Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de febrero de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Puntos sobre las Íes

Recuerdos // Empresarios (XCVII)

¿G

ente rara?

Sí, por su edad.

Conchita Cintrón, de tanto trabajar, compartir y viajar con personas mayores, encontrarse en la hermosa Ciudad Blanca con algunos chavos, lo consideró una rareza.

“En casa de los Cámara conocí a La Chatita Cámara, Fina Patrón y su familia, Carlos Vales y un grupo de jóvenes, y con ellos fui de paseo, escuché serenatas y nadé en cenotes, lindas lagunitas subterráneas de aguas cristalinamente puras, existentes en muchas casas de la preciosa península.

“Por las aceras de sus calles, los yucatecos, gente enérgica y trabajadora, caminaban serenamente. Vestían impecables trajes y zapatos blancos, al paso que sus compañeras, luciendo igualmente la indumentaria típica de la región, adornaban las veredas con los encajes y bordados de sus faldas y el colorido de sus trenzas. Por humildes que fueran los peones, se veían siempre irreprochablemente limpios, sus trajes impecablemente planchados y sus zapatos increíblemente blancos.

“Recuerdo con nostalgia la bella Mérida, los frescos arcos de su plaza, donde se servían helados de guanábana y coco; las bellas casas con ricas entradas de mármol, donde contrastaba la paja y el lento columpiar de sus hamacas. Sus calles recién lavadas olían a flores y su música, dulce como su nativo idioma maya, recordaba el suave mecer de las palmeras y el henequén.

“El avión que nos alejó aquella vez rápidamente de la península de las célebres ruinas de Chichen Itzá y del raro pajarito de las cien canciones, no tardó en aterrizar en el estado de Tabasco, en el aeropuerto de Villahermosa, pequeña ciudad rodeada de pantanos y de belleza natural, donde los cocodrilos, cuando suben las aguas cercanas, se pasean como gatos. Sus pieles se venden por todos lados, con la misma forma del saurio o en cinturones, zapatos o carteras.

“Al desembarcar, nos enteramos de que los caballos no habían llegado, detenidos por una tempestad en el golfo. Otro tanto sucedería con los toreros procedentes de la capital.

“La novillada debía celebrarse esa tarde y de los anunciados no estábamos más que mi banderillero Fernando y yo. El gobernador del estado se encontraba ausente, pero su hermano, que lo sustituía, nos esperaba en el aeropuerto y estaba desolado.

“Nos acompañó a la plaza, y ahí vimos a los animales que deberían lidiarse. La novillada quedaría definitivamente suspendida, ya que no teníamos fechas libres. Había un novillo muy cómodo y simpático.

“Fernando… –dije, pensativamente.

“–¡No! –contestó.

“–Es que…

“–Lo miré.

“Ruy –suplicó Fernando– que la niña está pensando en locuras.

“Se celebró la novillada. Yo maté dos novillos auxiliada por Fernando, y para los otros dos invertimos los papeles. Pasamos las de Caín, pues los animales eran de raza cebú y, más que embestir, saltaban. Tomó parte en la lidia un aficionado del pueblo para hacer número.

“Lo más curioso del festejo fue que para tener tiempo de anunciar el cambio de cartel tuvo que celebrarse de noche y como la iluminación de Villahermosa era muy débil, a la hora de los toros, por orden de la autoridad, se apagaron todas las luces de la ciudad. Así quedaría mejor iluminada la plaza, donde trabajó durante ocho horas un equipo de electricistas. ‘Al que encienda una luz esta noche –advirtió enérgicamente el secretario del gobernador–lo fusilo por la mañana’.

La consecuencia más directa de la amenaza, fue tener que vestirme a la luz de una vela. El dueño del hotel no quería morir. Confieso que cuando apareció Fernando en el cuarto, con su traje de luces iluminado por la pálida vela que sostenía en la mano, sentí un escalofrío. Nunca vi nada más impresionante que un traje de luces iluminado de tal manera. Menos mal que él estaba tan furioso con la responsabilidad de la noche ¡que indignación!, que me dieron ganas de reírme, lo que disipó la macabra nube del ambiente.

(Continuará)

(AAB)