nombre, tampoco podría reconocerme a mí.

Se trataba de Marcela Martínez de Castro, igual que yo, una de la quincena de fundadoras de la primaria del Instituto Asunción de México, que en 1953 empezó con los tres primeros años, en grupos de cinco alumnas cada uno, en nuestro caso a los seis años de edad. Marcela y yo fuimos amigas hasta el último año de primaria, en 1959, cuando a mí me expulsaron del Instituto y tuve que irme a hacer la secundaria a Montreal, Canadá.

De entonces a ahora, Marcela y yo no nos habíamos vuelto a ver, aunque en un momento dado supe que ella tenía un cargo en la Secretaría de Relaciones Exteriores, para cuando, ciertamente, ya no la podía imaginar de dos trenzas negras, pesadas, colgando detrás de cada oreja hacia la cintura, como la recordaba.

Al acabar la presentación, entre otras anécdotas memorables que merecen sus propias líneas, lo más sorprendente para mí fue cuando, ante dos o tres personas, Marcela comentó que ella leía mis artículos de La Jornada, Y no me pierdo uno, pronunció al despedirnos.