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Mar de Historias

La mitad de la vida

A

Mauro le gustaría pensar que este lunes es igual a otros, pero no logra convencerse: es su cumpleaños. Su mujer lo felicitó desde temprano. Al despedirse lo abrazó con ternura y le dijo que su aspecto era el de un hombre mucho más joven. Él agradeció el cumplido y salió de prisa, a fin de presentarse puntual en el taller especializado en reparar instrumentos de cuerda. Cuando llegó al trabajo sus compañeros entonaron, por broma, unas Mañanitas algo desafinadas. Luego todo volvió a la normalidad y al fin decidieron quién saldría en el primer turno al Mesón de San Pascual, el restaurancito donde comen a diario.

A media mañana apareció otra vez Genaro, hijo del dueño del taller: don Severiano. Durante el tiempo que estuvieron hablando en el privadito improvisado, los trabajadores intercambiaron miradas. Expresaban su urgencia por saber qué significaba la reiterada presencia de Genaro. De todas las posibilidades una era la más factible: el visitante estaba allí para interiorizarse en el negocio y suplir al padre en el momento de su retiro.

II

El resto de la mañana Mauro estuvo pensando en Genaro: mucho más joven que él, era un hombre de éxito: pronto iba a convertirse en la cabeza de un negocio afamado. De seguro llegaría con ánimos de modernizar el taller y hacerse de nuevos colaboradores. Suponiendo que eso ocurriera, ¿qué futuro le esperaba después de 22 años de trabajar para don Severiano? No encontró más respuesta que un horizonte nublado por el temor y la incertidumbre.

En semejante ánimo deseaba todo, menos ir al restaurante con sus compañeros de trabajo: pasarían la hora de comida especulando acerca de su posible futuro. Imaginar la inútil conversación lo deprimió. Necesitaba soledad para pensar, hacer un balance de su vida, ver hacia el futuro, si es que alguno tenía a sus 44 años de edad. Pensó en una justificación aceptable que le permitiera apartarse de sus colegas sin ofenderlos. Los apreciaba mucho y los conocía bien: si les mencionaba su necesidad de estar solo de seguro la atribuirían a una relación clandestina.

Después de mucho pensarlo recurrió a lo que más aborrece: mentir. A la hora de la salida fingió recordar que le había prometido a Marisela, su esposa, llevarla al oculista y después a comer para celebrar su cumpleaños.

III

Sabe que no tenía otra alternativa, pero se arrepiente de haber mentido y, por eso, verse obligado a caminar de prisa para alejarse lo más posible del taller. Necesita aislarse en algún sitio donde no puedan verlo. Aunque no lo acostumbra, entra en una cantina. Huele a orines y está en penumbra. El cantinero, que abrillanta las copas tras la barra, apenas responde a su saludo. Los parroquianos son contados. Excepto el hombre que tiene sobre la mesa artesanías de fieltro con temas navideños, los demás ven la repetición de un juego de futbol en la pantalla.

Mauro elige el sitio más apartado. Al mesero que surge de la nada le pide una cerveza. En cuanto la tiene enfrente la vierte rápido en el vaso. La espuma se derrama. Sucedió lo mismo el día en que Abel Mercado –su mejor amigo en la tienda de remates donde trabajaba– lo llevó a una cantina para enseñarlo a beber, según dijo con aire de superioridad. Como tantas otras veces, pasaron la tarde hablando de sus planes futuros. Éramos un par de locos, dice Mauro en voz alta.

Sus palabras atraen la atención de su vecino, que desde lejos brinda con él. Por simple cortesía Mauro corresponde levantando su vaso. El desconocido interpreta el gesto como una invitación a compartir mesa. Se levanta y se dirige a Mauro con la mano extendida: Constantino Burgos, para servirle. Aquí todos me dicen Tino, pero llámeme como quiera.

Tembloroso, se lleva la mano al bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de cigarros. De inmediato la guarda: Siempre se me olvida que aquí no se puede fumar. Debería haber cartelitos con otra leyenda: Se prohíbe el asesinato. Oiga, a usted no lo había visto antes. ¿Trabaja cerca? Mauro sabe el riesgo de proporcionar datos personales a desconocidos y, sin embargo, no titubea al decirle dónde trabaja y en qué consiste su tarea.

Le sorprende que Tino le inspire confianza, quizá se deba a que le encuentra cierto parecido con Abel. Lleva años sin verlo. Ojalá haya logrado su proyecto de ser piloto y vestir un uniforme con insignias. El recuerdo le causa risa y Tino dice lo obligado: El que a solas se ríe...

En el fondo Mauro agradece tener un pretexto para hablar de Abel, de sus sueños. Termina lamentándose por no haberlo buscado en los últimos años. Sin darle reposo, Tino le pregunta por los suyos. ¿Se refiere a mi familia? No, a sus sueños... Si no quiere no me los diga, pero puedo imaginarlos. Entonces, dígamelos, le responde Mauro embebido en la conversación.

Tino lo observa con detenimiento, como si buscara el mejor encuadre para retratarlo: Ser alguien, destacar, sentirse útil, ver sin temor cómo llegan los años y se van, vivir la vida en compañía. Tengo esposa, dice Mauro a la defensiva. Tino desvía la mirada: También la tuve, pero se fue cuando llegaron las vacas flacas. Ya sabe: si la mala racha entra por la ventana, el amor sale por la puerta. En el caso de mi mujer habría hecho lo mismo, pero la extraño.

Mauro duda antes de hablar: ¿Sabe dónde está? Sí. No he ido a buscarla porque no quiero presentármele así. Ya imagino la cara que pondría mi Doménica si supiera que me dedico a vender artesanías navideñas. No las hago yo. Se las compro a una familia. Yo nada más las vendo. “Y a qué se dedicaba antes de hacer esto? Tino contesta despacio: A muchísimas cosas; entre otras, sobre todo, a preguntarme a qué iba a consagrarme en el futuro. Adquirí esa costumbre desde muy jovencito. Muchas personas hacen lo mismo hasta que llega el día en que, por equis o zeta, se dan cuenta de que ya pasó más de la mitad de su vida. Ojalá no le ocurra lo mismo.

Sin despedirse, Tino vuelve a su lugar, deja sobre la mesa unos billetes, sale a la calle y en segundos es devorado por una multitud de vendedores ambulantes que saturan el ambiente con sus pregones.