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Vox Libris
La muerte del comendador
Periódico La Jornada
Domingo 7 de octubre de 2018, p. a16

El escritor japonés Haruki Murakami (Kioto, 1949) regresa al género novelístico con La muerte del comendador: libro 1 (Tusquets Editores), © 2018, con traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara, en la que teje una historia alrededor de la soledad, el amor, el arte y el mal. Con autorización de Grupo Planeta México, La Jornada ofrece a sus lectores un adelanto de esa obra

Desde el mes de mayo de aquel año hasta principios del año siguiente viví en una casa en lo alto de una montaña junto a un estrecho valle, en el que durante el verano llovía sin parar a pesar de que un poco más allá estuviera despejado. Esto se debía a que desde el mar, que se hallaba bastante próximo, soplaba una brisa del sudoeste cargada de humedad que entraba en el valle, ascendía por las laderas de las montañas y terminaba por precipitarse en forma de lluvia. La casa estaba justo en la linde de ese cambio meteorológico y a menudo se veía despejado por la parte de delante, mientras que por atrás amenazaban unos nubarrones negros. Al principio me resultaba de lo más extraño, pero me acostumbré enseguida y terminó por convertirse en algo normal.

Cuando arreciaba el viento, las nubes bajas y dispersas que había sobre las montañas flotaban como almas errantes que regresaran al presente desde tiempos remotos en busca de una memoria ya perdida. A veces caía una lluvia blanquecina como la nieve, que danzaba silenciosa a merced de las corrientes de aire. Casi siempre soplaba el viento y el calor del verano se soportaba sin necesidad de encender el aire acondicionado.

La casa, pequeña y vieja, tenía un extenso jardín. Si lo descuidaba durante un tiempo, las malas hierbas lo invadían todo y alcanzaban una altura considerable. Una familia de gatos aprovechaba entonces para instalarse allí entre las plantas, pero en cuanto aparecía el jardinero y quitaba la maleza, se esfumaban. Era una hembra de pelo rayado con tres gatitos. Tenía una mirada severa y estaba tan flaca que daba la impresión de que sobrevivir era el único esfuerzo del que era capaz.

La casa estaba construida en lo alto de la montaña, y desde la terraza orientada al sudoeste se atisbaba el mar a lo lejos entre los árboles. La porción de mar que se podía ver no era muy grande, parecía la cantidad de agua que cabría en un balde: un trozo diminuto del inmenso océano Pacífico. Un conocido que trabajaba en una agencia inmobiliaria me había dicho que el valor de las casas variaba mucho en función de si se veía el mar o no, aunque sólo se tratase de una porción minúscula. A mí me resultaba indiferente. Desde aquella distancia, tan sólo parecía un trozo de plomo de color apagado. No entendía el porqué de tanto afán por ver el mar. Yo prefería contemplar las montañas. Según la estación del año, y la meteorología, su aspecto variaba por completo y nunca me aburría. De hecho, me alegraban el corazón.

Por aquel entonces, mi mujer y yo habíamos suspendido temporalmente nuestra vida en común. Incluso llegamos a firmar los papeles del divorcio, pero después sucedieron muchas cosas y al final decidimos darnos otra oportunidad.

Resulta complicado entender una situación así en todos sus detalles. Y ni siquiera nosotros somos capaces de discernir las causas y las consecuencias de los hechos que vivimos, pero si tuviera que resumirlo de algún modo, diría con palabras corrientes que después de un ‘‘ahí te quedas’’, volvimos al punto de partida.

Entre ese antes y ese después de mi vida matrimonial viví un lapso de nueve meses, que siempre me pareció como un canal abierto en un istmo.

Nueve meses. No sabría decir si ese periodo de tiempo me resultó largo o corto. Si miro atrás, la separación me resulta infinita y, al mismo tiempo, tengo la sensación de que transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. La impresión cambia de un día para otro. A veces, cuando se quiere dar una idea aproximada del tamaño real de determinado objeto en una fotografía, se pone al lado del objeto una cajetilla de tabaco como referencia. En mi caso, la cajetilla de tabaco que debería servir como punto de referencia en la serie de imágenes que conservo en la memoria aumenta o disminuye de tamaño en función de mi estado de ánimo. De la misma manera que dentro de mis recuerdos cambian las circunstancias y los acontecimientos sin cesar, también la vara de medir, que debería ser fija e invariable, está en constante transformación, como para llevar la contraria.

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▲ Haruki Murakami completará La muerte del comendador con otro tomo.Foto © Iván Giménez/Tusquets

Eso no quiere decir que todo, absolutamente todo lo que ha ocurrido en mi vida, se transforme y cambie de una manera disparatada. Hasta ese momento, mi vida había transcurrido de una manera apacible, coherente, razonable. Sólo durante esos nueve meses viví en un estado de confusión que no logro explicarme. Fue una época anormal, excepcional. Me sentía como un bañista que está disfrutando de un mar en calma y de pronto es arrastrado por la fuerza de un remolino.

Cuando pienso en lo ocurrido (escribo al dictado de los recuerdos), a menudo todo se vuelve incierto; pierdo de vista la importancia real de las cosas, la perspectiva, la relación entre ellas. Y eso se debe seguramente a que al alejar un poco la mirada de lo que sucedió cambia el orden lógico. No obstante, voy a esforzarme para poder contarlo todo de una manera lógica y sistemática dentro de mis posibilidades. Tal vez resulte un esfuerzo vano, pero intentaré agarrarme a algún tipo de regla establecida por mí mismo, como el nadador agotado en mitad del mar que se sujeta a un providencial trozo de madera.

Lo primero que hice después de trasladarme a aquella casa fue comprarme un coche barato de segunda mano. El anterior lo habían desguazado de puro viejo y no me quedó más remedio que comprar otro. Para alguien que vive en una ciudad de provincias y, más aún, en un lugar apartado de las montañas, el coche resulta imprescindible para la vida diaria. Fui a un centro de vehículos de ocasión de Toyota en las afueras de la ciudad de Odawara. Tenían un Corolla ranchera que se ajustaba a mis necesidades a un precio razonable. El vendedor aseguraba que era de color azul pastel, pero a mí me recordaba a ese color pálido que tiene la piel de una persona enferma. Sólo había rodado treinta y seis mil kilómetros, pero le habían aplicado un descuento considerable porque había sufrido un accidente. Lo probé y no pareció dar problemas, ni con los frenos ni con la suspensión. No tenía intención de conducir por autopista, de manera que me pareció adecuado.

El dueño de la casa se llamaba Masahiko Amada. Fuimos compañeros en la Facultad de Bellas Artes. Aunque dos años mayor que yo, era uno de los pocos amigos de verdad de aquella época con quien seguía viéndome de vez en cuando. Al terminar sus estudios, renunció a hacer carrera como pintor y empezó a trabajar como diseñador gráfico en una agencia de publicidad. Nada más enterarse de mi separación, y de que no tenía adónde ir, me propuso quedarme en la casa vacía de su padre y así hacerme cargo de ella. Su padre, Tomohiko Amada, era un famoso pintor de estilo japonés y desde siempre había tenido su estudio en las montañas a las afueras de Odawara. Se instaló allí definitivamente tras la muerte de su mujer, y vivió solo y desconectado del mundo durante diez años. No hacía mucho le habían diagnosticado demencia senil y la enfermedad avanzaba de forma implacable. Decidieron ingresarle entonces en una residencia en la altiplanicie de Izu, y por eso la casa estaba vacía.

–Es una casa solitaria en plena montaña –me explicó Masahiko–, y no puedo decir que sea un lugar cómodo, pero te garantizo que es tranquila y silenciosa. Un ambiente ideal para pintar. Nada te distraerá, desde luego (...)

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