Opinión
Ver día anteriorLunes 26 de agosto de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Irán y las divergencias de Occidente
E

n mayo de 2018 el presidente estadunidense, Donald Trump, desconoció el acuerdo que limita el uso iraní de la energía nuclear para fines pacíficos –firmado en julio de 2015, en Viena, por los gobiernos de Estados Unidos, Irán, China, Rusia, Reino Unido, Francia y Alemania, y avalado por la Unión Europea– y adoptó sanciones económicas brutales contra la república islámica.

Esa ruptura generó una inocultable división entre los aliados occidentales, pues significa para las potencias europeas graves desventajas económicas y riesgos estratégicos.

En efecto, tanto para el Reino Unido como para Francia y Alemania, la hostilidad económica hacia Teherán se traduce en pérdidas comerciales, y su proximidad con Medio Oriente hace particularmente indeseable que esa región caiga en una escalada armamentista, que es la única consecuencia previsible del fin del acuerdo mencionado.

Por otra parte, la economía iraní atraviesa por una severa crisis, tras la entrada en vigor de las sanciones impulsadas por Trump, las cuales redujeron las exportaciones petroleras de Irán a sólo cien mil barriles diarios.

Tal es el telón de fondo con el que se realizó ayer el encuentro entre el presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller iraní, Mohamed Javad Zarif, en Biarritz, Francia, donde se lleva a cabo, además, la cumbre del G-7.

El representante de Teherán llevó a la mesa una propuesta para que su país sea autorizado a exportar 700 mil barriles diarios de petróleo –que podrían ampliarse a un millón y medio–, a cambio de observar a cabalidad los términos del acuerdo de 2015. Previamente, el mandatario y el diplomático habían sostenido una reunión en París a fin de iniciar una vía de negociación que permita superar el actual empantanamiento de la situación.

A lo que puede verse, el presidente francés se ha propuesto impulsar un reposicionamiento de Washington con respecto de Irán, una empresa de horizonte incierto si se considera que la Casa Blanca tiene mucho que ganar con el derrumbe total de lo acordado en Viena hace cuatro años.

Por un lado, el fin del pacto de 2015 conllevaría la perpetuación de sanciones que afectan a Teherán, pero que también debilitan las economías europeas, competidoras, a fin de cuentas, de la estadunidense; por el otro, la república islámica, castigada por las agresiones económicas de Occidente, y liberada de los límites que le impone el acuerdo en cuestión, puede verse impulsada a desarrollar un programa nuclear menos pacífico que el que quedó establecido, repitiendo de alguna manera el camino seguido por Corea del Norte.

Con ello, el mandatario republicano tendría la coartada de una amenaza creíble para nutrir los posicionamientos patrioteros y paranoicos que tan buenos resultados electorales le rindieron en el pasado reciente.

Más allá de esos juegos peligrosos y perversos, es claro que el mundo no necesita de más tensiones nucleares ni de nuevos riesgos de confrontación, sino de cooperación pacífica y de entendimiento internacional.

Por esas razones, cabe esperar que la gestión francesa prospere y la presión diplomática lleve a Washington a volver al terreno de la negociación multilateral y de los acuerdos.