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Economía moral

Recordar el 68. Reflexiones finales

Julio Boltvinik
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emos visto a lo largo de la serie de entregas Recordar el 68, (29/6 y del 10/08 al 21/09 de 2018) que la economía creció muy rápido antes, durante y después de los años 60; que en 1968 había una prosperidad sin precedente; que el empleo, sobre todo el no agrícola, creció tan rápido que casi igualó el crecimiento explosivo de la población en edad de trabajar en las áreas urbanas; que el poder adquisitivo de los salarios mínimos subió rápidamente desde 1960 hasta 1977, y el de los salarios lo hizo desde 1970 a 1981; esta mejoría de salarios mínimos y medios, combinada con el rápido crecimiento de la ocupación resultó en un expansión acelerada de la masa salarial; que tanto la distribución funcional (trabajo y capital) como la personal del ingreso mejoran sustancialmente en los años 60 y 70 en favor de los asalariados y de los estratos de hogares de más bajos ingresos; que la pobreza de ingresos bajó mucho entre 1963 y 1981, y que probablemente venía disminuyendo desde 1950; que aunque los decenios de los 50, 60 y 70 tuvieron un rápido avance en la cobertura de la educación primaria, casi la mitad de la población de 15 años y más no tenía la primaria completa; que entre 1940 y 1977 la matrícula de educación secundaria creció exponencialmente a tasas anuales de dos dígitos, pero que todavía en 1970, nueve de cada 10 personas de más de 15 años de edad carecía de educación secundaria completa; que el número absoluto de adultos con educación profesional era de sólo 282 mil en 1970 y ya para 1990 había llegado a 1.4 millones; que la matrícula de preparatoria y profesional era de sólo 448 mil estudiantes en 1968 en el país, pero crecía a velocidades de entre 11 y 15 por ciento anual entre 1961 y 1980, por lo cual para 1989-90 era ya de 3.3 millones; que en 1970 la cobertura nominal de la seguridad social en el país era de sólo la cuarta parte de la población nacional, pero su rápida expansión la llevó a 59.1 por ciento en 1990; que mientras las cifras oficiales de cobertura de los servicios públicos de salud decían que 85 por ciento de la población estaba atendida, los cálculos de cobertura real (por recursos) nos llevan a sólo 48 por ciento; que, a diferencia de las demás variables examinadas, el hacinamiento de las viviendas aumentó entre 1960 y 1970, y el descenso tuvo lugar en los dos decenios siguientes; que los indicadores de los tres servicios sanitarios de la vivienda (agua entubada al interior, drenaje y baño con agua corriente) mejoraron entre 1960 y 1980 sustancialmente, duplicando su cobertura, y, por último, que las viviendas que contaban con los tres servicios de agua, drenaje y electricidad aumentaron de 31 a 46 por ciento entre 1970 y 1990, mientras las que carecían de estos tres servicios bajaron de 36 al 11 por ciento.

Este recuento muestra un país en el que las condiciones materiales de vida mejoraban rápidamente, partiendo de un nivel muy bajo. Pero no vimos, porque no era el objeto de estudio, el lado oscuro de aquel modelo nacional: la dictadura perfecta, que se disfraza de democracia y nos convierte a todos en agachados, cada vez mejor alimentados, mejor educados, con salud mejor cuidada, etcétera, pero agachados al fin y al cabo, sin información política veraz y sin oportunidades de expresión y acción como ciudadanos conscientes.

La matrícula de preparatoria y profesional en 1968 era muy pequeña. Los estudiantes de estos niveles éramos una población favorecida por una educación prácticamente gratuita. Estos estudiantes fuimos los militantes del ME68. ¿Por qué una población tan favorecida desplegó la (quizás) más fuerte oposición que la dictadura (casi) perfecta enfrentó en la segunda mitad del siglo XX? ¿Los movimientos populares tienen más posibilidades de surgir cuando se agudizan la desigualdad y la explotación, o cuando disminuyen?

La idea de Marx sobre los trabajadores asalariados como el sujeto revolucionario estaba asociada a la agudización de la explotación en el siglo XIX. Los ultra-explotados, que no tienen nada que perder, se la juegan en un asalto revolucionario. En sentido opuesto, podemos pensar que el ME68, que no luchó por reivindicaciones gremiales sino ciudadanas, necesitaba, para incubarse, condiciones materiales que van mejorando. Que su propia condición de estudiantes, su acceso a libros y revistas, favorece la toma de conciencia. Con Maslow, Heller y Márkus podemos percatarnos que las necesidades menos prepotentes quedan latentes en el individuo agobiado por las necesidades fisiológicas. Cuando una persona está hambrienta, decía Maslow, se convierte en un organismo hambriento, que sólo piensa y sueña en alimentos. Cuando tenemos de manera permanente satisfechas estas necesidades, pueden emerger otras necesidades más altas, motivarnos y movilizarnos.

En la terminología de Marx, las necesidades radicales juegan un papel similar a las de las necesidades superiores en Maslow. La lucha central del ME68 fue por las libertades democráticas. La democracia plena como necesidad, es una necesidad radical del individuo desarrollado.

julioboltvinik.org