Opinión
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Mar de historias

Más que un mensaje

D

ecidí escribirle a Rodolfo una carta y no uno de esos recados breves que siempre me dejan insatisfecha, ya sea que los reciba o los envíe, porque nunca dicen realmente nada. Me da la impresión de que es como entrar a un restaurante, elegir una mesa, leer el menú y enseguida salirte. Llevábamos un tiempo incomunicados. Necesitaba poner a Rodolfo al tanto de mis novedades y, sobre todo, preguntarle si había podido superar la depresión causada por la ausencia de Adelina.

Después de que ella y yo vivimos tantos años juntos, siento su lejanía como si me hubiera ausentado de mí mismo, escribió mi amigo en su mensaje de mayo donde me informaba de la muerte de Adelina. Nunca llegué a conocerla. Sólo en una ocasión hablé con ella por teléfono. Su voz era muy grata.

Se lo decía a Rodolfo en mi carta y también que, en su siguiente correo, me hablara de su esposa. Hice la petición por verdadero interés en saber algo más de ella y porque me pareció que era una buena oportunidad para que él se desahogara. A veces el sólo hecho de pronunciar el nombre de un ser querido nos consuela por breves instantes de su ausencia.

Esa idea me trajo muchos recuerdos. Se desvanecieron cuando oí que el repartidor abría la ventana para dejarme el periódico. Fui a recogerlo y vi en la portada la foto de un migrante con su hijito, ambos muertos sobre la arena. Detrás de la imagen desgarradora había una historia. Postergué su lectura para seguir escribiendo la carta. Si la enviaba a las ocho de la mañana, considerando la diferencia de horarios, Rodolfo estaría recibiéndola en lo que para él eran las tres de la tarde. Lo imaginé sentado ante un escritorio lleno de papeles y libros, leyendo en su computadora mientras bebía sorbos de un café helado con motas de ceniza.

II

En un párrafo largo le informé a Rodolfo algo que seguramente iba a darle gusto: al fin, en la presentación de un libro, había conocido a Néstor, su sobrino predilecto y posiblemente la persona más cercana a él. Saqué esta conclusión porque Néstor me dijo que lo llamaba con frecuencia, pero que siempre que iba a publicar algún trabajo se lo hacía llegar para que le diera su opinión. Terminé la referencia al encuentro diciéndole a mi amigo que cuando Néstor y yo nos despedimos intercambiamos teléfonos. Le di el número de mi celular y también el de mi casa. Él agradeció mi confianza y, en broma, prometió usar esa línea sólo en casos de emergencia.

Como me había propuesto darle a mi carta el tono de una conversación, le hablé a Rodolfo de mis pequeñas aventuras cotidianas y de mis experimentos gastronómicos. También le propuse que viniera a visitarme. Un cambio de aire le sentaría bien, además este país le fascina, la ciudad le encanta y le guarda muy buenos recuerdos.

Cuando estaba a punto de decirle a qué lugares iríamos de paseo, sonó el timbre. Fui a ver quién era. Armando, mi vecino, había olvidado las llaves en su casa y no había quien le abriera la puerta. Necesitaba subir a mi azotea para saltar a la suya. Ya en el patio me contó que va a desmontar su despacho de contabilidad. Son muchos los gastos que le ocasiona y pocas las ganancias que le deja. Como nos tenemos confianza, le pregunté a qué pensaba dedicarse. Me dijo que en el sitio de taxis, frente a la iglesia, estaban solicitando choferes. Iría a ver si lo contratan. Luego se dirigió a la escalera.

III

Cuando volví a sentarme ante la computadora vi que eran casi las nueve de la mañana. Me quedaba el tiempo justo para llegar a mi trabajo. Por la tarde, cuando regresara, continuaría escribiéndole a mi amigo. Él lo hace cada vez con menos frecuencia –sufre de artritis severa– y se disculpa por eso. No es necesario que lo haga, comprendo muy bien su problema. Me conformaría con que me enviara un mensaje breve diciéndome cómo está. Sabe que detesto ese tipo de comunicación y sigue mandándome correos largos pero muy espaciados. Recibirlos me alegra, me hace sentir acompañada y me permite recordar episodios muy gratos, como el de nuestra última cena.

Ocurrió hace muchos años, como por el noventa. Para despedirlo le propuse que fuéramos a cenar a un restaurante de Belisario Domínguez. De seguro le encantaría porque además de servir muy buena comida amenizaban el ambiente dos músicos especialistas en boleros y tangos.

Fue de verdad una noche encantadora. Cuando salimos del restaurante se me antojó caminar. A Rodolfo le pareció muy buena idea. Me confesó que el centro le fascinaba por sus monumentos y por sus calles tan misteriosas. Y llenas de fantasmas, dije. Mi amigo tomó en serio lo que era una simple broma y quiso que nos sentáramos en la banqueta a esperar la aparición de los espectros. Luego, cuando después de una hora dimos por concluida nuestra guardia, me aseguró que había visto a una mujer vestida de blanco en la ventana de una vieja casona abandonada.

IV

En mi carta pensaba referirme a aquella noche y de paso reclamarle que jamás me hubiera enviado las fotos que nos tomamos en el museo de artesanías donde pasamos horas eligiendo regalos para Adelina. Al fin Rodolfo se decidió por un collar de plata, un huipil blanco, una colcha deshilada y una Catrina. ¿En qué lugar de su casa estaría la figurita? De seguro en el que Adelina le destinó.

Durante el tiempo que estuve en la oficina varias veces lamenté no haber terminado la carta para Rodolfo. Si la enviaba a las siete de la noche mi amigo la recibiría a las dos de la mañana. Como sé que él es muy desvelado, era posible que la leyera a esa hora y si no al otro día muy temprano.

V

Cuando regresé a la casa me di cuenta de que, por haber salido tan de carrera, había dejado la luz encendida. Junto a la computadora vi el periódico. Lo leería después de terminar la carta para Rodolfo. Encendí la computadora y sonó el teléfono fijo al que ya casi nadie llama. Descolgué rápido. Era Néstor para decirme que su tío había muerto a las tres de la tarde. Imposible definir los efectos de la noticia.

Todo fue muy extraño: se consumió la vida de Rodolfo antes de que lograra terminar mi carta para él. Aún no me atrevo a borrarla. Algún día lo haré.