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#19S: puños de esperanza vs la muerte y la simulación
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in permiso, miles de habitantes de Ciudad de México reaccionaron de inmediato ante el desastre provocado por el terremoto del pasado 19 de septiembre y en minutos estaban emprendiendo una desigual batalla por la vida, contra la muerte. Como bien describió en estas páginas Gustavo Castillo, muy pronto el puño en alto significó no sólo ¡silencio!, sino esperanza.

Esperanza de encontrar personas con vida, motivo central de la adrenalina que fluía entre quienes iniciaron el salvamento y motor de su audaz y épica reacción. Hacer algo por otros aun a costa de uno mismo, es la esencia de la solidaridad, antítesis del individualismo posesivo que pregonan e imponen como dinámica social cotidiana quienes gobiernan nuestro país. Puño en alto de la esperanza que significa también autodisciplina, organización colectiva y compromiso, expresado en el acatamiento unánime, consciente, masivo e inmediato de la señal.

Con rapidez portentosa, la acción solidaria se hizo masiva y se fue autorganizando. Cientos de miles, en su gran mayoría jóvenes, fueron ubicando un quehacer concreto para colaborar colectivamente en las labores de rescate (desde remover escombros, recolectar y abastecer a los rescatistas de herramientas, guantes, cascos, medicinas, vendas, gasas, agua, comida etcétera, hasta dirigir el tránsito vehicular). Mientras, con algunas honrosas excepciones, la autoridad mostró falta de reflejos, ya no digamos solidarios, sino los que implican sus deberes cotidianos.

Por ejemplo, me es imposible no preguntar al jefe de Gobierno de la ciudad, ¿dónde estaban los miles de policías que a diario dirigen el tránsito, cuando más se requería su presencia para agilizar el traslado de los equipos de rescate? O al secretario de Gobernación, ¿qué hacía placeándose para la foto en medio de la tragedia, llevando consigo desorden y distracción en las tareas de rescate, en lugar de estar dirigiendo y coordinando, como es su obligación, todas las fuerzas del Estado para el salvamento? En el primer caso fueron civiles voluntarios quienes emprendieron dicha labor y en el segundo fueron también los sublevados contra la muerte y la simulación quienes pusieron en su lugar al secretario con un mandato preciso y sensato: “¡A trabajar, ponte a trabajar, cabrón…!” Por cierto que el secretario se tuvo que retirar tal y como llegó, rodeado de policías y reporteros, mientras los voluntarios continuaban con la remoción de ­escombros.

No podemos olvidar que en estos casos la batalla contra la muerte es también una lucha contra el tiempo: ¡los primeros minutos y horas hacen la diferencia entre la vida y la muerte en cualquier salvamento! La abrumadora mayoría de las personas rescatadas, lo serán siempre en esas primeras horas y ello ha sido posible gracias a los reflejos solidarios y capacidad de organización desplegada por los anónimos ciudadanos hechos fuerza colectiva.

Así lo vivimos y así se puede constatar en las imágenes que circularon en redes sociales y en periódicos, aun cuando las televisoras intentaron invisibilizarlos e incluso, bajo el control de la Marina, en el colegio Enrique Rébsamen se montó, a partir de una mentira de altos funcionarios del gobierno federal, un asqueroso show mediático alrededor del supuesto rescate de una niña, Frida Sofía, que no existía. Sin embargo, las redes sociales, en Internet y las de boca a boca (utilizadas como eficaz herramienta de comunicación para la acción colectiva) han dado cuenta inequívoca de que fueron los voluntarios civiles (y no el Ejército, la Marina o la policía) quienes con sus propios recursos se hicieron cargo de iniciar el rescate, abastecer a los rescatistas y agilizar la movilidad en la ciudad. Haciendo, cantando y llorando se insurreccionaron contra la muerte y la simulación que genera la ausencia de los reflejos necesarios de quienes debían reaccionar primero y contaban con mejores condiciones para hacerlo.

Los jóvenes volcados a las tareas de rescate no habían nacido en el terremoto de 1985; sin embargo, sus reflejos solidarios son iguales a los de los héroes anónimos de entonces y, como ellos, están dando una lección ética, de entrega generosa y de capacidad de organización: de solidaridad plena. Sin el permiso de nadie, movidos sólo por su conciencia, los voluntarios de todas las edades nos muestran la enorme reserva moral que anida en nuestro pueblo y que ha aflorado rotunda y generosa en acción colectiva.

Así, en medio del profundo dolor que genera una tragedia de esta magnitud, experimentamos también la hermosa vivencia de la solidaridad y la acción colectiva autorganizada, de entrega generosa, amorosa, por los demás. Cierto que no ha podido, por imposible, derrotar a la muerte en todos los casos, pero ya salvó muchas vidas y no tengo duda que lo seguirá haciendo… y no me refiero sólo a los días inmediatos por venir, pues, a nuestros jóvenes insurrectos, esta dura experiencia los ha marcado de por vida y seguirán levantando esos hermosos puños de esperanza…