Opinión
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Culebrón en el Elíseo
N

o cabe duda: Emmanuel Macron es un excelente alumno de su esposa Brigitte. Aprendió la actuación en el taller de teatro dirigido por ella cuando era un adolescente. Cierto, a veces sobreactúa, como lo hizo durante la ceremonia de su investidura en el decorado de la pirámide del Louvre o cuando se califica a sí mismo de jupiteriano, lo cual no significa que se tome por un habitante del planeta Júpiter, sino más bien de una identificación con el dios romano rey del Olimpo.

Su sorpresiva entrada en escena, la tarde del martes pasado, en la Casa de América Latina, fue espectacular. Diputados de su partido, La República en marcha, celebraban con un brindis el término de unas sesiones de trabajo, cuando apareció el presidente. Una aparición inesperada y casi milagrosa. En efecto, desde el estallido del escándalo Benalla –su jefe de seguridad e individuo muy singular– Macron se había encerrado en un mutismo total sobre el asunto, ignorando jupiterianamente declaraciones de la oposición, comentarios en la prensa, radio y televisión francesas y extranjeras que clamaban el escándalo, rumores y vox populi. Y de pronto, sin prevenir, mientras el ministro del Interior, jefes de la policía, directores de gabinete y de la Presidencia eran interrogados por la comisión de investigación parlamentaria creada para tratar de deslindar responsabilidades, Emmanuel Macron en carne y hueso, transfigurado, amo de las manecillas del reloj, como él presume, decide tomar la palabra y se declara responsable único de todo lo sucedido –cuando ya otros posibles chivos expiatorios, los fusibles de la electricidad política parecían dispuestos a saltar a causa del corto circuito.

Responsable de la sanción impuesta a su joven y prepotente guardaespaldas Benalla por la golpiza que dio a dos manifestantes, un hombre y una mujer, el pasado primero de mayo, disfrazado de policía con un casco y un brazalete. Se sabe ahora, por las afirmaciones de otros agentes, que no era la primera vez que se presentaba en una manifestación sembrando el terror entre los miembros de las fuerzas armadas. ¿Por qué no detuvieron su agresión? ¿Por qué guardaban silencio sobre su conducta desproporcionada? Porque se le veía como el representante de otro, un emisario del Elíseo o, si se prefiere, del Olimpo, un protegido de Júpiter.

Si las cosas estallaron fue gracias al video de la golpiza, filmado por un militante de Los Insumisos, partido de izquierda dirigido por Mélenchon. Aunque el video fue subido a Internet desde el 2 de mayo, fue la publicación por el diario Le Monde, dos meses y medio después de ocurridos los hechos, y la identificación del golpeador, el tal Benalla, un muy cercano colaborador de Macron, lo que desató el escándalo seguido por toda la prensa europea, la canadiense, la de Estados Unidos e incluso de Brasil. Las imágenes de la agresión impresionaron. Los comentarios no se hicieron esperar. Para el diario español, El País, la pena de dos semanas de suspensión parece ínfima frente a los hechos y considera difícil acabar con la tempestad desatada. The Guardian, británico, señala el asunto como extremadamente perjudicial para el presidente francés, quien ganó la presidencia con la promesa de restaurar la transparencia y la integridad, y ahora vuelve a los viejos métodos opacos y poco íntegros. En Italia, La Reppublica utiliza el lenguaje del box e indica que el golpeador francés envía al Elíseo a la lona y subraya que el escándalo congela la reforma constitucional.

El también italiano Corriere della Sera enfatiza: Privilegios y protección del guardaespaldas de Macron: ciclón en Francia, y pregunta ¿por qué fueron necesarios casi tres meses para tomar medidas serias? El popular diario alemán Bild explica que Macron tiene problemas después de una golpiza, dejando en la ambigüedad quién la recibió y si es real o figurada. El brasileño O Globo considera que hay un antes y un después para la imagen de Macron, pues el episodio afecta la popularidad del presidente francés y revela una crisis gubernamental.

Más duro, el Berlingske danés estima que el asunto destruye la imagen de Macron. En Suecia, Aftonbladet estima que para Macron, la historia es cada vez más embarazosa. El Washington Post habla de un video estrujante y piensa que el escándalo sigue aumentando. La polémica prosigue y la prensa fustiga al Rambo y al atacado de mutismo, Benalla y Macron, respectivamente.

La ironía y la burla resuenan en Europa, pequeñas venganzas contra las actitudes arrogantes del presidente francés. Y, desde luego, los internautas se deleitan con la farsa escenificada en el Elíseo.

Así, después de una larga reunión con sus encargados de comunicación, en su residencia de campo presidencial La Lanterne, así como de análisis de los sondeos, privados y públicos, donde su popularidad sigue en caída, Emmanuel Macron se decidió por una explicación entre amigos, es decir, los diputados de su partido, quienes evidentemente lo aplaudieron.

Su entrada en escena fue la de un actor principal. Jupiteriano, decidido a no dejarse robar cámara por nadie. Discurso desafiante, casi bravucón: La República ejemplar no impide los errores. ¡Si buscan un responsable, ése soy yo y yo solo! ¡Que vengan a buscarme!, retó provocadoramente a quienes le piden una explicación ante los franceses y no sólo entre un clan. Criticó a la prensa que no busca la verdad, miente y quiere instituirse en justicia paralela. Acaso una ligera alusión contra quienes lo acusan de crear una policía paralela. Negó que Benalla, por quien se siente decepcionado y traicionado, gozara de tantos privilegios como se dice, antes de concluir: No es mi amante, negación que nadie le pedía, pero que él tuvo necesidad de dar, quién sabe por qué.

Acaso creyó calmar los ánimos y hacer cesar la tempestad, acabar con ciclón y tsunami. Pero la información de los abusos sigue aumentando. Habrá que esperar un entreacto para saber si el público ovaciona o lanza huevos podridos al actor estrella.