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Invasión al espacio vital

Prohibiciones y advertencias, el blindaje del Kremlin para la locura mundialista

Para evitar sorpresas, el gobierno convirtió en búnkers las sedes y prácticamente encuarteló a fanaty

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▲ Bajo estricta seguridad, así se vivió el partido de España contra Portugal en Moscú.Foto Ap
Corresponsal// VI
Periódico La Jornada
Sábado 16 de junio de 2018, p. 6

Moscú

Cuando pierda Rusia –y tenga en frente a un equipo serio y no el conjunto de llaneros que resultó ser Arabia Saudita, goleado en el partido inaugural de este Mundial– muchos extranjeros se preguntan que tan cierto es el peligro de ser arrasado por alguna de las firmas, como se han dado en llamar aquí los temidos grupos de salvajes que siembran la violencia en los estadios y que adquirieron notoriedad internacional durante los disturbios en Marsella en la Eurocopa de 2016.

Quienes estuvieron el año pasado en la Copa Confederaciones, considerada el ensayo general de este Mundial, a juzgar por lo que no ocurrió ahí, pueden corroborar que no se produjeron excesos en los estadios, quizás por las numerosas cámaras de circuito cerrado que vigilaban cada gesto en las tribunas, aparte de que no es exagerado afirmar que por cada aficionado había dos guardianes del orden de uniforme o de paisano. Y no hay razón para concluir que ahora será diferente; en todo caso, habrán medidas de seguridad mucho más férreas.

Conclusión tranquilizadora: dentro de Rusia, en un acto de la importancia de un Mundial, los fanaty (como se denominan los miembros de una firma) no representan mayor peligro, y no porque se hayan extinguido los energúmenos que consideran un deber partirle la cara a los desequilibrados del equipo rival.

Para evitar sorpresas desagradables, tan preocupadas estaban las autoridades rusas que –bajo estricta vigilancia permanente de agentes del FSB (siglas en ruso del Servicio Federal de Seguridad) asignados a cada sujeto clasificado como potencialmente peligroso– medio millar de los rusos más agresivos tendrán que ver los partidos en su casa.

Los hicieron firmar un papel, en el que se comprometen a mantenerse alejados de los estadios, ya que están impedidos no sólo de entrar en ellos, sino también de aparecer en las zonas de acceso restringido que tiene cada sede, a riesgo de ser encarcelados o deportados a Siberia de inmediato.

Un polémico decreto presidencial, que se anunció como temporal y cuya vigencia va del pasado 25 de mayo hasta el 25 de junio próximo, otorga a las ciudades sede un estatus especial antes, durante y después del Mundial.

Queda prohibido cualquier tipo de protesta o manifestación en la vía pública, y tampoco se permitirá ingresar en los sitios mundialistas (estadios, hoteles y festivales de aficionados, en especial) a nadie que no tenga la tarjeta Fan-ID, innovación rusa con fotografía y datos electrónicos de la persona, la cual sólo se puede obtener tras comprar una entrada, superados los filtros y cotejadas las bases de datos de presumibles agresores con la Interpol y otras dependencias policiales foráneas.

El FSB, junto con la policía y las unidades especiales de la Guardia Nacional, recibieron luz verde para tomar medidas adicionales, esto es, repartir golpes y gases lacrimógenos a su antojo, para neutralizar a los distintos grupos violentos, cuyos miembros quedaron advertidos de la responsabilidad penal que se fincará contra todo aquel que busque pleitos en la calle.

En síntesis, el líder de uno de estos grupos violentos –el nombre del troglodita es intrascendente al no aportar nada a la gloria de su patria– se quejó amargamente de que los tienen agarrados de los testículos, y eso, como es sabido, duele mucho cuando se aprieta.

Otra cosa es el siempre latente riesgo de un atentado, normalmente vinculado a grupos islamistas radicales, pero ningún país puede aducir que está blindado por completo ante un sorpresivo ataque de esa naturaleza, incomprensible desde la lógica de una sociedad que considera anormal que un semejante se sienta feliz de inmolarse como viento divino, como dice la Real Academia Española que se traduce del japonés la palabra kamikaze, ya incorporada al tumbaburros.

Que nada empañe la fiesta

Rusia, con una larga relación de trágicas experiencias, tampoco está a salvo al cien por ciento, pero –visto lo visto estos días: más arcos detectores de metales por doquier, perros buscadores de bombas, patrullas de policías adiestrados, así como lo no visto (agentes de paisano, cámaras de vigilancia en las ciudades, francotiradores en las azoteas, infiltrados en los entornos de alto riesgo, informantes en las comunidades religiosas)– es de suponer que están triplicando lo que hacen habitualmente para que, al menos en las 11 sedes mundialistas, no se produzca ningún atentado.

El Kremlin no desea que nada ni nadie empañe la fiesta del futbol en Rusia, relevante meta en términos de imagen a falta de previsibles resultados de la Sbornaya en la cancha, lo cual causa incontables molestias a los ciudadanos de a pie.

La mayoría de los rusos, que no tienen recursos ni para comprar entradas en las zonas más baratas de los estadios, en realidad son indiferentes a la locura mundilalista y mucho agradecerían que esto acabara pronto para recuperar la normalidad.

Estos son algunos botones de muestra: los inquilinos de doce edificios de un distrito de Yekaterimburgo se quedarán sin gas durante todo el mes que dure el mundial, como medida excepcional de seguridad. Cientos de personas no podrán cocinar en sus casas ni bañarse con agua caliente, ya que las estufas y los calentadores funcionan con gas, pero las autoridades, conscientes de que son instalaciones y tuberías vetustas, quieren prevenir que pudiera explotar alguna y, al margen de las víctimas que parecen no importarles después del Mundial, dañar la imagen del país, algo sin duda más decisivo para sus carreras.

Como demostración involuntaria de que se inventaron en suelo ruso las Aldeas de Potiomkin, muchas casas de Rostov del Don que se están cayendo amanecieron un soleado día cubiertas con tupidas mallas de construcción, con el semblante arquitectónico, dibujado por artistas, que deberían de lucir si es que la intención fuera remozarlas de verdad. Uno de esos edificios superó a los demás al poner en las ventanas improvisados pósteres de individuos sonrientes, que mirados desde lejos podrían dar la impresión de que están celebrando vivir en esas camufladas ruinas.

Algunos estudiantes de la afamada Universidad Lomonónsov de Moscú, en cuya explanada frente a rectoría la alcaldía decidió instalar el festival de los aficionados, corren el riesgo de ser expulsados de esa casa de estudios no por tener malas calificaciones, sino por protestar debido a que el ruido no los dejaba prepararse para los exámenes, aparte del previsible daño a la ecología por los destrozos y montañas de basura que dejarán las actividades para entretener cada día hasta 40 mil personas, siempre y cuando muestren su Tarjeta-ID. La cita del aquelarre capitalino es en Las Colinas de los Gorriones, que dejaron de llamarse Colinas de Lenin, frente al estadio Luzhniki, pero del otro lado del Moscova.

Desde que Serguei Sobianin es alcalde de Moscú, y ya está en campaña para repetir en los comicios de septiembre siguiente, cada primavera comienza la grandiosa obra de colocar tabiques y baldosas en las banquetas del centro de la ciudad, esta vez en un radio ampliado por el Mundial, que se ven espectaculares hasta que llegan las nevadas, se vuelven pistas de patinar, dando abundante chamba a los traumatólogos, y para evitar males mayores se echan sustancias químicas que derriten el hielo al precio de causar daños irreparables. La primavera siguiente… Vamos, el negocio perfecto a costa del presupuesto.

En suma, desde que entró en vigor el régimen especial de las ciudades sede, muchos rusos se sienten excluidos de una celebración ajena que estrecha su espacio vital, pero –como ya se dijo– ni tienen forma de protestar sin acabar en el bote, ni el dinero para comprar boletos ni están incluidos en la lista de gorrones que nunca faltan en todos lados.