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Puntos sobre las íes

Recuerdos XX

M

ás de lo mismo…

Debo continuar poniendo Puntos sobre las íes a lo que un tal informador taurino afirmó: que el antecesor del doctor Rafael Herrerías Olea en el timón de la Plaza México había sido el doctor Alfonso Gaona y de Lara, un invento como hay miles alrededor de la fiesta brava en nuestro país.

Interrumpí, por razones de espacio, mi recuerdo cuando, por sugestión de don Aurelio Pérez, el gobierno del DF decidió que la plaza fuera reabierta para que los aficionados, los no tan aficionados, las fuerzas vivas y los empleados, no se vieran perjudicados, de una u otra manera.

Y, como lo comenté, se nombró a un trío de tres para que manejara el magnífico coso, lo que, al parecer, no le hizo ningúna gracia a la propietarios del inmueble y entre esto y una que otra metidota de pata de los elegidos, se acabó lo que se daba.

Don Aurelio Pérez no se daba por vencido y fue entonces que consideró formar un grupo de doctos en la materia, sólo que los congregados fueron legión y, a las primeras de cambio, aquello fue una feria de vanidades, queriendo todos mandar, lo que culminó en discusiones y hasta pleitos en los que campeaban las tonterías y las vanidades.

Me reservo los nombres de los pretendientes a la mano de doña Leonor, por prudencia, decencia y, más que nada, para evitar reclamaciones, aclaraciones y negativas de no pocos de aquellos dizque señores que mostraron el cobre a las primeras de cambio.

Fue de pena ajena.

Y no cejaba.

Don Aurelio persistía en su empeño de ser el mandamás de la fiesta en la capital y ahora enfocó sus baterías con su dilecto jefazo, el famosísimo Tigre, el mandamás de la televisión en nuestro país, don Emilio Azcárraga Milmo, quien le dijo que contara con su apoyo, pero nada más que él no intervendría en negociaciones, convenios y contrataciones, que sería a Guillermo Cañedo de la Bárcena a quien debería reportarle el estado de las cosas.

Nuestro colaborador, quien tiempo atrás solía firmar sus escritos como Villamelón, habló con el señor Cosío, quien se mostró encantado de tratar con el emporio televisivo más importante de México y pa’ pronto se firmaron documentos y papeles, las uniones y empleados lo mismo y como su segundo de a bordo designó al matador –ya no en activo– Curro Leal, en una especie de gerente. Cuando todo prometía ser una nueva época de esplendor, poco a poco se fue desdibujando todo.

Debo suplicar al amable lector que considere que en ánimo de no manchar mis recuerdos deformando los hechos o ignorándolos sería yo un buen amigo, pero no puedo proceder así; mi padre me inculcó la ética que debe observar toda su vida aquel que se considere un hombre decente y, a la vez, un periodista sin tacha; así que, créanme, lo que escribiré a continuación me duele –y mucho– y de lo cual, en su momento, hablé con él y que motivo fue para que se molestara sobremanera y que hasta el saludo me negara.

Y no fui el único.

Todos los integrantes de nuestra tan querida como añorada difunta peña Los de Armillita, Garza y Silverio, y de la cual don Aurelio era el presidente, comenzamos a darnos cuenta que, como vulgarmente se dice, se le habían subido los humos a la cabeza y que no sólo a él, sino hasta su segundo de a bordo andaba por ese mismo sendero y que había delegado parte de sus funciones en El Chapo –nada que ver con el actual narco que sale y entra a la cárcel como Pedro por su casa–, lo que tenía muy molesta a una buen parte de la grey taurina, ya que Curro no los recibía y el conducto para ello era su entonces ayudante.

Y hubo más.

Bien recuerdo cuando una mañana me habló por teléfono Luis Javier (el inolvidable Chacho) Barroso para invitarme a comer ese mismo día, lo que me tomó de sorpresa ya que poco antes habíamos convivido los de la peña en casa de don Ángel Lozada.

Así que a comer nos reunimos.

Y de lo conversado, nunca imaginamos lo que se derivaría.

Obviando detalles y pormenores, El Chacho me dijo que don Aurelio estaba jugando con fuego, ya que estaba muy alzado y que, además, él, amigo de toda su vida, estaba muy preocupado y que deberíamos hablar con él y hacerle entrar en razón.

Y acepté.

Continuará...

(AAB)