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Nunca te conviertas en lo que más odias, aconsejaba Armando Vega-Gil
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▲ Vega-Gil tenía 64 años; además de músico era narrador, cuentista y guionista.Foto Notimex
 
Periódico La Jornada
Martes 2 de abril de 2019, p. 3

Hace más de un año, Armando Vega-Gil expresó: No te conviertas jamás en lo que más odias, no te traiciones.

Esta frase fue a propósito de la publicación de su libro Ritual del lagarto, sobre la cual completó: Nunca entierres al adolescente que llevas dentro. No lo mates, no tires sus cenizas a un basurero entre los restos calcinados de otros adolescentes arrojados allí por un puñado de perversos, por una turba de hijos de la chingada. No te conviertas jamás en lo que odias.

El compositor, escritor y fundador de Botellita de Jerez en 1983, anunció su suicidio la madrugada de ayer, luego de una acusación en su contra por supuesto abuso a una menor, la cual se difundió en la cuenta de Twitter @metoomusicamx y con la etiqueta #MeTooMúsicosMexicanos.

Vega-Gil tenía 64 años; fue uno de los fundadores de esa mítica banda de rock en los años 80, una de las más influyentes en la escena musical mexicana. Fue un personaje versátil: estudió antropología, incursionó en la dirección y el guionismo de cine, escribió para televisión, publicó poesía y narrativa y conducía un programa de radio sobre cinematografía.

Armando Vega-Gil, según informó la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México, fue hallado colgado de un árbol cerca de su domicilio; se recordará que fue poeta, guionista, columnista de cine, trovador y performancero; como narrador se autodefinió: Soy como un cazador de historias de la ciudad, siempre estoy ventaneando. Los escritores somos como cazadores de mariposas: traemos nuestra red y, si vemos una que anda volando, la atrapamos, la guardamos hasta escribirla y la soltamos de nuevo.

Con más de 30 libros, al menos cinco cortometrajes, varios guiones para televisión y cine, innumerables canciones y una carrera de más de tres décadas en la música, Vega-Gil era un polímata al que además le gustaban los gatos y llorar.

Este pasante de antropología social, cuentista, músico, compositor, poeta, guionista y fotógrafo aficionado se reconocía como un chillón, con una sensibilidad que le mereció el apodo de El Cucurrucucú, en referencia a aquel verso “no’más se le iba en puro llorar”.

Tocaba guitarra acústica y eléctrica desde los 14 años, cuando formó su primera banda de rock, y luego aprendió otros instrumentos, entre ellos ukelele y bajo. También en la adolescencia comenzó su afición por escribir.

Justicia para las mujeres es lo que promovía Armando Vega-Gil en su libro Rockboy y la rebelión de las chicas, novela en la que también retrataba a un México donde impera la violencia y el autoritarismo.

En entrevista con La Jornada en 2012, el músico con tendencia a abordar temáticas sociales, contó que siempre aterrizaba en lugares síquicos, como el patio que está en el ex Convento de Churubusco, la calle de Hamburgo, el Viaducto, el teatro Casa de la Paz o los Viveros de Coyoacán. Es como si hicieras un mapa emocional de Ciudad de México; las emociones tienen que ver con las personas que están por esos lugares.

Amor y humor

También se refirió a las relaciones de pareja inmersas en una red de células. “El amor es como el gran pegamento y el gran ácido de las relaciones humanas. Entonces, todos los personajes que habitamos Ciudad de México también habitamos el amor o el desamor, o la ternura y el odio. Esto es lo que nos da cohesión al gran corpus de Ciudad de México, pero también es una reflexión personal”.

Alguna vez recordó: Vicente Leñero me dijo en un taller literario que soy un escritor muy socarrón. Socarrón es que hay humor, pero un humor gandalla, incisivo, medio cruel, y tiene que ver con el tratamiento de crueldad que me doy a mí mismo en mi reflexión sobre mi vida amorosa.

En esa misma ocasión, Vega-Gil comentó su afición por la red social, misma donde anunció su muerte este lunes: Ahora que me he vuelto tuitero súper aferrado, descubrí que las microficciones podrían ir entre los cuentos cortos y darle unidad de lectura. Las microficciones son descansos, cierran ciclos, abren ciclos y en general también son de humor corrosivo.

Afirmó: “Dentro del mainstream hay bandas contestatarias –Panteón Rococó, por ejemplo–, con muchos seguidores, pero también volteas para el otro lado y ves mucha vacuidad; no hay crítica ni una propuesta distinta. Es como si en este sentido el rock estuviera en los engranes que van al mismo lugar que la máquina. En la cultura y en el arte todos tendríamos que pugnar por reventar contra las ideas fijas y los lineamientos mercadológicos que controlan al arte en general”.