Opinión
Ver día anteriorViernes 30 de noviembre de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Matar al padre
D

ice el filósofo Theodor W. Adorno, que tanto gustaba a don Leopoldo Zea, que Kafka se distinguía del más viejo Freud, de mentalidad, más científico-natural, no por una espiritualidad más tierna, sino porque lo rebasa, si ello es posible, en la skepsis sobre el Yo. Para esto sirvió la literalidad de Kafka.

Como una serie experimental estudió Kafka lo que ocurriría si los hallazgos del sicoanálisis fueran ciertos, no metafórica, mentalmente, sino materialmente. Kafka se adhiere así al sicoanálisis en la medida en que éste prueba a la cultura y a la individuación burguesa su mera apariencia; pero reinventa el sicoanálisis en cuanto lo toma más al pie de la letra que él mismo a sí mismo. Siguiendo a Freud, el sicoanálisis presta atención al ‘‘desenmascaramiento del mundo apariencial”. Y al decir esto piensa Freud en entidades síquicas, como actos fallidos, sueños y síntomas neuróticos. Kafka peca contra una vieja regla al producir arte ignorando como material único la basura de la realidad. Kafka no esboza directamente la imagen de la sociedad naciente –pues, como en todo gran arte, también en el suyo domina la ascesis frente al futuro–, sino que la monta con productos de desecho separados de la sociedad muriente por lo nuevo que se forma. En la lectura de Adorno.

En vez de sanar la neurosis Kafka busca en ella misma la fuerza salvadora, que es la del conocimiento: las heridas que la sociedad infiere al individuo son leídas por Adorno como cifras de la no-verdad social, como negativo de la verdad. Su potencia es potencia de descomposición. Kafka arranca la fachada conciliatoria que recubre la desmesura del sufrimiento, cada vez más sometido a los controles racionales. En la descomposición que desmantela –esta palabra no fue jamás tan popular como en el año de la muerte de Kafka– el artista no se queda, como la sicología, junto al sujeto, sino que, sin detenerse, penetra hacia lo material, hasta lo meramente existente que se ofrece sobre el fondo subjetivo en la irrefrenada caída de la conciencia que cede, perdida todaautoafirmación.

La huida a través del hombre hasta lo no-humano es la trayectoria épica de Kafka. Esta caída del ingenio, esta convulsa falsa de resistencia tan concordante como la moral de Kafka, recibe el paradójico premio que es la constrictiva autoridad de su expresión.

Así la perspectiva jerárquica es casi indistinguible en Freud y en Kafka. Un párrafo de Tótem y tabú enseña lo siguiente: ‘‘El tabú de un rey es demasiado fuerte para ser súbdito, por ser demasiado grande la diferencia social entre ambos. Pero un ministro, por ejemplo, puede hacer de inofensivo mediador entre los dos. Traducido de la lengua del tabú a la de la sicología normal, esto significa: el súbdito, que teme la grandiosa tentación del contacto con el rey, puede en cambio soportar el rodeo a través del funcionario, al que no se ve movido a envidiar tanto y cuya posición acaso le pueda parecer alcanzable a él mismo”.