Opinión
Ver día anteriorLunes 23 de octubre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Revuelta y confrontación
E

l ánimo de revuelta, saldo natural de los terremotos ante las actitudes y comportamientos de las autoridades, lleva peligrosamente a la confrontación con nuestros fascistas, los de arriba tanto como los de abajo.

Celebramos en todas las formas posibles la reacción amorosa y solidaria que salió de las profundidades mexicanas ante la desgracia. Las movilizaciones toman poco a poco su curso en formas novedosas y sensatas de reconstrucción. Resisten la obsesión de demoler y controlar, con la que las autoridades buscan ganancias económicas y políticas. Intentan, además, convertir la tragedia en la oportunidad de sembrar la semilla de una nueva sociedad.

Del otro lado está el horror. Debemos explorar con cuidado la actitud de miles, de millones, que después de paralizarse, tender la mano y dejarse llevar por los vientos de arriba, generan su propia turbulencia desde abajo.

El Consejo Indígena de Gobierno y las intensas actividades de su vocera, Marichuy, que empieza por denunciar las trampas tecnológicas y burocráticas del Instituto Nacional Electoral, plantean un inmenso desafío a gobernantes, partidos y analistas. Reaccionan como era de esperarse, con ninguneo indiferente, descalificación o represión y esfuerzos desesperados de control.

Pocos esperaban, empero, las reacciones profundamente racistas y sexistas que circulan por redes sociales. Son síntoma de un fenómeno peligroso. Frente al ánimo de revuelta pacífica y constructiva que avivaron los terremotos, surgen pasiones que brotan de la grieta social que Raúl Zibechi analizó en estas páginas el pasado 13 de octubre. Su artículo se tituló con precisión El fin de las sociedades democráticas en América Latina. Planteó que es necesario preguntarse por qué emergió una nueva derecha capilar tan reaccionaria, tan incapaz de dialogar, que ha desgarrado el tejido social desde Estados Unidos hasta Sudamérica. En verdad debemos plantearnos esa pregunta y actuar a sabiendas de que hay ya un nosotros, de quienes tratamos de aprovechar los límites del sistema para trascenderlo, y un ellos, de quienes obtienen de él beneficios, lo mismo una fortuna que una limosna, y se dedican abiertamente a defenderlo… y a confrontarnos. Ahí están lo mismo grandes figuras políticas y económicas que modestas personas de clase media o popular que van gustosas a los acarreos gubernamentales y buscan las dádivas.

El fascismo es una de las respuestas posibles ante crisis como la actual, cuando se disgrega el orden existente. Promueve la unidad, implícita en la palabra fascio, e intenta domar la crisis, más que anularla. Vive de la tensión. Apela a la supuesta igualdad y unidad de los sentimientos. Puede ser visto como radicalismo de derecha, pero al encarnar en formas nacionalistas y pragmáticas adopta formas que no siempre se acomodan bien en el espectro izquierda-derecha.

No hay propiamente una ideología fascista; sería estéril tratar de caracterizarla. Lo importante es identificar las condiciones en que surge, cómo se le propicia, qué hace posible su triunfo. Hay resistencia a hacer esos análisis, porque muestran cuántos de los que se proclaman antifascistas o por lo menos toman distancia de los fascismos de ayer y de hoy han caído ya en sus redes.

En condiciones como las actuales se generaliza un instinto de supervivencia. A la voz de ¡sálvese quien pueda! cada cual trata de ser superviviente… Esto pasa especialmente entre clases en ascenso, que se sienten en riesgo de hundirse; por eso el fascismo prende sobre todo en las clases medias. Para sobrevivir, perdiendo rápidamente la dignidad, hay que aprender a encaramarse sobre otro. Todo se vuelve válido y legítimo, con tal de no estar entre quienes se hunden. Por eso se necesita inventar judíos, una clase a costa de la cual se sobrevivirá. Se llaman indocumentados o migrantes en diversos países; entre nosotros se llaman indios, marginales, damnificados, jodidos…

Frente a la intolerancia que circula hoy por todas partes, no basta llamar a la tolerancia, que siempre supone discriminación y es frágil en tiempos de crisis. Es preciso abrirse hospitalariamente al otro, a la otra, reconociendo su valor, su lugar, sus derechos, respetando y celebrando su diferencia.

El remedio principal contra la propensión fascista, que aparece hasta en amigos y vecinos, se llama dignidad. ¿Qué quieren decir con eso de dignidad?, preguntó impaciente el principal negociador gubernamental en San Andrés, en 1996; le molestaba que los zapatistas y sus asesores apelaran a ella con frecuencia. No lo sabía; por eso tuvo que preguntarlo. Ese es el problema. Si bien el incidente arrancó una inmensa carcajada en toda la Selva Lacandona, no es cosa de risa. Tenemos que cuestionar a fondo lo que implica ignorar o perder la dignidad.

No hay dignidad alguna, por ejemplo, en quienes negocian el TLCAN, forzados por Trump. Puesto que piensan todo en términos económicos, es pertinente lanzarles una cita de Keynes: “Simpatizo con cuantos quieren reducir al mínimo el entrelazamiento entre las naciones, más que con quienes quieren llevarlo al máximo. Las ideas, el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes –todo eso debe ser por su propia naturaleza internacional. Pero dejemos que los bienes sean caseros siempre que sea razonable y conveniente; sobre todo, dejemos que las finanzas sean primariamente nacionales”. La cita basta para mostrar las contradicciones que suscita la era Trump... y nunca entenderán los negociadores mexicanos. Ilustra otra raíz de sus fascismos, de los que tienen ellos.