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Ruta Sonora

Post Vive Latino 2017: las dos experiencias

E

ntre decenas de miles, el bullicio y las trompetas del ska romántico de la banda regia Inspector, un chico se arrodilla, entrega y coloca a su novia un anillo, ambos lloran, se besan y abrazan, mientras todos alrededor aplauden: de ese tamaño para ellos, el significado de sellar su amor en ese foro, en ese momento. Un morro rudo con piercings y playera de Brujería, canta romántico en el show de Julieta Venegas. En un cruce terregoso donde pasan pocos, una chica en el suelo mira triste hacia la nada mientras no muy lejos toca Marky Ramone. Un niño montado en hombros graba con su celular a La Tremenda Korte mientras corea sus canciones. A quien escribe le queda claro: de esas estampas está hecho el Vive Latino.

La experiencia que implica el festival de rock en español más importante del orbe parece tener dos dimensiones: la que es nutrida por el público (en décimo octava edición, los días 18 y 19 de marzo asistieron 160 mil personas) y la que brindan los escenarios. Dos mundos que confluyen y se complementan. Y es que la tradición de gozo en comunidad que implica este festejo ya ha rebasado al elenco. La audiencia va a asolearse, beber cerveza, reír con amigos, convivir en familia (ya muchos van con sus niños) y bailar al son que les toquen, el que sea. Por un lado, es valioso el ánimo de fiesta y desfogue permanente de la gente, en contraste con los problemas que sufre México. Pero por el otro, lleva a sus organizadores al conformismo al elegir cartel.

Acaso con ello sea ya más clara y definitiva la intención del Vive en 2017: poner ruido de fondo al festejo que arma la gente por sí misma, alegre y generosa. Y no es que esté mal, pero esta edición clarificó aún más que su motivación tiene más peso económico que el cultural que presume: artistas harto repetidos, masivos, seguros; ska, reggae, baile popular, rock-pop simple, predominaron. Si bien hay calidad en todos ellos, hay pocos riesgos.

Tal vez por la magnitud de un festival ya tan bien organizado y plantado (en el que por fin regalan agua de beber, aunque tuvo muchas e inconcebibles fallas de audio), lo deseable es que fuera un espacio de exposición para muchos más músicos mexicanos que se parten la crisma en el día a día de los conciertos, y no cayera en lo que hacen los festivales pequeños (quizás en ellos tenga más cabida que en el Vive): ser el escaparate lucidor y aplastante del roster de artistas (elenco) que manejan los mismos organizadores (Ocesa / Seitrack / Jordi Puig / Terrícolas Imbéciles). Ojalá se regrese a la pluralidad de ediciones como la de 2016, y a más de 37 bandas mexicanas, de 90 totales.

Lo luminoso del Vive 2017

La música, fuerza natural, toma su propio cauce liberador, y con todo, hubo muy buenos momentos. Acá lo mejor de este año, a decir de este espacio.

Talento de habla no hispana. La potencia de Prophets of Rage, con temas de Rage Against the Machine, y su solidaridad con Ayotzinapa, causa defendida más por ellos, estadunidenses, que por casi ninguna banda mexicana. El sobreviviente Marky Ramone llevando el ritmo de un hit tras otro, con puras rolas de los Ramones. Rancid y su punk-ska explosivo. La electrónica abigarrada de gran despliegue luminoso, de Justice. La calidez folk-blues del guitarrista y cantante inglés Jake Bugg. La sicodelia hippie de Foxygen. El garage-rockabilly de las 5-6-7-8’s.

Talento internacional de habla hispana. Fabulosos Cadillacs no decepciona con su enorme cariz melancólico y carnavalesco. La elegancia tortuosa, poética y oscura del gran Corcobado. El pop optimista de Jarabe de Palo. El rock tropical de Esteman. El alegre indie caribeño de Okills. El retro-rock de Novedades Carminha. La electrónica espacial de Shoot the Radio (Zeta Bosio). El punk clásico de Ataque 77. El sorpresivamente divertido show de Hombres G. El bailongo de Orkesta Mendoza.

Talento nacional de trayectoria. Zoé y su fascinante forma de ejecutar bellos trancazos pop. Deslumbrante La Barranca, con José Manuel Aguilera e integrantes originales: Cecilia Toussaint, Alfonso André y Federico Fong. El pop amoroso de Julieta Venegas. Meme del Real y su entrañable pop solista. Inspector y el vozarrón de Big Javy. La tradición de arrabal de la Sonora Santanera con Paquita la del Barrio. Visuales armables y grandes saltos con Kinky. El carisma de La Tremenda Korte. El reggae feliz de Antidoping. El folk punzante de Monocordio. El garage-surf de The Cavernarios.

Talento nacional reciente. El norteño-hip-hop-dub de Mexican Dubwiser. Costera y su pop macizo. El divertidísimo hip hop de LNG/SHT. El fino ensamble de Orquesta 24 Cuadros. Jazmín Solar y su pop vaporoso. El punk furioso de Dolores de Huevos. El electro-rock de Candy (recomendaciones de conciertos).

Twitter: patipenaloza