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El presidente cucú
Él

, un legislador electo por primera vez y participando ya en el círculo cercano del Presidente. Más aún: antes que muchos de sus colegisladores electos varias veces y con mucha mayor experiencia política, había convivido con él en el exclusivo banquete tradicional que ofrecían sus colaboradores al presidente en turno cada año. Se decía de él que en la profesión que seleccionó, la política, había ascendido tan rápido y sin esfuerzo como un papalote. Pero más importante aún es que fue invitado, como antes unos cuantos seleccionados de las élites políticas y económicas, al resort presidencial de fin de semana. Y ahí empezaron sus problemas.

Para comenzar, Lutero, el secretario privado del Presidente, llegó a su casa en plena madrugada. Recordándole la breve conversación que tuvo con el mandatario al despedirse del banquete –voy a necesitar de tus consejos muy pronto Jaime–, le dijo secamente: ahorita necesita de sus consejos, senador. Vamos a su casa de fin de semana.

Lo que siguió fue una larga perorata, en la cual este personaje, surgido de la política arrabalera del norte del país, le recetó un extenso discurso sobre su Gran Proyecto –así, con mayúsculas–, que por el momento sólo compartiría con el senador. Se trataba de lograr la construcción de un gran país compuesto, por el que gobernaba más los dos países en ambas fronteras. Y luego de lograr esto, que le parecía relativamente sencillo, haría efectivo el Gran Diseño: la incorporación a ese nuevo país de todos los actuales países de Escandinavia. Necesitamos, dijo entusiasmado, el talento, la inventiva y la disciplina de los nórdicos.

Si de suyo estas disquisiciones ya le parecían escandalosas, el monólogo ininterrumpido continuó por otros senderos tan comunes entre las élites. Fustigar a los amigos –que no a los enemigos– comenzó como relámpago en descampado. Se fue nada menos contra el que se suponía era su principal colaborador, que muchos hacían como su casi seguro sucesor. Patricio, ese duro político de Occidente, alto como una torre y gordo como una tanqueta, había cometido un error clásico entre los políticos, que consistía en beneficiar a sus compadres. Por algo el capitalismo siempre es de compadres. Pero el error no era ese, sino que lo hubieran cachado con las manos en la masa, por decirlo de manera coloquial. El muy pendejo dejó huellas que encontraron fácilmente esos sediciosos de la organización no gubernamental Patriotas contra la Corrupción.

Pero sabes qué senador. Lo hizo adrede, para joderme. Es parte de complot.

La segunda parte de su filípica era todavía más inquietante. Se trataba de que se sentía perseguido, todos conspirando contra él, obstaculizando sus proyectos, difundiendo chismes y rumores que lo afectaban a él y a su familia.

Al final, la noticia que lo afectó más. En boca del presidente salió de la casa presidencial como uno de los seis precandidatos a la Presidencia por el partido en el poder.

Comienza entonces una larga agonía entre sus ambiciones políticas, y las crecientes muestras de desequilibrio mental que mostraba el Presidente de la República.

Aún su más acerbo crítico le espetó a los demás que también criticaban al primer magistrado, que todo lo que perjudica al país él lo toma como una afrenta personal. Cada desarrollo beneficioso lo toma como tributo personal. Todos ayudamos a fomentar esta actitud, por sumisión al presidente y por nuestra negativa a argumentar posiciones de manera enérgica cuando sabemos que el presidente está equivocado.

Esta es apenas un resumen adaptado y libre de una novela que hoy circula entre las élites, sobre todo norteamericanas. Se trata de Night of Camp David, de Fletcher Knebel, originalmente publicada en 1965 y reditada por Vintage Books este año.

El desarreglo mental es casi imposible de manejar en el vértice del poder, concluye un personaje de esta novela. ¿Será?

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