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Hambre y migración, saldos neoliberales
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e acuerdo con un estudio divulgado ayer por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), 20 millones de personas se encuentran en riesgo inminente de morir de hambre, y al menos otros 100 millones sobreviven en condiciones de malnutrición crónica. De igual manera, en Yemen, Somalia, Sudán del Sur y el noroeste de Nigeria existe el riesgo de que se desaten graves hambrunas debido a sequías, conflictos armados, o la combinación de ambas contingencias. Además del drama que el hambre implica en sí misma, este flagelo hace que quienes lo padecen sean susceptibles de reclutamiento como combatientes en conflictos armados que, según señala el organismo, incrementan las dificultades para conseguir alimentos.

El estudio de Naciones Unidas también enfatiza la relación entre el hambre y el fenómeno migratorio –relación por demás obvia, pero que hasta ahora no había sido analizada de manera amplia a escala global–, uno de los mayores desafíos actuales para la comunidad internacional, tanto por la cantidad de personas afectadas como por su impacto en términos humanitarios. En este sentido, el PMA encontró que la migración aumenta casi dos puntos porcentuales por cada uno que se incrementa la inseguridad alimentaria, y recuerda que 2015 marcó un récord histórico de 65.3 millones de personas que atravesaron fronteras nacionales en la búsqueda de mejores condiciones de vida o huyendo de situaciones que amenazaban su sobrevivencia.

Al respecto, cabe recordar que el flujo histórico de migrantes internacionales coincide con lamentables marcas en muertes y todo tipo de violaciones a los derechos humanos de las personas en tránsito, entre las que se cuentan la explotación sexual y laboral y la reclusión en condiciones ilegales. En el Mediterráneo, la frontera más mortífera del mundo, 3 mil 771 migrantes murieron intentando alcanzar las costas de Europa durante 2015, récord macabro que volvería a romperse en 2016 al registrarse 3 mil 800 decesos.

Aunque en varias regiones el problema del hambre encuentre explicación en prolongados periodos de sequía y otros fenómenos naturales que obstaculizan la producción alimentaria, lo cierto es que a escala global existe no una escasez, sino un excedente e incluso un derroche de alimentos: cifras de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sostienen que cada año mil 300 millones de toneladas de alimentos son desperdiciadas en el mundo, lo cual equivale a 223 kilogramos de alimentos por cada habitante del planeta. Estos datos tan elocuentes muestran que el problema no radica en la incapacidad técnica para alimentar a la población mundial, sino en la prevalencia de un sistema económico en el cual la distribución de los bienes se encuentra sometida a la lógica de la maximización de ganancias, dinámica en la que las necesidades sociales constituyen un elemento soslayable.

Ante la previsible agudización y recurrencia de las crisis de hambruna por las sequías y otros desastres potenciados debido al cambio climático, es urgente superar el modelo económico imperante que, lejos de ofrecer respuestas al mandato ético de proveer una alimentación acorde con las necesidades humanas, hoy constituye el obstáculo más formidable a la erradicación del hambre.