Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de febrero de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El malentendido y su relación con la conciencia
E

l problema de contar con un exceso de temas posibles sobre los que escribir es que enmudeces. Si aún así insistes en escribir, sólo te queda averiguar por qué ninguno de esos tantos temas te atrae lo suficiente para tratarlo cuando insistes en creer que debes sentarte a escribir sobre algo en particular.

De momento, te detiene la preocupación de herir a dos personas si comentas por escrito, aun si no nombras a estas personas, las razones por las que tú supones que te retiraron la palabra y el trato. De todos modos lo comentarías, solamente en atención a la intención de aclararlo, solamente para que a ti dejara de inquietarte el hecho de tenerlo presente a cada rato. Temes que se mueran y te dejen con la inquietud a lo largo del tiempo que tú siguieras existiendo, incluso si este lapso ignorado fuera breve. Eres sensible y sabes que no aguantarías la tribulación o hasta la zozobra. Pedirles que no se murieran antes de que el asunto se aclarara sería una petición absurda, pues qué sucedería si quien muriera antes fueras tú. Ellos, se trata de un él y de una ella, se conocen pero, que tú sepas, no se tratan; él es pariente sanguíneo tuyo, ella es pariente tuya sólo por la intrincada amistad que mantuvieron y sostuvieron varias generaciones de antepasados de ustedes; Ellos, digo, seguirían culpándote a ti de algo que tú te habrías muerto sin identificar. Porque es un hecho que te culpan a ti por haberse ellos alejado de ti. Los buscaste, a cada uno por su lado, hasta que, aunque a medias, aceptaste que no podías rencontrarte con Ellos simplemente porque Ellos no querían volver a saber de ti. Por qué, llegaste a suponer uno que otro motivo posible, pero a ciencia cierta no te consta que nada de lo que supones fuera un motivo que justificara su alejamiento de ti y su silencio. No poder verificar uno u otro de los motivos que supones que explicarían el rompimiento unilateral de afectos para ti tan importantes, resulta más inquietante todavía. Lánzate, intenta confirmarlos por escrito, ahora cuando insistes, con semejante insistencia, en que quieres sentarte a escribir sobre este tema precisamente, entresacado del exceso de temas que cargas para desarrollar cuando les llegue su momento, a cada uno su propio momento.

Parecería que Ellos, aquél y aquélla, nunca hubieran experimentado, a pesar de que ambos son sesentones, el dolor profundo que se padece cuando muere alguien al que tú quisiste profundamente y que te quiso a ti profundamente, sin que se hubieran aclarado los malentendidos que los invadieron y que los distanciaron los últimos años que el otro vivió. Malentendidos que se abrieron paso por iniciativa propia y que invadieron incisivamente el afecto entre ustedes y lo vencieron. Ganamos, dijo el Mal. Y tú no te resignas a haber perdido. Sabes que fuiste víctima del Mal. Albergas y nutres la esperanza de que el otro hubiera muerto con la conciencia de que, en relación al afecto que se rompió entre ustedes dos, igual que tú, él había sido víctima del Mal. En sueños, o en la vigilia en silencio, lo lamentas, ¡cómo lo lamentas!, inútilmente lo lamentas, pero, por más que sepas que lo lamentas inútilmente, el peso del lamento en tu ser es cada vez más insoportable. A veces preferirías morir en lugar de seguir tolerando el peso de tu inútil lamento por haber perdido de forma irreparable un afecto que para ti fue esencial.

Ser consciente de cómo te pueden afectar a ti las pérdidas de afecto de esta naturaleza, te lleva a querer aclarar a tiempo lo que supones que son los malentendidos que se crean entre los que se quieren, te lleva a querer aclararlos antes de que los que se han alejado de ti mueran y te dejen a ti con el lamento que padeces cuando los recuerdas, cuando recuerdas cómo y cuánto se quisieron, de la manera que fuera que pudiera haberse expresado este afecto, mientras se trataron, cuando nada indicaba que podía llegar el día en que Ellos te rehuyeran a ti.