Opinión
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Puntos sobre las íes

Recuerdos XII

C

ontinúo…

Había puesto punto final al anterior escrito de mis recuerdos, cuando la justicia detuvo al director de la banda musical de Orizaba, ya que éste, llevado por su incontenible fervor patrio cuando Alfonso Ramírez El Calesero estuvo en auténtico Poeta del Toreo poniéndole las peras a veinticinco al Monstruo de Córdoba, ordenó a los músicos que tocaran en su honor el Himno Nacional Mexicano, motivo más que suficiente para enchiquerarlo.

En esto del toro, antaño las noticias se esparcían con más velocidad que hoy día el Internet y pronto aficionados, lugareños, curiosos y, obviamente, los de luces vestidos, quisieron saber cómo quedaría libre.

–“¿De a cómo es la cosa?, preguntaron al juez.

La cosa es como de a mil pesos, les dijo el hombre de leyes.

En aquellos días, una milanesa era una verdadera fortuna.

Así que, tras mucho deliberar los jurisconsultos se retiraron, acordando abrir una suscripción popular para recolectar fondos a fin de que el reo pudiera irse a dormir al hotel.

Se dijo y tal vez haya todavía quienes lo recuerden, que uno de los primeros donantes fue el propio Manolete, quien se apoquinó con la nada despreciable suma de 500 pesos y, pasada la medianoche, se había reunido el resto, así que a pagar al señor que, suponemos, no extendió comprobante alguno de pago.

–¡Traigan al director de la orquesta!, ordenó el magistrado.

Y cuando lo tuvo enfrente, lo amonestó severamente en nombre de la justicia.

–Nunca, jamás, viole la ley. El Himno Nacional debe tocarse únicamente en las grandes ocasiones y conforme lo escrito. ¿Está claro?

–Mire, juez, si El Calesero vuelve a torear así y está a la altura de Manolete, lo voy a volver a tocar aunque me meta usted a la cárcel.

Así las cosas.

* * *

Fue un hecho.

Aquí y allá, Manuel Rodríguez siempre hizo saber lo bien que se sentía en México, con ese público tan entregado, con unos toreros maravillosos y que sabían ser verdaderos amigos, con auténticos toros, bravos y bien presentados (todo lo contrario de lo que por allá le habían comentado) en tanto que su apoderado, Camará, no se dejaba ver, nada le parecía, a todo le ponía pero y como para eso del dinero no tenía llenadera, exigía y exigía y como todo México –taurino o no taurino– quería ver al Monstruo, pues venga las empresas a soltarle el parné y de qué color sería la cosa, que hasta el de Córdoba lo comentó con varios amigos.

Un grupo de ellos lo invitó a cenar en el famoso restaurante de don Luis Muñoz, el 1-2-3 y, por elemental cortesía, varios fueron a buscarlo al hotel para acompañarlo y esperaron en el lobby a que bajara el de Córdoba, que siempre gustó de vestir bien. Uno de ellos, al verlo muy bien trajeado, le dijo: Matador, que precioso traje mil rayas trae usted, a lo que le respondió: “Mire uté, han de ser como 900, porque el 10 por ciento de todo es de Camará.

* * *

Era tal la euforia de Manolete que era impensable que él no figurara en el cartel inaugural de la plaza México, martes 5 de febrero de 1946. Junto con él, partieron plaza Luis Castro El Soldado y Luis Procuna El Berrendito de San Juan, con toros de San Mateo.

Llenazo imponente, comenzando el festejo 20 minutos más tarde de la hora anunciada –cuatro de la tarde–, primero porque los aficionados tardaron un buen rato en encontrar sus localidades y eso que la mayoría había llegado antes de las tres, y segundo porque los toreros tuvieron que casi luchar a brazo partido para llegar a la plaza e ingresar al patio de cuadrillas.

Y así, como ellos, mi padre, mi madre, don Alfonso de Icaza, don Antonio Lamadrid, don Alejandro Reyes y yo, a punto de cumplir 10 años de edad, con el problema de no poder acercarse a la plaza en el coche del Gordo Lamadrid, así que a caminar, pero, por aquello de las prisas, nadie se fijó en cuáles terrenos de los tantos baldíos que rodeaban la plaza y el llamado Estadio Olímpico –nunca fue realmente un estadio y menos olímpico– había quedado el Chevrolet.

Antes de las cuatro de la tarde, estábamos ya instalados en el palco número 44, vecinos de la Autoridad y comenzó esa historia.

Continuará...

(AAB) [email protected]